Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 9. Bajo el mismo cielo, demasiado cerca de ti

Capítulo 9. Bajo el mismo cielo, demasiado cerca de ti

El lunes por la mañana, Alexander Whitmore tomó una decisión que sorprendió incluso a Daniel Brooks: iba a tomarse una tarde libre.

No una tarde para jugar golf con inversionistas, asistir a una cena de negocios o visitar alguna propiedad de la familia. Una tarde libre de verdad.

Sin reuniones. Sin llamadas. Sin documentos.

Y, si todo salía como esperaba, con Valentina Reyes.

El problema era que todavía no sabía cómo invitarla sin parecer un hombre desesperado.

—¿Por qué llevas diez minutos mirando el calendario? —preguntó Daniel desde el otro lado del escritorio.

Alexander no levantó la vista.

—Estoy organizando mi semana.

—Tienes una reunión con el consejo, dos negociaciones internacionales y una revisión de los resultados trimestrales. ¿Qué estás intentando organizar exactamente?

—Mi tiempo personal.

Daniel se quedó inmóvil.

Después dejó lentamente su taza de café sobre la mesa.

—Repítelo.

—No.

—Por favor. Necesito grabarlo para la posteridad.

Alexander levantó la mirada.

—Estoy pensando en invitar a Valentina a pasar la tarde conmigo.

Daniel se llevó ambas manos al pecho.

—¡Por fin! ¡Un plan que no requiere un contrato de confidencialidad!

—Había pensado en llevarla a un museo.

—Interesante.

—Después podríamos caminar por Central Park.

—Romántico.

—Y terminar con un café.

Daniel guardó silencio.

Alexander frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada. Solo estoy esperando que anuncies que has comprado el museo, el parque y la cafetería para garantizar que todo salga según tus instrucciones.

Alexander le lanzó una mirada asesina.

Daniel sonrió.

—Está bien. El plan es bueno. Solo recuerda que Valentina no es una de tus reuniones. No tienes que organizar cada minuto para que salga perfecto.

—No intento que salga perfecto.

—Claro. ¿Y por qué has consultado el pronóstico del tiempo cuatro veces?

Alexander cerró el navegador.

—Fuera de mi oficina.

Daniel se levantó, riéndose.

Antes de salir, se volvió hacia él.

—Una cosa más. No le compres nada.

—No pensaba hacerlo.

—Y no intentes impresionar a su amiga.

—¿Por qué haría eso?

—Porque eres tú. Si Sofía te pregunta cuánto cuesta tu reloj, probablemente le explicarás el funcionamiento de la economía mundial.

Alexander le señaló la puerta.

—Ahora.

Daniel salió entre carcajadas.

Alexander volvió a mirar el calendario.

Por primera vez en mucho tiempo, una tarde libre le parecía más importante que cualquier reunión.

Y eso, aunque todavía no quisiera reconocerlo, era una señal inequívoca de que Valentina estaba empezando a cambiar su vida.

Valentina recibió la invitación durante una clase.

Su teléfono vibró dentro del bolso, pero no lo revisó hasta que terminó la exposición del profesor.

El mensaje decía:

«Tengo una propuesta para esta tarde. Museo, paseo por el parque y café. Puedes rechazar cualquiera de las tres opciones, pero me gustaría verte».

Valentina leyó el mensaje con una sonrisa.

«¿Es una cita o una excursión académica?», respondió.

«Una cita. Pero puedo preparar un informe si eso aumenta tus probabilidades de aceptar».

Ella se rio en silencio.

El profesor levantó la mirada desde el escritorio.

—¿Algo que quiera compartir con el resto del grupo, señorita Reyes?

Valentina se puso colorada.

—No, profesor. Disculpe.

Sus compañeros soltaron algunas risas.

Cuando la clase terminó, guardó sus libros y respondió:

«Acepto. Pero nada de informes».

Alexander contestó:

«Trato hecho. Paso por ti a las tres».

Valentina se quedó contemplando la pantalla.

La invitación le producía una emoción que no conseguía disimular. Desde su llegada a Nueva York, había aprendido a administrar cada minuto de su día, a organizar sus gastos y a no dejarse distraer por cosas que pudieran alejarla de sus objetivos.

Pero aquella tarde quería permitirse algo diferente.

Quería conocer a Alexander fuera de los restaurantes elegantes, las conferencias y las conversaciones en las que ambos parecían medir cuidadosamente sus palabras.

Quería descubrir quién era cuando no estaba intentando impresionarla.

Y, aunque no se lo confesaría ni siquiera a Sofía, quería comprobar si aquella cercanía que sentía con él podía convertirse en algo más.

A las tres en punto, Alexander apareció frente al edificio de Valentina.

Ella bajó unos minutos después, vestida con unos pantalones claros, una blusa blanca y una chaqueta ligera.

—¿Lista? —preguntó él.

—Depende. ¿El museo tiene escaleras interminables?

Alexander sonrió.

—No que yo sepa.

—Bien. Porque llevo toda la mañana estudiando y mis piernas han presentado una queja formal.

—Podemos incluir una pausa en el itinerario.

—¿Ves? Ya estás intentando organizarme la vida.

Alexander levantó las manos.

—Retiro la propuesta.

Valentina rio y caminó a su lado.

Durante el trayecto al museo, hablaron de sus respectivas infancias. Ella le contó que, cuando era pequeña, soñaba con tener una biblioteca enorme y que su padre solía llevarla a una pequeña librería donde podía pasar horas leyendo.

Alexander confesó que su madre prefería que aprendiera idiomas y asistiera a clases de música, mientras que su padre lo llevaba a conocer oficinas, fábricas y reuniones empresariales.

—¿Nunca tuviste una infancia normal? —preguntó Valentina.

—¿Qué consideras normal?

—Jugar hasta que tu madre te llamara para cenar. Ensuciarte la ropa. Romper algo y después intentar culpar al perro.

Alexander la miró.

—No teníamos perro.

Valentina soltó una carcajada.

—¡Eso es terrible!

—Teníamos una empleada encargada de mantener la casa en orden.

—¿Y quién te regañaba cuando rompías algo?




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