Cuando Dejé de Buscarte

20 - Confesiones que queman

POV: Nathaniel Sinclair

El silencio en el último piso de la torre Sinclair solía ser mi mejor aliado.

La tarde caía despacio sobre el horizonte de Manhattan, tiñendo el cielo de tonos dorados y purpúreos, mientras la ciudad comenzaba a encender sus millones de luces. Frente a mí, sobre el escritorio de cristal, descansaba un informe financiero de cincuenta páginas que debía revisar antes de mi cena de negocios de esa noche.

Era la cuarta vez que leía el mismo párrafo sin procesar una sola cifra.

Maldita sea.

Cerré la carpeta de golpe. Pasé las manos por mi rostro, frustrado conmigo mismo. Yo no era un hombre distraído. Nunca lo había sido. Era frío, metódico y ridículamente eficiente. Pero durante los últimos días, mi cabeza se negaba a obedecer las órdenes de mi razón.

Mi mente volvía una y otra vez al mismo lugar: las escalinatas de mármol de aquella iglesia, el murmullo lejano de los invitados y unos ojos color verdes llenos de una distancia dolorosa.

Charlotte Whitmore.

Apreté los puños sobre el escritorio. Llevaba tres años convencido de que la había enterrado en el pasado, pero verla de nuevo había sido como recibir un impacto de frente. Y lo que más me enfurecía no era su regreso, sino la forma en que mi propio cuerpo reaccionaba con solo recordar su rostro.

Un golpe firme en la puerta rompió el hilo de mis pensamientos.

—Adelante —dije, recuperando instantáneamente mi tono neutro.

La puerta se abrió y mi secretaria personal asomó la cabeza con expresión de sorpresa.

—Señor Sinclair, disculpe la interrupción. Sé que no estaba en su agenda, pero tiene una visita en recepción.

—No estoy recibiendo a nadie sin cita previa, Katherine.

—Lo sé, señor, pero insistió. Se trata del señor Richard Whitmore.

El nombre resonó en la habitación como una detonación controlada. Parpadeé, asegurándome de haber escuchado bien.

—¿Richard Whitmore?

—Sí, señor. Dice que solo serán diez minutos.

Fruncí el ceño. Que el patriarca de Whitmore Holdings se presentara en mi oficina sin previo aviso no era un hecho cotidiano. Nos respetábamos en el mundo corporativo, pero nuestras interacciones siempre se manejaban con semanas de anticipación a través de nuestros asistentes.

—Hazlo pasar de inmediato —ordené, poniéndome de pie y ajustando el botón de mi saco.

Un par de minutos después, la puerta volvió a abrirse. Richard Whitmore entró con paso firme, apoyándose suavemente en el bastón de empuñadura de plata que solía llevar. A pesar de los años, el hombre irradiaba la misma autoridad aplastante y la misma elegancia impecable que habían convertido a su familia en una de las más poderosas del país.

—Richard —dije, rodeando el escritorio para recibirlo.

—Nathaniel —respondió él, extendiendo la mano.

El apretón fue firme.

—Debo admitir que no esperaba verlo por aquí esta tarde.

—Imagino que no —contestó con una ligera mueca que buscaba parecer una sonrisa—. Lamento la interrupción, pero preferí manejar esto en persona antes de la reunión de la próxima semana.

Le señalé el área de descanso de mi oficina.

—Por favor, tome asiento.

Nos acomodamos en los sillones de cuero frente al enorme ventanal. Observé detenidamente al magnate. Había algo en su mirada, una sombra de cansancio mezclada con una determinación helada, que me hizo comprender que esta visita no era una simple amabilidad de negocios.

—Supongo que esto tiene que ver con la fase inicial del Proyecto Atlas —inicié, buscando tantear el terreno.

Richard apoyó ambas manos sobre el pomo de su bastón y me miró fijamente.

—En parte sí. Pero hay temas más importantes que deben quedar claros antes de que firmemos los contratos definitivos. Voy a retirarme, Nathaniel.

Arqueé una ceja, genuinamente sorprendido.

—¿Retirarse?

—No mañana, por supuesto. Pero he iniciado formalmente el proceso para dejar mi cargo ejecutivo dentro de un año.

Asentí despacio, procesando el impacto de sus palabras. Whitmore Holdings era un monstruo corporativo. La salida de Richard sacudiría la bolsa de valores y redefiniría el mapa de poder en Nueva York.

—Es una noticia enorme —comenté con serenidad—. Imagino que el consejo de administración ya debe estar temblando. ¿Tiene decidido quién tomará las riendas?

Richard no pestañeó. Sostuvo mi mirada con una fijeza que me erizó la piel.

—Lo sé desde hace mucho tiempo.

No hizo falta que pronunciara el nombre. Yo ya lo sabía. La respuesta flotaba en el aire entre nosotros, pesada y cargada de tensión.

—Charlotte —murmuré.

Al pronunciar su nombre, sentí una extraña punzada en el centro del pecho. Algo caliente, rápido y profundamente incómodo. Me obligué a mantener el rostro completamente inexpresivo, como si estuviera escuchando el reporte del clima.




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