Las siguientes dos semanas fueron las más agotadoras que Alexander había vivido en mucho tiempo.
La investigación sobre el proyecto de expansión avanzaba lentamente. El equipo había conseguido preservar varias versiones del expediente y confirmar que existían modificaciones posteriores a la primera circulación, pero todavía no había pruebas suficientes para identificar a la persona responsable.
Mientras tanto, Richard había intensificado las reuniones con los miembros del consejo. Cada conversación parecía girar alrededor de la misma pregunta: ¿estaba Alexander preparado para asumir la presidencia sin reservas?
Alexander respondía que sí.
Y, sin embargo, cada vez que su padre mencionaba el futuro de la empresa, terminaba preguntándose si aquella respuesta era realmente suficiente.
No había dejado de ver a Valentina. Seguían cenando juntos, intercambiando mensajes y encontrando pequeños momentos para estar solos. Pero ella había empezado a notar que Alexander estaba más distraído.
A veces miraba el teléfono durante una conversación. Otras veces cancelaba sus planes porque Richard había convocado una reunión inesperada.
Siempre se disculpaba.
Y Valentina siempre intentaba comprenderlo.
Hasta que una tarde, mientras desayunaban juntos en una cafetería cercana a la universidad, Alexander recibió una llamada que cambió por completo el ambiente entre ellos.
—Tengo que irme —dijo después de contestar—. Mi padre necesita que esté en la compañía.
Valentina dejó la taza sobre el plato.
—¿Ahora?
—Sí. Surgió un problema con el informe que presentaremos al consejo.
Ella miró el reloj.
Habían quedado en pasar la tarde juntos. Era uno de los pocos días en que ambos tenían tiempo libre.
—¿Es algo urgente?
Alexander vaciló.
—No lo sé. Pero si no voy, mi padre dirá que no estoy comprometido.
Valentina guardó silencio unos segundos.
—Alexander, no te estoy pidiendo que faltes a tus responsabilidades. Solo quiero saber si realmente necesitas irte o si sientes que debes hacerlo para demostrar algo.
Él se tensó.
—No puedo ignorar una llamada de mi padre cuando hay un problema importante.
—No te estoy pidiendo que la ignores.
—Entonces, ¿qué quieres que haga?
Valentina lo miró con una mezcla de sorpresa y tristeza.
—Quiero que puedas decidir sin sentir que cada elección es una prueba de lealtad.
Alexander apartó la mirada.
Sabía que ella tenía razón. También sabía que, si se quedaba, pasaría el resto de la tarde preocupado por lo que Richard pudiera pensar.
Y no quería enfrentarse a esa sensación.
—Lo siento —dijo mientras recogía el abrigo—. Te compensaré.
Valentina intentó sonreír.
—No tienes que compensarme nada. Ve a trabajar.
Alexander se inclinó para besarla, pero ella le ofreció la mejilla.
El gesto fue pequeño.
Sin embargo, él lo sintió como una advertencia.
—Valentina…
—Ve, Alexander. Hablaremos después.
Él quiso decir algo más, pero terminó marchándose.
Valentina permaneció sentada frente a su café.
No estaba enfadada porque él tuviera responsabilidades.
Estaba triste porque, poco a poco, empezaba a reconocer un patrón: Alexander no solo estaba intentando dirigir una compañía. También estaba intentando demostrarle a su padre que merecía hacerlo.
Y en esa lucha, ella corría el riesgo de convertirse en una parte de su vida que siempre podía dejar para después.
Aquella tarde, Sofía encontró a Valentina sentada en el sofá del apartamento, con los apuntes abiertos y una expresión ausente.
—¿Qué pasó?
—Nada.
Sofía dejó su bolso sobre una silla.
—Esa respuesta significa que ocurrió algo y que estás intentando convencerte de que no importa.
Valentina suspiró.
—Alexander tuvo que irse a trabajar.
—¿Otra vez?
—Había un problema en la compañía.
Sofía se sentó a su lado.
—¿Y tú cómo te sientes?
Valentina se quedó mirando sus apuntes.
—No quiero ser injusta con él. Sé que su situación es complicada. Su padre lo presiona, el consejo está evaluando su candidatura y alguien parece estar manipulando información dentro de la empresa.
—Todo eso puede ser verdad —respondió Sofía—. Pero tus sentimientos también lo son.
Valentina levantó la mirada.
—No quiero que tenga que elegir entre su trabajo y yo.
—¿Y él te ha pedido que lo hagas?
—Todavía no.
Sofía asintió lentamente.
—Entonces no discutas con una decisión que todavía no ha tomado. Pero tampoco ignores lo que está pasando ahora.
Valentina guardó silencio.
Su amiga tenía razón. No podía exigirle a Alexander que abandonara sus responsabilidades, pero tampoco podía fingir que las cancelaciones y las ausencias no la afectaban.
—Lo quiero mucho —confesó.
Sofía le tomó la mano.
—Lo sé.
—Y eso es precisamente lo que me preocupa.
—¿Por qué?
Valentina tardó en responder.
—Porque cuando quieres a alguien, empiezas a justificar cosas que normalmente no aceptarías. Te dices que está cansado, que tiene problemas, que mañana será diferente. Y, sin darte cuenta, puedes terminar esperando indefinidamente a que la otra persona tenga tiempo para ti.
Sofía la miró con ternura.
—Entonces recuerda quién eras antes de conocerlo.
Valentina sonrió débilmente.
—Una estudiante que se preocupaba por los exámenes, el dinero y por no perder el autobús.
—Y que ahora se preocupa por los exámenes, el dinero, el autobús y un hombre que parece tener una reunión incluso para decidir qué corbata ponerse.
Valentina soltó una carcajada.
—No exageres.
—¿Yo? Jamás.
Sofía se levantó y fue hacia la cocina.
—Voy a preparar algo de comer. Y después vas a terminar tus apuntes. No pienso permitir que un Whitmore arruine tu promedio académico.
Editado: 05.11.2026