Cuando Dejé de Buscarte

23 - Lo que dejamos atrás

POV: William Ashford

El gran problema con el pasado es que nunca se queda muerto del todo.

Puedes intentar enterrarlo bajo toneladas de trabajo. Puedes mudarte de ciudad, cruzar un océano, cambiar de número, construir una vida impecable y convencerte a ti mismo de que te has convertido en un hombre completamente diferente. Incluso puedes volver a enamorarte de una mujer maravillosa y creer que por fin encontraste la paz.

Pero basta una sola mirada, un solo segundo de descuido, para que todo ese mundo perfecto empiece a desmoronarse como un castillo de naipes.

Salí a la terraza del penthouse e inhalé el aire helado de la noche neoyorquina. A mis espaldas, la enorme propiedad estaba en absoluto silencio. Charlotte dormía en la habitación principal, o al menos eso creía yo después del agotador espectáculo de la gala.

Habían pasado dos horas desde que regresamos del Museo Metropolitano, pero mi cabeza seguía siendo un caos destructivo. Las manos me temblaban levemente mientras sostenía el vaso de whisky, y el ardor en la garganta no hacía nada para calmar la tormenta que traía dentro.

Maldición, Ginevra Bellini.

De todos los millones de personas en Nueva York, de todos los salones de eventos y de todas las noches posibles... tenía que reaparecer justamente hoy.

Apoyé los puños contra la barandilla de cristal y cerré los ojos con fuerza. Al hacerlo, el ruido de Manhattan desapareció y me vi arrastrado de golpe a cinco años atrás, al centro mismo del invierno en Londres.

Londres, cinco años antes.

—Eres completamente imposible, William —me dijo ella aquella noche, mientras tiraba su abrigo sobre el sofá de mi departamento.

—Y tú eres insoportable —respondí, caminando hacia ella para quitarle el vaso de vino de la mano—. Así que supongo que estamos perfectamente equilibrados.

Ginevra sonrió. Una sonrisa lenta, inteligente y peligrosa. Y en ese instante recordé exactamente por qué me había enamorado de ella hasta perder la cabeza.

No había sido solo por su belleza despampanante, aunque la tenía de sobra. Tampoco por su mente privilegiada para el derecho corporativo. Había sido por algo mucho más peligroso: Ginevra Bellini jamás me tuvo miedo.

En un mundo donde todos intentaban complacerme o cuidarse de mis palabras, ella me desafiaba. Me enfrentaba en cada discusión, cuestionaba cada una de mis decisiones y me obligaba a salir de mi zona de confort. No le temblaba la voz para decirme mis verdades a la cara, ni cuando éramos simples colegas, ni cuando nos peleábamos, ni cuando nos acostábamos juntos creyendo que el mundo nos pertenecía.

Durante casi cuatro años, esa pasión desenfrenada había sido suficiente para mantenernos unidos. Nos creíamos invencibles. Pensábamos que podíamos ponernos el traje de ejecutivos implacables durante el día y refugiarnos en la piel del otro por las noches.

Hasta que mi propia ambición convirtió nuestras vidas en un campo de batalla.

En aquel entonces, yo estaba obsesionado con ganar el caso más grande de mi carrera. Una demanda contra un conglomerado financiero vinculado al crimen organizado. Me entregué a esa guerra en cuerpo y alma. Dejé de dormir, dejé de comer, dejé de estar presente. Pasaba semanas enteras fuera de casa, rodeado de escoltas, llamadas amenazantes a mitad de la noche y una presión policial sofocante.

En mi mente, levantar muros y distanciarme de Ginevra era la única forma de protegerla del peligro. Pensaba que si la mantenía al margen de los riesgos, todo estaría bien cuando la tormenta pasara.

—Cuando todo este juicio termine, nos iremos un mes entero a Italia —le prometí una madrugada, abrazándola por la espalda mientras ella miraba la lluvia caer sobre las calles de Londres—. Te lo prometo, Gin. Solo necesito cerrar esto.

Ella se giró en mis brazos, me miró con una tristeza que en ese momento no supe interpretar y susurró:

—Las promesas no sirven de nada si no queda nada entero para cuando decidas cumplirlas, William.

No le presté atención. Creí que solo estaba cansada. Creí que aún nos quedaba tiempo.

Qué equivocado estaba.

El recuerdo se cortó de golpe y volví al ambiente tenso del jardín privado del museo, apenas una hora atrás.

Allí estaba ella. Cómodamente sentada en una banca de piedra, sosteniendo una copa de champán con la misma elegancia natural de siempre. Mismos ojos avellanas e inquisidores, misma postura firme, misma facilidad desesperante para aparecer en los lugares donde más podía desestabilizarme.

—Sigues frunciendo el ceño exactamente igual cuando estás molesto —dijo Ginevra, rompiendo el silencio con esa voz pausada y profunda que no escuchaba desde hacía media década.

Solté una risa amarga y me acerqué a ella, manteniendo una distancia prudente.

—Y tú sigues teniendo la mala costumbre de aparecer donde nadie te ha invitado.

—Qué manera tan encantadora de saludar a una vieja amiga —replicó ella, dándole un sorbo a su copa sin inmutarse lo más mínimo.

—No juegues conmigo, Ginevra. ¿Qué demonios haces en Nueva York? Y sobre todo, ¿qué haces en esta gala?




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