POV: Charlotte Whitmore
La primera señal de que aquella noche terminaría mal fue una llamada a las ocho y diecisiete de la noche.
La segunda fue ver a Nathaniel Sinclair entrar a la sala de juntas de Whitmore Holdings.
Tenía la corbata floja, el cabello oscuro ligeramente húmedo por la tormenta y una expresión tan tensa que el aire en la sala pareció volverse más denso con solo su presencia. Era la primera vez que estábamos solos en una habitación desde nuestra confrontación en el ascensor la semana anterior. Las palabras de su condena seguían grabadas a fuego en mi mente: "No voy a quedarme cerca para que te sientas menos culpable. Déjame hacer mi trabajo en paz".
Y ahora, el trabajo estaba a punto de irse al diablo.
—Acaban de suspender la aprobación del suministro estructural —anunció Daniel, dejando una carpeta sobre la mesa—. El contratista recibió una notificación hace veinte minutos. Si no enviamos una respuesta documentada antes de las ocho de la mañana, perdemos la ventana de inspección y se retrasa todo el calendario.
Miré el informe con incredulidad. Alguien había modificado parte de la documentación técnica y la nueva versión no coincidía con las especificaciones que habíamos aprobado.
—¿Quién autorizó la modificación? —pregunté, con la sangre hirviéndome.
—Todavía no lo sabemos.
—Pues averígüenlo. No voy a firmar un documento a ciegas hasta saber qué cambió y quién fue el responsable.
Nathaniel se inclinó sobre la mesa, apoyando ambas manos a los lados del informe, invadiendo mi espacio visual.
—Si presentamos una objeción sin identificar de dónde salió el error, el contratista alegará que intentamos echarle nuestra culpa.
—Y si aceptamos documentos falsos, comprometemos todo el proyecto —repliqué, cruzándome de brazos, sin retroceder—. No voy a hacerlo.
Sus ojos grises, oscuros como la lluvia que azotaba Nueva York, se clavaron en los míos.
—Nadie te ha pedido que lo hagas, Charlotte.
—Entonces deja de hablarme como si fuera una posibilidad.
Daniel carraspeó, levantando discretamente la mirada. Maravilloso. Ni diez minutos de reunión y ya estábamos a punto de matarnos.
Nathaniel apartó la mirada primero, la mandíbula apretada.
—Mi equipo recuperará los registros del proveedor.
—Mi equipo revisará la cadena de correos de Whitmore —dije, cortante.
A las ocho y media, la sala de reuniones se fue vaciando. El personal salió para atender llamadas, buscar archivos o contactar al área jurídica. A las nueve en punto, la sala estaba vacía. Solo quedábamos Nathaniel y yo. Y un proyecto de cientos de millones de dólares en la cuerda floja.
Abrí mi portátil.
—Voy a revisar los contratos.
—Yo cruzaré las especificaciones técnicas —respondió él.
Tomó su ordenador y se sentó al otro extremo de la inmensa mesa de caoba. Como si los cinco metros de madera pudieran mantener intacta la barrera que se había fracturado en aquel ascensor.
La lluvia golpeaba los ventanales con violencia. El personal de seguridad había bajado la intensidad de las luces del edificio, dejando la sala en penumbras. Trabajamos durante casi una hora en un silencio eléctrico, roto solo por el teclear frenético de ambos. Yo leía los contratos, pero mi mente volvía a su voz rota diciéndome que me estaba respetando más a mí de lo que se respetaba a él mismo.
Finalmente, encontré la maldita inconsistencia.
—Aquí está —dije, girando el portátil hacia él—. La modificación se cargó después de que cerráramos la revisión, pero le pusieron fecha atrasada.
Nathaniel se levantó y caminó hasta mi silla, inclinándose sobre mi hombro para examinar la pantalla.
—La marca de tiempo no coincide.
—Exacto.
—Bien visto —murmuró.
Estaba tan cerca que pude sentir el calor de su cuerpo y oler su colonia, una mezcla de cedro y lluvia que me revolvió el estómago. Fue un comentario profesional, pero por una fracción de segundo, la guardia de ambos bajó. Sentí cómo su respiración acariciaba mi cuello. Cerré los ojos, tragando saliva con dificultad, y me aparté bruscamente.
A las diez y cuarto, redactamos la respuesta oficial, bloqueando la responsabilidad para ganar tiempo hasta la mañana siguiente. Habíamos contenido la crisis.
—Enviaré el documento a primera hora —dije, cerrando el portátil de golpe, desesperada por salir de ahí.
—Mi equipo hará lo mismo.
El silencio que cayó después fue asfixiante. Ya no había un proveedor al que culpar. Ya no había emergencia. Solo nosotros. Y la tormenta afuera.
Me levanté apresuradamente para recoger las carpetas. Nathaniel hizo lo mismo. Durante un segundo, nuestras manos chocaron sobre el mismo documento. Retiré la mía como si el papel estuviera envuelto en fuego.
Él lo notó. Se quedó mirando mi mano retraída, y luego subió la mirada hasta mi rostro, con los ojos brillando de una furia que ya no podía contener.
—Deja de hacer eso —gruñó, con voz ronca.
—¿Hacer qué? —repliqué, retrocediendo un paso, mi corazón acelerándose.
—Actuar como si mi contacto te diera asco. Como si tuvieras que huir de la sala antes de que contamine el aire que respiras.
Me detuve en seco. La indignación me quemó el pecho.
—¡Actúo así porque no soporto esta tensión! —le devolví el golpe—. Me dijiste en el ascensor que te dejara trabajar en paz, pero cada vez que estamos en la misma habitación me miras como si estuvieras a punto de ahorcarme o...
Me corté de golpe, horrorizada por lo que estaba a punto de decir.
—¿O qué, Charlotte? —Nathaniel rodeó la mesa, acortando la distancia entre nosotros en dos zancadas rápidas—. Dilo. Termina la frase.
— Aléjate —murmure, retrocediendo hasta chocar con el borde de la mesa de caoba.
—¡Dímelo! — Se detuvo a centímetros de mí, respirando con dificultad, con el pecho subiendo y bajando—. Dime que sabes exactamente cómo te estoy mirando. Porque me estoy volviendo loco intentando cumplir mi palabra de no arruinarte la vida.