El lunes por la mañana, Valentina descubrió que enamorarse de Alexander Whitmore tenía un efecto secundario inesperado: ahora sonreía frente al teléfono como una adolescente y, además, tenía una amiga dispuesta a documentar cada uno de sus síntomas.
—Estás sonriendo otra vez —declaró Sofía desde la cocina.
Valentina ni siquiera levantó la mirada.
—Estoy leyendo un mensaje.
—Exactamente. Un mensaje de tu novio. Deberías verte.
—¿Cómo?
—Como si acabaras de descubrir que las obligaciones fiscales han sido abolidas en todo el mundo.
Valentina soltó una carcajada.
—¿No tienes nada mejor que hacer?
—Tengo muchas cosas que hacer. Por ejemplo, observar cómo una mujer inteligente pierde temporalmente la capacidad de comportarse con normalidad.
El teléfono vibró de nuevo.
Alexander: «Buenos días, preciosa. ¿Ya desayunaste?»
Valentina sonrió.
Valentina: «Sí. Y antes de que preguntes, no fue café.»
Alexander: «Estoy orgulloso de ti.»
Valentina: «No te acostumbres. Mañana podría volver a mis malas costumbres.»
Alexander: «En ese caso, tendré que llevarte a desayunar.»
Sofía se inclinó sobre su hombro.
—¿Qué dijo?
Valentina cubrió la pantalla.
—¡Deja de espiar!
—No estoy espiando. Estoy supervisando la estabilidad emocional de mi compañera de apartamento.
—¿Y cómo va el diagnóstico?
Sofía fingió examinarla.
—Caso grave. La paciente presenta sonrisas espontáneas, pensamientos recurrentes sobre un hombre alto y una preocupante tendencia a perdonarle sus chistes malos.
—Voy a denunciarte.
—Hazlo. Pero primero dime cuándo volveremos a verlo.
Valentina negó con la cabeza, riendo.
No podía negar que Alexander ocupaba buena parte de sus pensamientos. Había algo extraordinariamente agradable en descubrir que alguien recordaba sus preferencias, se interesaba por sus estudios y encontraba tiempo para escribirle incluso en medio de una agenda complicada.
Sin embargo, no quería que el entusiasmo del principio la hiciera olvidar sus responsabilidades.
Tenía documentos que enviar a la firma de Margaret Lawson, una cita con la oficina universitaria para revisar su situación migratoria y varios trabajos pendientes.
Su vida seguía avanzando.
Y, por primera vez, empezaba a sentir que podía compartirla con alguien sin tener que abandonarla.
Alexander, por su parte, llevaba media hora intentando convencer a su asistente de que podía reorganizar su agenda sin provocar una catástrofe empresarial.
—La reunión con el departamento jurídico debe mantenerse a las diez —dijo mientras revisaba el calendario—. La revisión de los anexos será a mediodía y quiero que el informe esté listo antes de las cinco.
Su asistente tomó nota.
—¿Y la llamada con el señor Harrison?
—A las cuatro.
—La ha solicitado para las tres.
Alexander levantó la mirada.
—¿Por qué?
—No lo especificó.
Alexander se quedó pensativo.
El señor Harrison era uno de los consejeros que más insistían en conocer sus planes personales. Su interés por la discrepancia documental también le parecía excesivo.
No quería sacar conclusiones sin pruebas, pero la combinación de ambas cosas empezaba a incomodarlo.
—Confirma la llamada para las cuatro —ordenó—. Si no puede asistir, que indique el motivo.
Su asistente asintió y salió.
Alexander tomó el teléfono y llamó a Daniel.
—Necesito que revises algo conmigo.
—Buenos días a ti también.
—¿Tienes tiempo?
—Depende. ¿Se trata de una emergencia empresarial o de una emergencia sentimental?
—Empresarial.
—Qué decepción. Ya había preparado mis comentarios sobre tu vida amorosa.
—Daniel.
—Está bien. ¿Qué necesitas?
Alexander le explicó las inconsistencias encontradas en los documentos de la expansión. Daniel, aunque no formaba parte del equipo jurídico, conocía suficientemente la estructura de la compañía para comprender la importancia de los registros internos.
—¿Quién autorizó el cambio del anexo? —preguntó.
—Todavía no lo sabemos.
—¿Y quién tuvo acceso a la versión original?
—El equipo jurídico, la dirección del proyecto y dos personas del área administrativa.
Daniel se quedó callado.
—¿Crees que alguien lo hizo deliberadamente?
—No lo sé. No voy a acusar a nadie sin pruebas.
—Bien. Pero no dejes que tu padre convierta la urgencia en una excusa para cerrar la revisión antes de tiempo.
Alexander miró los documentos.
—Eso es precisamente lo que intento evitar.
Daniel guardó silencio unos segundos.
—¿Sabes qué me preocupa?
—¿Qué?
—Que estás intentando demostrarle a todo el mundo que puedes con todo. La empresa, tu padre, Valentina… No puedes controlar todas las variables.
Alexander sonrió débilmente.
—¿Desde cuándo hablas como un libro de autoayuda?
—Desde que me di cuenta de que eres demasiado terco para escuchar consejos normales.
—Te llamaré cuando necesite otra dosis de sabiduría.
—No olvides que mis tarifas son elevadas.
Alexander colgó, pero la advertencia de su amigo permaneció en su mente.
No podía controlar todo.
Y, aun así, algo le decía que los problemas que comenzaban a rodearlo no eran simples coincidencias.
A mediodía, Valentina llegó a la biblioteca para reunirse con Nicolás.
Él ya estaba sentado en una mesa junto a los ventanales, con varios libros y una computadora portátil.
—Llegas puntual —comentó al verla.
—No quería que empezaras a creer que soy una persona irresponsable.
—Jamás pensaría algo así.
Nicolás miró sus apuntes.
—Aunque, considerando la cantidad de documentos que has reunido, sospecho que eres capaz de organizar una mudanza internacional con veinticuatro horas de anticipación.
Valentina rio.
—No me des ideas. Todavía tengo que terminar mis estudios.
Editado: 05.11.2026