Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 41. La misión secreta de la Torre Galleta

Capítulo 41. La misión secreta de la Torre Galleta

A las ocho de la mañana, Alexander Whitmore recibió tres correos urgentes, dos solicitudes de autorización, una invitación a una reunión extraordinaria y un mensaje de Daniel Brooks que decía:

«No olvides las galletas. Un hombre puede dirigir una corporación y aun así fracasar en lo verdaderamente importante».

Alexander leyó el mensaje dos veces.

Después respondió:

«Si vuelves a escribirme sobre galletas durante el horario laboral, te asignaré la revisión completa de los expedientes pendientes».

Daniel contestó casi de inmediato.

«Entendido. Comprar galletas después del horario laboral».

Alexander dejó el teléfono sobre el escritorio y se frotó el puente de la nariz.

Había cometido un error.

No el de aceptar la compañía de Mateo durante unas horas. Aquella tarde había sido agradable, incluso más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

El error había consistido en permitir que Daniel se enterara.

Su amigo llevaba cinco años esperando cualquier oportunidad para burlarse de su vida sentimental. Desde el divorcio, había intentado organizarle cenas, presentarle mujeres y convencerlo de que una agenda ejecutiva no debía sustituir una vida personal.

Alexander había rechazado todas las propuestas.

No porque no hubiera tenido oportunidades. Mujeres inteligentes, atractivas y perfectamente adecuadas para el mundo empresarial habían intentado acercarse a él. Algunas incluso parecían interesadas en algo más que su apellido.

Pero ninguna había conseguido que olvidara a Valentina.

Y él había dejado de fingir que aquello iba a cambiar de un día para otro.

Ahora, además, tenía un problema nuevo.

Un niño de cuatro años había conseguido que se sentara en una silla diminuta, aceptara instrucciones sobre arquitectura y prometiera revisar la disponibilidad de galletas.

Alexander miró el reloj.

Eran las ocho y doce.

Su primera reunión empezaba a las ocho y media.

Y, por primera vez en años, estaba considerando desviarse para comprar algo que no tenía ninguna relación con el trabajo.

—Esto es ridículo —murmuró.

Abrió el calendario y revisó su agenda.

A las cuatro de la tarde tenía una reunión con el equipo jurídico. Valentina estaría presente para continuar con la revisión documental. Si la jornada terminaba a la hora prevista, podría cumplir el acuerdo de construir la segunda fase de la Torre Galleta.

Alexander tomó el teléfono y escribió a su asistente.

—Necesito que me consigas galletas para niños. Sin frutos secos y con ingredientes claramente identificados.

La respuesta llegó unos segundos después.

—¿Para una reunión?

Alexander se quedó mirando la pantalla.

—Para una misión de trabajo.

Hubo una pausa.

—Entendido, señor.

Él dejó el teléfono boca abajo.

No pensaba explicar nada más.

A las nueve y veinte, Valentina llegó a la oficina con una carpeta bajo el brazo y una lista mental de tareas que esperaba completar antes del mediodía.

Mateo se había despertado preguntando por la Torre Galleta.

Después había preguntado si los edificios podían tener ascensores secretos.

Luego había querido saber si Alexander dormía en su oficina.

Finalmente, había exigido que su madre le explicara por qué los adultos siempre decían que estaban ocupados, pero encontraban tiempo para tomar café.

Valentina había respondido a las tres primeras preguntas con paciencia.

La cuarta había quedado pendiente.

—¿Estás segura de que quieres llevarlo hoy? —le preguntó su madre por teléfono mientras ella esperaba el ascensor.

—No tengo otra alternativa hasta que recojamos el coche. La escuela sale temprano por la actividad de esta semana, y tú tienes que resolver lo del taller.

—Podría recogerlo una vecina.

—No quiero dejarlo con alguien a quien apenas conoce. Además, estará conmigo y podré organizarme.

Su madre guardó silencio unos segundos.

—¿Y Alexander?

Valentina miró las puertas metálicas del ascensor.

—¿Qué pasa con él?

—¿Te sientes cómoda dejando que Mateo pase tiempo en su oficina?

Valentina tardó en responder.

—No voy a dejarlo solo con él. Yo estaré presente.

—No te pregunté eso.

Valentina suspiró.

Su madre siempre había tenido una capacidad extraordinaria para identificar las respuestas que no respondían realmente a la pregunta.

—No lo sé —admitió—. Alexander fue amable ayer. Mateo se sintió cómodo con él. Eso no significa que yo haya olvidado nada.

—Lo sé.

—Tampoco significa que vaya a contarle algo para lo que todavía no estoy preparada.

—También lo sé.

Valentina cerró los ojos un instante.

—Entonces, ¿por qué me preguntas?

—Porque quiero que tú también lo sepas.

La llamada terminó poco después.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Valentina salió con una sensación incómoda en el pecho.

No era culpa.

Al menos, no exactamente.

Era la certeza de que cada pequeño encuentro entre Alexander y Mateo estaba haciendo más difícil mantener separados los dos mundos que había construido durante cinco años.

Uno pertenecía al hombre que había amado.

El otro, al niño que había criado.

Y ambos empezaban a encontrarse en un lugar donde ella no podía controlar todas las consecuencias.

A las diez y cinco, Mateo entró en Whitmore Group con una mochila azul, un cuaderno de dibujo y una expresión de absoluta determinación.

—Buenos días —saludó a la recepcionista.

La mujer sonrió.

—Buenos días, Mateo.

El niño se detuvo.

—¿Recuerdas mi nombre?

—Por supuesto.

Mateo pareció satisfecho.

—Excelente. Eso significa que mi visita de ayer tuvo un impacto positivo en la organización.

Valentina cerró los ojos.

—Buenos días, señora Parker. Disculpe.

La recepcionista se rio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.