El domingo por la mañana, Valentina despertó con la extraña sensación de que algo importante estaba a punto de ocurrir.
No era una premonición ni una de esas intuiciones misteriosas que aparecían en las novelas que leía Sofía. Era, sencillamente, que Alexander llevaba casi diez minutos despierto, acostado a su lado, mirándola con una insistencia que habría resultado romántica si no fuera porque ella sospechaba que estaba planeando algo.
Abrió un ojo.
—¿Qué hiciste?
Alexander parpadeó.
—Buenos días para ti también.
—¿Qué rompiste?
—Nada.
—¿Qué compraste?
—¿Por qué supones que compré algo?
—Porque cuando quieres sorprenderme, te quedas mirándome así.
—¿Así cómo?
Valentina abrió ambos ojos y lo imitó con una expresión exageradamente tierna.
—Como si estuvieras a punto de decirme que compraste una isla y necesitas que te ayude a elegir el nombre.
Alexander se echó a reír.
—No compré ninguna isla.
—¿Un automóvil?
—No.
—¿Un edificio?
—Valentina.
—¿Un caballo?
Él la miró con desconcierto.
—¿Por qué compraría un caballo?
—No lo sé. Eres rico. Tal vez los ricos compran caballos cuando se aburren.
Alexander tuvo que cubrirse el rostro con una mano.
—¿Podemos empezar de nuevo?
—Claro. Buenos días, amor mío. ¿Qué compraste?
Él se incorporó y extendió la mano hacia la mesita de noche. Sacó dos boletos impresos y se los entregó.
Valentina los examinó.
—¿Un fin de semana fuera de Nueva York?
—Dos noches en una casa junto al lago. Está a unas horas de la ciudad. No tendremos reuniones, llamadas de trabajo ni cenas con directivos. Solo nosotros.
Ella volvió a mirar los boletos.
—¿Y cómo conseguiste que no tuvieras reuniones?
—Reorganicé la agenda.
—¿Sin crear una reunión llamada «reorganización de la agenda para descansar de la agenda»?
Alexander sonrió.
—Estoy intentando mejorar.
Valentina dejó los boletos sobre la cama y se arrojó a sus brazos.
—¡Me encanta!
Él la abrazó, satisfecho de haber conseguido sorprenderla.
—Salimos mañana por la mañana.
La sonrisa de Valentina se congeló.
—¿Mañana?
—Sí.
—Alexander, tengo una entrega académica el martes.
—Puedes terminarla hoy. Si necesitas más tiempo, podemos salir por la tarde.
—Y tengo que revisar unos documentos.
—Puedes llevarlos.
Ella lo miró fijamente.
—¿No acabas de decir que no habrá trabajo?
Alexander comprendió su error.
—Quise decir que no habrá trabajo para mí.
Valentina le dio un golpe con la almohada.
—¡Eres increíble!
—¡Era una sugerencia!
—¡Era una trampa!
La almohada volvió a golpearlo.
Alexander terminó riéndose tanto que apenas pudo defenderse.
Después de negociar durante quince minutos, acordaron salir el martes por la mañana, una vez que Valentina hubiera terminado sus pendientes. Alexander aceptó no revisar correos durante el viaje y Valentina prometió no convertir el descanso en una competencia sobre quién podía pasar más tiempo sin hablar de obligaciones.
Ambos sabían que la segunda promesa sería especialmente difícil de cumplir.
Pero lo importante era que estaban intentando encontrar una forma de estar juntos que no dependiera de renunciar a lo que cada uno era.
El martes, la casa junto al lago resultó ser exactamente lo que Valentina necesitaba.
Estaba rodeada de árboles, tenía una terraza de madera y unas ventanas enormes desde las que se veía el agua. No era una mansión, pese a que Alexander había reservado una propiedad bastante más elegante de lo que ella habría elegido por su cuenta.
Valentina recorrió la sala, abrió las puertas de la terraza y respiró profundamente.
—Esto es precioso.
Alexander dejó las maletas junto a la entrada.
—Me alegra que te guste.
—¿Cuánto costó?
Él se quedó quieto.
—¿Importa?
—No. Solo tengo curiosidad.
Alexander mencionó la cantidad.
Valentina se volvió lentamente.
—¿Por dos noches?
—Es una propiedad privada.
—Ya lo sé. También tiene paredes, ventanas y un baño. No veo cómo eso justifica que cueste más que varios meses de renta de una persona normal.
—Tiene calefacción, acceso al lago, servicio de limpieza y una cocina equipada.
—Alexander, no estás defendiendo una tesis doctoral sobre el precio de una casa.
Él soltó una carcajada.
—Prometo no volver a mencionar el precio.
—Excelente. Porque, si seguimos hablando de dinero, voy a comenzar a cobrarte por cada comentario.
—¿Cuánto?
—Todavía no lo sé. Dependerá de tu comportamiento.
—Me temo que acabaré en bancarrota.
—Por fin encuentras algo que no puedes resolver con dinero.
Alexander se acercó y la besó.
—¿Sabes qué me gusta de ti?
—¿Mi belleza, mi inteligencia o mi humildad?
—Tu humildad, sin duda.
Ella le dio un pequeño empujón.
—¡Alexander!
Él volvió a besarla, esta vez con una ternura que hizo desaparecer las protestas de Valentina.
Durante el resto de la mañana, exploraron la propiedad, prepararon un desayuno tardío y salieron a caminar por el sendero que bordeaba el lago.
Alexander dejó el teléfono apagado dentro de una mochila.
Valentina lo observó varias veces, como si sospechara que estaba fingiendo.
—¿De verdad no vas a revisar tus mensajes?
—No.
—¿Ni los correos?
—No.
—¿Ni siquiera si Richard te llama?
Alexander miró el agua.
—Si es una emergencia, puede localizarme por medio de la oficina.
Valentina asintió.
—Eso me parece razonable.
Él la miró de reojo.
—¿Estás sorprendida?
—Muchísimo.
—Gracias por tu confianza.
—No es falta de confianza. Es conocimiento de tu historial.
Alexander se llevó una mano al pecho.
Editado: 05.11.2026