Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 26. La decisión que nadie podía tomar por él

Capítulo 26. La decisión que nadie podía tomar por él

La noche había caído sobre Nueva York, pero Alexander Whitmore seguía sintiendo que estaba sentado frente a la mesa de una junta directiva.

Tenía a Valentina entre sus brazos, la mejilla de ella apoyada contra su pecho y una mano pequeña dibujando círculos distraídos sobre la tela de su camisa. Afuera, las luces de la ciudad parecían infinitas. Dentro del departamento, en cambio, reinaba una tranquilidad tan delicada que Alexander temía romperla con una sola palabra.

El viernes se acercaba.

Y con él, la decisión que su padre llevaba años intentando tomar en su nombre.

—Estás pensando demasiado —murmuró Valentina.

Alexander bajó la mirada.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque llevas diez minutos acariciándome el cabello con una mano y apretando el cojín con la otra. Si sigues así, mañana tendremos que comprar uno nuevo.

Él miró el cojín, como si acabara de descubrir que lo tenía entre los dedos.

—No lo estoy apretando tanto.

Valentina levantó una ceja.

—Alexander, cariño, ese cojín está viviendo sus últimos momentos.

Él soltó una carcajada inesperada. La primera sincera en todo el día.

—¿Siempre tienes que encontrar la manera de burlarte de mí?

—No. A veces me concentro en otras actividades.

—¿Como cuáles?

—Como preguntarme si el hombre del que estoy enamorada sobrevivirá a una conversación con su padre sin necesitar una junta extraordinaria, tres abogados y un informe de cuarenta páginas.

Alexander negó con la cabeza, sonriendo.

—No necesito cuarenta páginas.

—Treinta y cinco, entonces.

—Veinte.

—Ahora sí pareces un hombre razonable.

La besó en la frente y la atrajo hacia él.

La risa se fue apagando poco a poco, hasta dejar entre ambos una intimidad más profunda. Valentina no quería que él creyera que sus bromas significaban que no comprendía la gravedad de lo que estaba ocurriendo. Sabía cuánto había luchado Alexander por ganarse el reconocimiento de su padre. Sabía que, detrás de su seguridad y sus trajes impecables, todavía existía un hombre que deseaba escuchar de Richard Whitmore algo tan sencillo como: Estoy orgulloso de ti.

Y precisamente por eso le preocupaba aquella decisión.

—¿Qué pasará mañana? —preguntó ella.

Alexander dejó escapar el aire lentamente.

—Hablaré con mi padre.

—Eso ya lo sé.

—Le diré que no voy a aceptar condiciones que conviertan mi vida personal en una extensión de la empresa.

Valentina se incorporó un poco para mirarlo.

—¿Y si te dice que no puedes ser presidente sin aceptarlas?

Alexander guardó silencio.

La pregunta no era injusta. Tampoco era sencilla.

—Entonces tendré que decidir si quiero esa presidencia en esas condiciones —respondió finalmente.

Valentina lo observó con atención. No sonaba completamente convencido, pero por primera vez no parecía estar buscando una forma de evitar la pregunta.

—No quiero que renuncies a algo importante para ti solamente por demostrarme que me amas —dijo ella—. No necesito que destruyas tus sueños para construir una vida conmigo.

—No estoy pensando en destruirlos.

—Bien. Porque tampoco pienso permitir que después me mires durante una discusión y me digas que perdiste la presidencia por mi culpa.

Alexander abrió la boca, ofendido.

—¿De verdad crees que haría eso?

—No. Pero me gusta dejar las condiciones por escrito antes de cualquier matrimonio.

Él se echó a reír.

—¿Vas a redactar un contrato prenupcial?

—Por supuesto. Cláusula uno: queda prohibido utilizar a la esposa como excusa para las malas decisiones del marido.

—Cláusula dos: queda prohibido que la esposa se burle del marido cuando está pasando por una crisis existencial.

—Esa cláusula sería inconstitucional.

—¿Ya estás ejerciendo como abogada?

—Todavía no. Pero estoy practicando contigo, que eres un caso particularmente complicado.

Alexander le tomó el rostro entre las manos.

—Valentina, mírame.

Ella obedeció.

—No quiero que nuestra vida sea una negociación permanente. Quiero poder hablar contigo de trabajo, de hijos, de dónde vamos a vivir, de todo lo que nos preocupa. No quiero prometerte una vida perfecta. Ni siquiera sé cómo se hace eso.

—Por fortuna. Las vidas perfectas suelen ser bastante aburridas.

—Pero sí puedo prometerte que voy a dejar de permitir que mi padre decida por mí.

Valentina no respondió de inmediato. Había una diferencia enorme entre prometer algo en la intimidad de un departamento y sostener esa promesa frente al hombre que había construido el mundo de Alexander.

Aun así, decidió creerle.

—Entonces empieza mañana —susurró.

Alexander la besó. Esta vez no hubo bromas ni intentos de distraerse. Fue un beso lento, cargado de ternura y de una incertidumbre que ninguno de los dos podía eliminar.

Cuando se separaron, él apoyó la frente contra la de ella.

—Tengo una pregunta.

—Si tiene que ver con una cláusula matrimonial, mañana.

—No. Tiene que ver con una cena.

Valentina entrecerró los ojos.

—Eso suena peligrosamente parecido a una trampa.

—Quiero que cenes conmigo el viernes.

—¿Después de tu conversación con tu padre?

—Después de la conversación con mi padre.

—¿Y si terminas comprando una isla para huir de tus responsabilidades?

—Te llevaría conmigo.

—¿Y si la isla no tiene buena conexión a internet?

—Valentina.

—Está bien, está bien. Acepto la cena.

Alexander sonrió.

—Quiero que sea una noche especial.

Ella sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco.

—¿Especial cómo?

—Todavía no lo sé.

—Eso es muy tranquilizador.

—Estoy trabajando en ello.

—Pues trabaja rápido. Me gusta llegar a los acontecimientos importantes con al menos una idea de lo que debo ponerme.

Alexander la abrazó de nuevo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.