Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 7. Una invitación inesperada y unos celos muy poco disimulados

Capítulo 7. Una invitación inesperada y unos celos muy poco disimulados

El lunes comenzó con una tragedia de proporciones considerables.

Al menos, así lo describió Daniel Brooks cuando entró en la oficina de Alexander Whitmore y encontró a su amigo contemplando una fotografía en la pantalla de su computadora.

—Por favor, dime que estás revisando un informe financiero —pidió Daniel, dejando su maletín sobre una silla—. Necesito creer que todavía queda algo de cordura en esta empresa.

Alexander cerró la ventana de inmediato.

Demasiado tarde.

Daniel había alcanzado a ver la imagen de Valentina durante la conferencia universitaria.

—¡Es ella! —exclamó, señalando la pantalla—. ¡La mujer del vestido verde! ¡La estudiante mexicana que ha convertido al hombre más insoportable de Manhattan en un poeta de mensajes nocturnos!

—Siéntate y deja de gritar.

—No puedo. Estoy presenciando un acontecimiento histórico.

Daniel se dejó caer en el sillón, se llevó una mano al pecho y adoptó una expresión solemne.

—Durante años, los empleados de Whitmore Global Holdings han sufrido las consecuencias de tu mal humor, tus reuniones interminables y tus exigencias imposibles. Pero ahora existe una esperanza. Una mujer ha conseguido que sonrías sin necesidad de mostrarte un balance financiero.

—¿Terminaste?

—Todavía no. Quiero saber cuándo será la boda.

Alexander volvió a abrir el informe que debía revisar.

—No habrá boda.

—Perfecto. Entonces puedo invitar a Valentina a salir.

El documento quedó inmóvil entre los dedos de Alexander.

Daniel sonrió con satisfacción.

—¿Otra vez esa reacción? Amigo, si tus celos fueran un producto financiero, ya serías dueño de Wall Street.

—No estoy celoso.

—Por supuesto. Solo has dejado de leer un informe de cuarenta millones de dólares porque mencioné el nombre de una mujer.

Alexander levantó la mirada.

—¿No tienes nada que hacer?

—Sí. Pero esto es más interesante.

Daniel se inclinó hacia delante.

—Hablando en serio, ¿qué piensas hacer con ella?

Alexander guardó silencio unos instantes.

—Conocerla.

—¿Y después?

—Veremos.

Daniel suspiró.

—Un progreso extraordinario. El hombre que solía planificar hasta sus vacaciones ahora tiene una estrategia basada en dos palabras.

—¿Quieres que te asigne la revisión de todos los contratos pendientes?

—Retiro mi comentario. Tu estrategia es brillante.

Alexander volvió a sonreír, aunque esta vez la expresión se desvaneció pronto.

Había algo que no podía quitarse de la cabeza: la conversación con su madre.

Eleanor había mencionado el deseo de Valentina de regresar a México. Eso significaba que había averiguado información sobre ella, probablemente sin su consentimiento. Y, aunque Alexander había decidido no permitir que su familia interfiriera, no podía negar que las palabras de su madre habían tocado una preocupación que prefería mantener enterrada.

Valentina tenía una vida propia.

Una familia a la que amaba.

Un futuro que no necesariamente incluía Nueva York.

Y él apenas estaba comenzando a imaginar uno que la incluyera a ella.

Mientras tanto, Valentina estaba intentando resolver un problema de mayor urgencia.

Su impresora había decidido dejar de funcionar precisamente el día en que necesitaba entregar un trabajo universitario.

—No puede ser —murmuró, levantando la tapa del aparato—. Por favor, no me hagas esto.

La impresora emitió un ruido extraño.

Después parpadeó una luz roja.

Y finalmente se apagó.

Sofía apareció con una taza de café.

—¿Qué le hiciste?

Valentina la miró indignada.

—¡Nada! Solo le pedí que imprimiera un documento.

—Quizá se cansó de tu exigencia académica.

—Sofía, tengo que entregar esto hoy.

Su amiga dejó la taza sobre el escritorio y examinó la máquina como si fuera una paciente en estado crítico.

—Bien. Primero, necesitamos identificar el problema.

—¿Sabes arreglar impresoras?

—No.

—Entonces, ¿qué estamos haciendo?

—Mostrándole seguridad. Los aparatos electrónicos perciben el miedo.

Valentina soltó una carcajada involuntaria.

Sofía presionó un botón.

La impresora hizo un ruido aún más preocupante.

Las dos retrocedieron al mismo tiempo.

—¡La mataste! —exclamó Valentina.

—¡Estaba muerta cuando llegué!

Después de varios intentos inútiles, Valentina terminó guardando el archivo en una memoria USB y salió apresuradamente hacia la universidad.

En el camino recibió un mensaje de Alexander.

«Buenos días. ¿Cómo va tu semana?»

Valentina respondió mientras esperaba el semáforo.

«Mi impresora acaba de presentar su renuncia sin previo aviso. Estoy considerando demandarla por abandono de responsabilidades».

La respuesta llegó casi de inmediato.

«Puedo recomendarte un buen abogado».

«¿No eres tú quien necesita uno?»

«Mi situación es más complicada. Mi mejor amigo está intentando robarme a la mujer que me interesa».

Valentina se detuvo en medio de la acera.

Leyó el mensaje una vez.

Después otra.

Finalmente, escribió:

«¿Qué mujer?»

Alexander tardó unos segundos.

«La que está sonriendo frente a su teléfono en este momento».

Valentina miró a su alrededor como si él pudiera aparecer de pronto entre la multitud.

«No estoy sonriendo».

«Por supuesto. Y yo no estoy esperando tu respuesta desde hace diez minutos».

Valentina no pudo contener la risa.

Una mujer que caminaba a su lado la miró con curiosidad.

Ella guardó el teléfono y siguió su camino, con las mejillas encendidas.

No estaba enamorada.

Todavía no.

Pero comenzaba a resultarle cada vez más difícil convencerse de que Alexander era simplemente un hombre con quien disfrutaba conversar.

Aquella tarde, la universidad organizó una actividad de orientación profesional para los estudiantes que estaban próximos a concluir sus programas de intercambio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.