Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 3. Una cena, dos orgullosos y un beso que casi ocurrió

Capítulo 3. Una cena, dos orgullosos y un beso que casi ocurrió

Valentina Reyes tenía un problema.

Bueno, en realidad tenía varios.

El primero era que había aceptado cenar con Alexander Whitmore.

El segundo era que llevaba veinte minutos frente al espejo preguntándose por qué había aceptado cenar con Alexander Whitmore.

Y el tercero, el más preocupante de todos, era que estaba sonriendo mientras pensaba en él.

—Esto es ridículo —se dijo, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja—. Es un hombre. Un hombre arrogante, presumido, demasiado rico y con una capacidad extraordinaria para hacer comentarios insoportables.

Se quedó mirando su reflejo.

—Y muy guapo.

Cerró los ojos.

—¡Valentina!

Desde la pequeña cocina del departamento, Sofía soltó una carcajada.

—¡Te escuché!

—¡No estaba hablando contigo!

—¡Entonces deja de gritarle al espejo!

Valentina tomó una almohada de la cama y la lanzó hacia la puerta abierta. Naturalmente, no llegó ni cerca de su objetivo.

Sofía apareció en el umbral con una cuchara en la mano.

—A ver, señorita abogada. ¿Qué te vas a poner?

—Ropa.

—Qué respuesta tan brillante. ¿Estás segura de que estudias Derecho?

—Estoy considerando cambiarme a una carrera donde no tenga que soportarte.

Sofía se rio y entró en la habitación.

Sobre la cama había tres opciones: un vestido verde oscuro, uno negro y otro azul que Valentina había comprado para ocasiones especiales.

—El negro —decidió Sofía.

—¿Por qué?

—Porque es elegante, te queda bien y hará que ese millonario se olvide de cómo respirar.

Valentina la miró con horror.

—¡No quiero que se olvide de respirar!

—Entonces ponte el azul.

—Tampoco quiero impresionarlo.

Sofía cruzó los brazos.

—Valentina, llevas media hora eligiendo un vestido para una cena que, según tú, no significa absolutamente nada.

—Porque quiero verme presentable.

—Claro.

—Y porque no quiero que piense que no sé vestirme.

—Por supuesto.

—¡Deja de mirarme así!

Sofía levantó las manos.

—No estoy diciendo nada.

—Tu cara está diciendo demasiadas cosas.

Su amiga dejó la cuchara sobre el escritorio y se acercó a la cama.

—Escúchame. No tienes que demostrarle nada a ese hombre. Si quiere conocerte, que lo haga por quien eres. Y si resulta ser un idiota, te levantas, te vas y yo te estaré esperando con una película y una bolsa enorme de palomitas.

Valentina sonrió.

—Gracias.

—Pero, si resulta ser el amor de tu vida, quiero que me compres una casa.

—¡Sofía!

—Una pequeña. No soy ambiciosa.

Valentina terminó eligiendo el vestido azul.

Era sencillo, de tela suave, con un corte que resaltaba su figura sin resultar demasiado formal. Se dejó el cabello suelto y eligió unos pendientes discretos.

Cuando terminó de arreglarse, Sofía la observó con una expresión satisfecha.

—Perfecta.

Valentina tomó su bolso.

—Voy a cenar, no a casarme.

—Todavía.

La puerta se cerró antes de que Valentina pudiera lanzarle otra almohada.

Alexander Whitmore tampoco estaba teniendo una tarde particularmente tranquila.

A las seis y veinte, se encontraba frente al armario de su habitación, mirando una colección de trajes que normalmente habría elegido sin dedicarles más de diez segundos.

Ahora llevaba quince minutos indeciso.

Su asistente personal, que había acudido a entregarle unos documentos, lo observó con discreta sorpresa.

—¿Necesita algo más, señor Whitmore?

Alexander miró los dos trajes que había dejado sobre la cama.

—¿Cuál te parece mejor?

La mujer parpadeó.

Era la primera vez que él le pedía una opinión semejante.

—¿Para la reunión de esta noche?

—Para una cena.

—Ah.

El silencio fue revelador.

Alexander levantó la mirada.

—¿Qué significa ese «ah»?

—Nada, señor.

—Parece que significa algo.

—Solo me sorprende que tenga una cena personal. No suele salir entre semana.

Alexander la miró con severidad.

La asistente se apresuró a recoger los documentos.

—El azul oscuro le queda muy bien, señor.

—Gracias.

Cuando ella salió, Alexander tomó el traje azul.

Después se miró en el espejo.

—Es una cena —murmuró—. No una negociación empresarial.

Sin embargo, recordó las palabras de Valentina: un lugar normal, un menú comprensible y ninguna referencia al precio de la comida.

Había elegido un pequeño restaurante italiano en Greenwich Village, conocido por su ambiente acogedor y sus platos tradicionales. No era un establecimiento exclusivo ni uno de esos lugares donde los camareros parecían conocer el patrimonio familiar de cada cliente.

Era, sencillamente, un restaurante agradable.

Y Alexander había reservado una mesa junto a la ventana.

A las seis y cuarenta, su teléfono comenzó a sonar.

Era su madre.

—Alexander, ¿dónde estás? —preguntó Eleanor sin saludar.

—En casa.

—Tu padre te espera para revisar los documentos de la próxima reunión de accionistas.

—Los revisaré mañana.

—No puedes posponer tus responsabilidades cada vez que se te ocurre hacer otra cosa.

Alexander se abotonó el saco.

—No estoy posponiendo nada. Ya terminé de revisar los informes.

—Entonces ven a cenar con nosotros.

—No puedo.

Hubo un silencio.

—¿Tienes una cita?

Alexander cerró los ojos.

Su madre tenía un talento extraordinario para detectar cualquier alteración en su agenda.

—Voy a cenar.

—Eso ya lo sé. Te estoy preguntando si vas acompañado.

—Sí.

—¿Con quién?

Alexander dudó.

No sabía por qué, pero no quería que su madre conociera todavía la existencia de Valentina.

Quizá porque intuía que Eleanor haría preguntas.

Demasiadas preguntas.

—Con una amiga.

Su madre permaneció en silencio durante varios segundos.




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