Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 27. Una promesa sin condiciones

Capítulo 27. Una promesa sin condiciones

Alexander llegó al departamento de Valentina con veinte minutos de anticipación y un problema que no había previsto: no sabía cómo comenzar la conversación.

Había ensayado varias frases durante el trayecto. Algunas le parecieron demasiado solemnes; otras, demasiado parecidas a las declaraciones que pronunciaba ante los accionistas cuando necesitaba convencerlos de que todo estaba bajo control.

Ninguna servía para hablar con la mujer con la que quería pasar el resto de su vida.

Se detuvo frente a la puerta, respiró profundamente y tocó el timbre.

Valentina abrió casi de inmediato.

Llevaba unos pantalones cómodos, una blusa blanca y el cabello recogido de cualquier manera. En una mano sostenía una cuchara de madera y, detrás de ella, la cocina parecía haber sobrevivido a una pequeña catástrofe.

Alexander miró la cuchara.

Después miró la cocina.

Finalmente, volvió a mirarla a ella.

—¿Debo llamar a los bomberos?

Valentina bajó la vista hacia la cuchara.

—No seas dramático.

—Hay algo negro en una sartén.

—Era una cebolla.

—¿Era?

—Alexander, si vas a empezar a interrogarme, necesitarás una orden judicial.

Él soltó una carcajada.

—¿Qué estás cocinando?

—Una cena.

—Eso lo veo. Me refiero a qué clase de cena.

—Una cena que no requiere comentarios de un hombre que probablemente considera que hervir agua es una habilidad culinaria avanzada.

Alexander entró y dejó su abrigo sobre una silla.

—Sé cocinar.

Valentina lo observó con desconfianza.

—¿Qué sabes preparar?

—Pasta.

—¿De qué tipo?

—Pasta normal.

Ella cerró los ojos.

—Dios mío, voy a casarme con un hombre que distingue los alimentos por su categoría fiscal.

Alexander se echó a reír y la abrazó por detrás.

—Todavía no te has casado conmigo.

Valentina se quedó inmóvil por un segundo.

Luego se volvió lentamente entre sus brazos.

—¿Todavía?

Alexander comprendió demasiado tarde lo que había dicho.

—Quise decir que…

—No, no. Continúa. Me interesa mucho esta declaración espontánea.

—Valentina…

—¿Hay alguna solicitud pendiente que desconozco? ¿Algún formulario que deba llenar? ¿Una entrevista con tu familia? ¿Una evaluación psicológica para determinar si estoy capacitada para soportar tus chistes?

—La última sería especialmente cruel.

Ella intentó mantener la expresión seria, pero terminó riéndose.

Alexander aprovechó para besarla.

Fue un beso breve, cálido, de esos que parecían surgir con naturalidad entre ellos. Cuando se separaron, Valentina apoyó una mano sobre su pecho.

—Ahora sí. Cuéntame qué pasó con tu padre.

La sonrisa de Alexander se desvaneció ligeramente.

—Le di mi respuesta.

Valentina retiró la mano despacio.

—¿Y?

—Le dije que quiero asumir la presidencia, pero que no voy a aceptar que mi vida personal quede subordinada a una condición permanente. Le presenté una propuesta para reorganizar las responsabilidades ejecutivas y establecer mecanismos de continuidad.

Ella lo observó con atención.

—¿Y él qué dijo?

—Que la presentará ante el consejo. No me garantizó que la aprobarán.

Valentina guardó silencio unos segundos.

—¿Te sientes aliviado?

Alexander reflexionó antes de responder.

—Sí. Y asustado.

—Eso tiene sentido.

—También estoy preocupado por lo que pueda pasar si rechazan mi propuesta.

—Eso también tiene sentido.

Él frunció el ceño.

—¿No vas a decirme que todo saldrá bien?

Valentina ladeó la cabeza.

—¿Quieres que te mienta para que puedas dormir tranquilo?

—Preferiría una mentira elegante.

—Lo siento. Solo manejo verdades incómodas y comida ligeramente quemada.

Alexander sonrió, aunque sus ojos seguían revelando preocupación.

Valentina tomó su mano y lo condujo hasta el sofá. Se sentaron juntos, con las manos entrelazadas.

—Escúchame —dijo ella—. Estoy orgullosa de que hayas defendido tu decisión. Pero no quiero que pienses que ahora tienes que demostrarme algo más. No tienes que ganar la presidencia para merecer mi amor. Tampoco tienes que perderla para demostrarme que me amas.

Alexander bajó la mirada hacia sus manos.

—Durante mucho tiempo pensé que, si no conseguía ese puesto, significaría que había fracasado.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que fracasaría si consiguiera todo lo que quiero a costa de convertirme en alguien que no quiero ser.

Valentina sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho.

No era una solución para todos sus problemas. Era algo mejor: una señal de que Alexander comenzaba a comprender lo que ella había intentado explicarle durante semanas.

—Eso es importante —susurró.

—También es aterrador.

—Puedes tener miedo.

—No pareces sorprendida.

—Alexander, una vez vi cómo discutías durante veinte minutos con una máquina expendedora porque no te devolvía dos dólares. Sé que tienes miedo de muchas cosas.

Él la miró, indignado.

—La máquina estaba equivocada.

—Por supuesto. Era una conspiración internacional contra tu patrimonio.

Alexander comenzó a reírse y la atrajo hacia sí.

Valentina se acomodó junto a él, apoyando la cabeza sobre su hombro.

Durante un rato hablaron de cosas pequeñas. De la entrevista que ella había tenido con Margaret Lawson, de los documentos que seguían bajo revisión y de la posibilidad de que Alexander visitara México antes de que terminara el año.

La cena se enfrió sobre la mesa.

Ninguno se preocupó demasiado.

Por primera vez en días, podían estar juntos sin sentir que cada minuto debía servir para resolver una crisis.

Sin embargo, mientras Valentina le contaba una anécdota de la universidad, Alexander sintió el pequeño peso de la caja que llevaba en el bolsillo interior de su abrigo.




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