POV: Charlotte Whitmore
Tener un espacio lejos del caos se había vuelto una necesidad, y William tomó la iniciativa por mí.
Las últimas tres semanas habían sido un torbellino desgastante. Entre la reestructuración de Whitmore Holdings, las miradas juzgadoras del consejo de administración, las reuniones para el Proyecto Atlas y la presión aplastante sobre mis hombros, apenas me quedaba tiempo para respirar. Y por si eso no fuera suficiente, estaba la sombra constante de Nathaniel Sinclair acechando cada uno de mis pasos profesionales.
Por eso, cuando William sugirió que me mudara a su nuevo departamento, acepté llegar a un acuerdo intermedio: dividiría mi tiempo. Pasaría la mitad de la semana en la casa de mi padre y el resto de los días con él. William aceptó de inmediato, sin presionarme para empacar mi vida entera en cajas. Yo necesitaba exactamente eso: una transición. Un refugio alejado del ruido, de las preguntas y del pasado, pero sin cortar mis raíces de golpe.
Su penthouse ocupaba los dos últimos pisos de una torre exclusiva con vista al río Hudson. Paredes de mármol blanco, muebles de madera oscura, ventanales inmensos que dejaban entrar la luz de Manhattan y, sobre todo, una paz que no había experimentado en años. William había logrado construir para mí un oasis en medio de la tormenta, aunque yo todavía me aferrara a mantener un pie en mi antigua vida.
Frente al espejo de cuerpo entero del vestidor, me tomé un minuto para observarme.
El vestido rojo que llevaba puesto era una obra de arte. El corsé ajustado resaltaba mi cintura con firmeza, mientras que la falda de capas finas caía con elegancia hasta el suelo, abriéndose suavemente con cada movimiento. El cabello lo llevaba peinado en ondas marcadas sobre los hombros y el maquillaje, con labios oscuros y mirada felina, completaba la imagen.
Era la armadura perfecta. La imagen de la futura presidenta de Whitmore Holdings: una mujer calculadora, fuerte e inquebrantable.
O al menos eso era lo que necesitaba que el mundo creyera.
—Si sigues mirándote de esa manera, voy a pensar que te enamoraste de tu propio reflejo y que no vamos a llegar nunca a la gala.
Sonreí a través del espejo.
William apareció a mis espaldas. Vestía un esmoquin negro hecho a medida que acentuaba su figura atlética, el cabello perfectamente peinado y esa postura imponente que lo caracterizaba. Tenía la elegancia natural de los hombres criados en la alta sociedad británica, pero en sus ojos siempre había un brillo cálido cuando me miraba.
—¿Eso fue un cumplido o un reclamo por el tiempo? —pregunté, girándome hacia él.
—Un cumplido absoluto —respondió, rodeando mi cintura con los brazos y pegándome a su pecho con delicadeza—. Estás dolorosamente espectacular, Charlotte.
Apoyé las manos sobre su solapa, sintiendo el latido firme de su corazón.
—Tú tampoco te ves nada mal, abogado Ashford.
—Lo sé —dijo con una sonrisa engreída—. Hago lo que puedo para estar a tu altura.
Solté una risa suave y me empiné para besarlo en los labios. Fue un beso dulce, pausado, de esos que logran calmar mis nervios y hacerme sentir a salvo. Durante unos segundos, apoyada contra su cuerpo, creí de verdad que todo estaría bien. Que el pasado no podía tocarme mientras estuviera a su lado.
Pero la seguridad duró exactamente hasta que cruzamos las puertas del Museo Metropolitano de Arte.
La gala benéfica del Met era el evento más ostentoso del año. Decenas de fotógrafos se agolpaban en la entrada lanzando flashes cegadores, mientras empresarios, políticos, celebridades y miembros de la alta sociedad desfilaban por la alfombra roja.
Sonreí de forma automática para las cámaras, entrelacé mi brazo con el de William y saludé a un par de directivos conocidos con la cortesía ensayada de siempre. Todo transcurría bajo control, hasta que pusimos un pie en el Gran Salón principal.
Y entonces mis ojos lo encontraron.
Nathaniel Sinclair.
Mi corazón dio un vuelco violento dentro del pecho. Un golpe seco, absurdo y traicionero que me dio rabia experimentar.
Nathaniel estaba de pie cerca de una de las columnas de mármol, sosteniendo una copa de champán. Lucía impecable en un esmoquin oscuro, con esa presencia dominante y helada que solía paralizar habitaciones enteras. Pero lo que me hizo frenar el paso no fue verlo a él.
Fue ver a la mujer que estaba a su lado.
Era una visión impresionante. De cabello oscuro en ondas profundas, piel dorada y un vestido vino tinto que se pegaba a sus curvas con una audacia provocadora. Reía con soltura, hablándole a Nathaniel muy cerca, inclinándose hacia él con una familiaridad que me provocó un nudo helado en el estómago.
Me quedé congelada un segundo más de lo debido.
No quería mirar. Me juré a mí misma que me daba igual. Nathaniel era un hombre libre. Podía hablar, coquetear, acostarse o casarse con quien se le diera la gana. Él y yo no éramos nada. Solo socios comerciales obligados a entenderse por un proyecto de negocios.
Pero la punzada de amargura que me atravesó las entrañas fue real. Y odié con todas mis fuerzas seguir sintiendo ese ardor estúpido en la sangre.