Cinco años sin ti: el secreto de nuestro amor

Capítulo 39. El niño de los ojos familiares

Capítulo 39. El niño de los ojos familiares

Cinco años podían cambiar muchas cosas.

Podían convertir una herida abierta en una cicatriz, transformar una ambición en una responsabilidad y enseñar a una persona a vivir con las consecuencias de sus decisiones. Podían llenar una casa de nuevos recuerdos, cambiar una ciudad entera y hacer que un nombre dejara de pronunciarse en voz alta, aunque continuara apareciendo en los sueños.

Pero cinco años no siempre bastaban para olvidar al primer amor verdadero.

Alexander Whitmore lo descubrió una mañana de octubre, mientras contemplaba su reflejo en el ventanal de su despacho.

A sus treinta y tantos años, había conseguido aquello por lo que había luchado durante buena parte de su vida. Era el presidente de Whitmore Group, dirigía operaciones en varios países y había logrado introducir cambios importantes en la estructura corporativa. El consejo respetaba sus decisiones, los inversionistas confiaban en su capacidad y Richard, aunque todavía encontraba motivos para criticarlo, había aprendido a reconocer públicamente sus resultados.

Desde fuera, Alexander tenía una vida envidiable.

Desde dentro, había aprendido a convivir con un vacío que ningún éxito conseguía llenar.

Su matrimonio con Valentina había terminado después de meses de distancia y conversaciones que no encontraron una salida. El divorcio se formalizó cuando ambos comprendieron que no podían seguir prolongando una relación que, pese al amor, se había convertido en una fuente constante de dolor.

Alexander no había vuelto a casarse.

Tampoco había conseguido construir una relación que lo hiciera olvidar a su exesposa. Había conocido mujeres, había acudido a cenas y aceptado invitaciones de personas que parecían considerar su soltería una oportunidad para organizarle la vida.

Ninguna había conseguido que se sintiera en casa.

Daniel Brooks, por supuesto, tenía una teoría al respecto.

—Tu problema —le había explicado durante una cena— es que buscas una mujer que tenga la paciencia de un santo, el sentido del humor de un comediante y la resistencia psicológica de alguien que haya sobrevivido a una auditoría de tu padre.

Alexander había levantado la vista del menú.

—¿Terminaste?

—No. También debe tolerar que hables de tus sentimientos como si fueran un informe trimestral.

—¿Puedo pedir la cuenta?

—Por supuesto. Pero eso no resolverá tu problema sentimental.

—Al menos resolverá el problema de estar cenando contigo.

Daniel había protestado durante veinte minutos, aunque al final terminó pagando la mitad de la cuenta.

La amistad entre ambos continuaba intacta. También continuaban las bromas, las discusiones y la costumbre de Daniel de aparecer en el despacho de Alexander sin anunciarse.

Lo que había cambiado era el hombre que Alexander encontraba al otro lado del escritorio.

Ya no trabajaba hasta la madrugada para demostrar que merecía ocupar su puesto. Había aprendido a delegar responsabilidades, a escuchar las opiniones de su equipo y a cuestionar las decisiones que no consideraba adecuadas, incluso cuando Richard estaba presente.

No había conseguido convertirse en un hombre perfecto.

Pero había empezado a comprender que la autoridad no consistía en controlar cada variable de la vida.

Lástima que hubiera necesitado perder a Valentina para aprenderlo.

—Alexander.

La voz de su asistente lo sacó de sus pensamientos.

—¿Sí?

—La reunión con el equipo jurídico comenzará en quince minutos. Además, la señora Lawson ha confirmado su asistencia.

Alexander se volvió hacia el escritorio.

—¿Margaret Lawson?

—Sí. Su despacho participará en la revisión de cumplimiento del proyecto de expansión.

Él asintió.

—Prepara la documentación que solicitó el equipo externo.

—Ya está preparada.

—Gracias.

La asistente se marchó.

Alexander tomó el expediente y revisó el orden del día. El proyecto de expansión llevaba meses sometido a una revisión independiente. Las antiguas discrepancias documentales no habían desaparecido por completo del historial corporativo, pero los procedimientos de control se habían fortalecido y la empresa había adoptado medidas para mejorar la trazabilidad de sus archivos.

No había olvidado las sospechas que habían rodeado aquella investigación.

Tampoco había encontrado pruebas concluyentes que justificaran las acusaciones que algunos habían querido formular en su momento.

Con el tiempo, había aprendido que una empresa no podía dirigirse mediante intuiciones, por convincentes que parecieran.

Una vida personal tampoco.

Miró el reloj y cerró el expediente.

No sabía que, al otro lado de la ciudad, una mujer estaba preparando a un niño de cuatro años para su primer día en una nueva escuela.

Ni que aquella mujer llevaba cinco años intentando convencerse de que su vida podía continuar sin él.

Mucho menos imaginaba que, antes de terminar la semana, tendría delante al único niño capaz de hacerle cuestionar todo lo que creía saber sobre su pasado.

—Mateo, cariño, necesito que te pongas los zapatos.

—Ya me los puse.

Valentina Reyes se volvió desde la cocina.

Su hijo estaba sentado en el sofá, con un zapato puesto y el otro en la mano. Tenía el cabello oscuro ligeramente despeinado, unas pestañas largas que hacían resaltar sus ojos y una expresión de absoluta inocencia que su madre conocía demasiado bien.

—Mateo.

—Mamá.

—Te falta un zapato.

El niño miró su pie descalzo.

Después observó el zapato que sostenía.

Finalmente, levantó la cabeza con una seriedad extraordinaria.

—Estoy investigando.

Valentina apoyó las manos en la cintura.

—¿Investigando qué?

—Si los zapatos pueden caminar solos.

Ella cerró los ojos.

—¿Y cuál es el resultado de tu investigación?

Mateo se puso de pie, dejó el zapato en el suelo y dio un paso con el pie descalzo.




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