POV: Charlotte Whitmore
A Olivia Davis-Harrington no se le podía mentir.
No necesitabas decirle que estabas a punto de derrumbarte; a ella le bastaba con ver cómo sostenías la copa de vino o cómo respirabas para saber que tu mundo se estaba cayendo a pedazos. Y por esa exacta razón, había hecho hasta lo imposible por evitar esta cena.
Pero el tiempo se me había acabado.
Olivia y James habían regresado de su luna de miel. La invitación al penthouse de Tribeca era para nosotros cuatro. Sin inversionistas, sin el Proyecto Atlas, sin escudos corporativos. Solo amigos. Acepté porque la cobardía me convenció de que una noche normal me ayudaría a ignorar el rastro de perfume a jazmín que seguía persiguiéndome desde que abracé a William en nuestro sofá.
Cuando las puertas del ascensor privado se abrieron en el penthouse, el contraste me golpeó como una bofetada.
Ahí estaban James y Olivia. James le murmuraba algo al oído mientras servía vino tinto, y Liv echaba la cabeza hacia atrás, riendo con una naturalidad deslumbrante. Eran la imagen perfecta de una pareja que no tenía que esforzarse para encajar. Radiantes. Dolorosamente reales.
—¡Lottie! —gritó Olivia, dejando su copa para correr a abrazarme con fuerza—. Dios mío, te extrañé muchísimo.
—Fueron solo cuatro semanas, Liv —respondí, obligando a mis músculos faciales a formar una sonrisa que se sintió de plástico.
—Cuatro semanas son una eternidad cuando estás atrapada en playas paradisíacas con este hombre —bromeó ella, señalando a James.
—Qué sacrificio tan terrible. Mi más sentido pésame —intervino William.
Su tono fue ligero, bromista. Perfecto. William colocó una mano en la base de mi espalda baja mientras saludaba a James. Fue un gesto protector, pero mi cuerpo entero se tensó un segundo. Fue instintivo.
Y Liv, por supuesto, vio ese segundo.
La primera hora transcurrió sobre aguas tranquilas. James nos contaba historias sobre Indonesia, Olivia mostraba fotos, y William y yo jugábamos a ser la perfecta.
Pero era una obra de teatro agotadora.
La dinámica entre una pareja que está bien, fluye sin pausas. Las miradas se cruzan. Las manos se buscan por inercia. Nosotros, en cambio, parecíamos dos diplomáticos negociando un tratado de paz en terreno hostil. William me servía más vino con demasiada prisa. Yo me reía de sus comentarios antes de que terminara la frase. Éramos un exceso de amabilidad para cubrir el abismo que se había abierto entre nosotros.
El primer quiebre ocurrió justo antes del plato principal.
El teléfono de William, apoyado sobre el mantel, vibró de forma sorda. No hubo sonido, solo un zumbido. Pero la reacción de William fue inmediata: la línea de su mandíbula se tensó hasta parecer tallada en piedra, sus ojos bajaron a la pantalla iluminada, y con un movimiento rápido y rígido, le dio la vuelta al aparato.
Nadie dijo nada. James siguió hablando de un templo en Bali.
Yo tomé un trago largo de mi copa, fingiendo que la etiqueta de la botella de vino era lo más fascinante del mundo. Pero a través del cristal, crucé la mirada con Olivia. Ella no estaba mirando el teléfono de William. Me estaba mirando a mí. Estaba viendo cómo yo fingía no haber visto nada.
Poco después del postre, la tensión ya nos estaba asfixiando.
—Voy por algo más fuerte que el vino para terminar la noche —anunció James, estirándose en su silla.
William, que llevaba diez minutos doblando y desdoblando la misma esquina de su servilleta, lo miró. —¿Whisky?
—¿Desde cuándo pides tú permiso para el whisky? —James rio, dándole una palmada en el hombro—. Ven conmigo. La terraza de arriba está libre y hay buen viento.
William se puso de pie. Antes de seguir a James, sus ojos buscaron los míos a través de la mesa. Y lo que vi me heló la sangre.
No era amor. No era complicidad. Era miedo. Me miraba con el terror absoluto de un hombre que sabe que, si me deja a solas con Olivia durante cinco minutos, el castillo de mentiras que habíamos levantado iba a desplomarse.
Desapareció tras la puerta de cristal, dejándome a solas con mi mejor amiga.
El silencio cayó sobre el comedor como una losa de concreto.
Conté hasta cinco en mi cabeza, intentando controlar el pulso que me martillaba en las sienes.
—Voy por agua a la cocina —dije de golpe, levantándome sin mirarla.
—Claro, adelante —respondió Liv.
Demasiado tranquila. Demasiado amable.
Caminé rápido hacia la cocina inmensa de mármol blanco, sintiendo que me faltaba el oxígeno. Abrí la puerta del refrigerador y dejé que el aire helado me golpeara el rostro. Necesitaba calmarme. Un par de horas más y podría volver a casa. Solo un poco más.
Pero al cerrar la puerta con un golpe seco, la vi.
Liv estaba recargada contra la isla central. Tenía los brazos cruzados y esa mirada implacable y afilada que te desnudaba el alma.
—No me jodas, Charlotte —disparó, sin rodeos—. Dime ahora mismo qué demonios está pasando.