POV: Charlotte Whitmore
Nueva York.
La nieve caía suavemente sobre Manhattan, cubriendo las calles con un brillo elegante que contrastaba con el caos que reinaba dentro de Charlotte Whitmore. Veintidós años. Heredera de Whitmore Holdings.
Y completamente enamorada de un hombre que jamás le había pertenecido. Charlotte observó el restaurante desde el otro lado de la avenida.
Las manos le temblaban. A su lado, Olivia la miraba con los ojos abiertos de pánico.
—Todavía podemos irnos, Lottie. Por favor, vámonos —susurró su mejor amiga, con la voz quebrada por el miedo a lo que estaba a punto de pasar.
Charlotte no respondió. No podía.
Porque allí estaba él, sentado justo al otro lado de los amplios ventanales iluminados.
Nathaniel Sinclair. Veintisiete años. El implacable CEO de Sinclair Group, el hombre cuyo nombre llevaba tatuado en el pecho y que había ocupado cada uno de sus pensamientos obsesivos durante los últimos tres años eternos.
Y frente a él, coronando la escena como una reina intocable, estaba Evelyn.
Hermosa. Elegante. Absolutamente perfecta.
La mujer con la que Nathaniel se casaría en menos de dos semanas.
Charlotte sintió que algo dentro de su pecho —un cristal frágil que llevaba años agrietándose— se rompía por fin en mil pedazos.
—Lottie… —suplicó Olivia otra vez, agarrándola del abrigo.
—Solo quiero verlo una vez más —contestó Charlotte, con un hilo de voz que apenas era aire.
Olivia cerró los ojos, sabía que era mentira, las dos sabían que era una maldita mentira.
Charlotte no había cruzado media ciudad en plena tormenta de nieve solo para llevárselo de recuerdo. Había ido porque, en lo más profundo de su ser, una parte de ella todavía albergaba una esperanza patética. Un milagro. Un error de cálculo. Una señal desesperada del destino que le dijera que todo aquello era una pesadilla.
Dentro del restaurante, Nathaniel sonreía.
Charlotte conocía esa sonrisa a la perfección; la había estudiado durante cientos de horas desde la distancia. En galas benéficas, en eventos de la alta sociedad, en reuniones empresariales a las que se colaba solo para respirar el mismo aire que él, usando el apellido de su padre.
Pero jamás lo había visto así. Jamás lo había visto tan relajado, tan descuidado, tan jodidamente feliz.
Aquella sonrisa era exclusiva para Evelyn. Nunca para ella. Nunca.
—Esto es una locura, esto es una pésima idea... —murmuró Olivia, dando un paso atrás.
Charlotte respiró hondo. El aire helado le quemó los pulmones, dándole el valor artificial que necesitaba.
Empujó la puerta.
El tintineo de la campanilla se perdió en el murmullo de las conversaciones exclusivas del lugar, que murieron de golpe, transformándose en un silencio sepulcral.
Tacones. Uno tras otro. Firmes, letales, deliberados.
Todo el restaurante giró la cabeza para observarla. No era difícil acaparar las miradas. Charlotte Whitmore siempre imponía, siempre brillaba.
Cabello cobrizo, vestido negro, ojos verdes llenos de determinación y un corazón completamente roto.
Las gotas de nieve se derretían entre los mechones húmedos que caían sobre sus hombros, mientras el vestido negro de diseñador que contrastaba con su pálida piel, y unos ojos verdes ardiendo en una mezcla letal de furia y un corazón completamente destrozado.
Nathaniel levantó la vista. Por un fugaz segundo su rostro reflejó sorpresa pura; luego, una confusión densa, y finalmente... pánico.
Porque él conocía esa expresión. Todos los que rodeaban a Charlotte sabían identificarla.
Era la mirada que precedía al caos. La tormenta antes de que ella hiciera una auténtica locura.
Charlotte se detuvo al borde de la mesa. El tiempo pareció congelarse.
Evelyn la observó con una amabilidad que rozaba la lástima, algo que a Charlotte le dolió más que una bofetada. Nathaniel, en cambio, la miró con una cautela.
—Charlotte —murmuró él. Su voz sonó demasiado calmada, demasiado controlada. Y esa tranquilidad suya fue lo que terminó por desarmarla.
—Nathaniel —escupió su nombre casi como un lamento.
—¿Qué demonios haces aquí? —le reprochó en un susurro áspero, intentando no levantar la voz ante los comensales.
Ella tragó saliva. Había ensayado aquel discurso frente al espejo cien veces, decorándolo con orgullo y dignidad. Pero ahora, con el perfume de Evelyn flotando en el aire, su mente era un desastre en blanco.
El restaurante entero observaba, los camareros observaban.
Olivia, desde la entrada, se cubría el rostro con las manos, deseando que la tierra se la tragara. El orgullo de Charlotte se desmoronaba segundo a segundo, convirtiéndose en cenizas.
Ya no le importaba. Nada importaba.
Abrió los labios y soltó la bomba: