Alexander seguía mirando el mensaje de Valentina cuando Daniel entró en su despacho sin llamar.
—Antes de que me eches, quiero que sepas que traigo buenas noticias.
Alexander levantó la mirada.
—Si las buenas noticias consisten en que mi padre decidió retirarse a una isla y dejarme en paz, puedes sentarte.
Daniel cerró la puerta.
—No. Pero puedo ofrecerte un café y una opinión que probablemente no vas a querer escuchar.
—Entonces prefiero el café.
—Lo sabía.
Daniel dejó un vaso sobre el escritorio y se sentó frente a él. Había trabajado con Alexander durante años y conocía perfectamente aquella expresión: la mandíbula tensa, los hombros rígidos y la mirada fija en cualquier objeto que no fuera una persona.
Alexander estaba intentando resolver un problema que no podía solucionar con una negociación.
—¿Ya le contestaste a Valentina? —preguntó Daniel.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué decirle.
Daniel se quedó observándolo.
—Podrías empezar por la verdad. Es una costumbre bastante útil en las relaciones sentimentales.
—No necesito una clase sobre relaciones.
—Por supuesto que no. Tú eres el hombre que tardó tres citas en comprender que una mujer puede estar interesada en ti y, al mismo tiempo, tener otras cosas que hacer.
Alexander le lanzó una mirada amenazadora.
Daniel sonrió.
—Mira, bromas aparte, ¿qué te pidió exactamente tu padre?
Alexander se recostó en la silla.
—Que confirme mi compromiso absoluto con la compañía. Quiere que garantice que permaneceré en Nueva York y que no tomaré decisiones personales que puedan afectar mi disponibilidad.
—¿Y tú qué quieres?
—Quiero la presidencia.
—Bien. Eso ya lo sabemos.
—Quiero dirigir la compañía, demostrar que puedo hacerlo mejor que mi padre y dejar de sentir que cada decisión que tomo necesita su aprobación.
Daniel asintió.
—¿Y Valentina?
Alexander bajó la mirada hacia el teléfono.
—Quiero casarme con ella.
El silencio que siguió fue tan repentino que Daniel dejó de sonreír.
—Vaya.
Alexander frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada. Estoy intentando decidir si debo felicitarte o llamar a un médico para que confirme que acabas de pronunciar una frase coherente sobre tus sentimientos.
—Daniel.
—Está bien, está bien. Continúa.
Alexander se pasó una mano por el cabello.
—No quiero que nuestra relación sea algo que tenga que esconder o justificar. Quiero que forme parte de mi vida. Quiero conocer a su familia, viajar con ella a México y construir algo que no dependa de la aprobación de mi padre.
—Entonces, ¿por qué no se lo dices?
—Porque no sé cómo hacer que todo funcione.
Daniel dejó el vaso sobre la mesa.
—Alexander, no necesitas tener resuelto el resto de tu vida para hablar de matrimonio. Necesitas saber si estás dispuesto a construir esa vida con ella.
Alexander permaneció callado.
La diferencia parecía sencilla cuando la expresaba Daniel.
Sin embargo, para él representaba algo mucho más profundo.
Durante toda su vida había aprendido que las decisiones importantes debían tomarse después de analizar los riesgos, calcular las consecuencias y asegurarse de que ninguna variable escapara de su control.
Pero Valentina no era una adquisición empresarial.
No podía presentarle un contrato con todas las contingencias previstas ni garantizar que el futuro se desarrollaría exactamente como ambos deseaban.
Y quizá lo que más miedo le daba era precisamente eso: amarla significaba aceptar que no podía controlarlo todo.
—¿Y si no puedo darle la vida que espera? —preguntó.
Daniel lo miró con seriedad.
—Pregúntale qué vida espera. No decidas por ella.
Alexander sintió que aquellas palabras lo obligaban a reconocer algo que había estado evitando.
Quería proteger su futuro con Valentina, pero estaba tan concentrado en conservar la presidencia que había comenzado a pensar en ella como una incertidumbre que debía resolver.
Y eso era injusto.
—Tengo que hablar con ella —dijo finalmente.
Daniel se levantó.
—Excelente. Y, por favor, cuando lo hagas, intenta no convertir la conversación en una presentación de PowerPoint.
—Fuera de mi despacho.
—Te quiero también, hermano.
Daniel salió riéndose.
Alexander tomó el teléfono y escribió una respuesta.
Quiero verte esta noche. Hay algo importante que necesito decirte.
Esta vez no borró el mensaje.
Valentina estaba en la biblioteca de la universidad cuando recibió la notificación.
Había pasado la mañana preparando su entrevista con la firma de Margaret Lawson y revisando las observaciones que Nicolás le había enviado sobre su currículum.
Agradecía la ayuda de su compañero. La oportunidad profesional podía abrirle puertas importantes, pero también le exigía ser cuidadosa con su situación migratoria y con las condiciones de cualquier eventual oferta.
No quería aceptar algo que después no pudiera realizar legalmente.
Su teléfono vibró de nuevo.
Era Alexander.
Valentina leyó el mensaje dos veces.
No sabía si sentirse emocionada o preocupada.
Durante las últimas semanas, sus conversaciones habían girado alrededor de la compañía, las presiones de Richard y el futuro que ambos imaginaban de maneras distintas.
Ella seguía enamorada de Alexander.
Mucho más de lo que había previsto cuando aquel hombre arrogante derramó sobre sí mismo las consecuencias de su propia soberbia y la culpó por ello.
Valentina sonrió al recordar el primer encuentro.
—¿De qué te ríes? —preguntó Nicolás, sentado al otro lado de la mesa.
Ella bloqueó el teléfono.
—De una estupidez.
—¿Una estupidez romántica?
Valentina lo miró.
—¿Por qué todo el mundo tiene que relacionar una sonrisa con el romance?
Editado: 05.11.2026