Cuando Dejé de Buscarte

4 - La sombra en los escalones

POV: Nathaniel Sinclair

Un día antes, en la intimidad refinada del restaurante privado, el ambiente había sido exactamente el que su familia llevaba años diseñando para él.

Por fin, hijo. Ya era hora de que asentaras cabeza y le dieras estabilidad a este apellido —había dicho su padre, alzando la copa de vino con una sonrisa de satisfacción absoluta, la misma que su madre secundaba con un orgullo casi solemne al contemplar al "heredero" oficializando su futuro.

Nathaniel había asentido, bebiendo en silencio mientras su mente, analítica y fría hasta el cansancio, diseccionaba cada palabra, cada expectativa y cada cadena invisible que lo ataba a su linaje. Había sopesado las ventajas, la impecable posición social de Evelyn Vance, la lógica aplastante de un matrimonio conveniente. Todo encajaba sobre el papel. ¿Por qué, entonces, la sensación de estar firmando una sentencia de conformidad no se le quitaba de encima?

Ese eco de análisis racional lo seguía persiguiendo cuando el sonido de las campanas de la iglesia vibró en el aire, mezclándose con las risas estridentes y los estallidos de los cañones de pétalos blancos que llovían sobre sus cabezas.

Nathaniel forzó la sonrisa más impecable que tenía reservada para la alta sociedad. Tenía el brazo de Evelyn entrelazado con el suyo, sintiendo la textura de la seda y el perfume a gardenias que ella desprendía. Era la postal de una vida trazada con precisión milimétrica. Los aplausos estallaron a su alrededor; familiares, socios y conocidos se amontonaban en las escalinatas de piedra para desearles prosperidad, repitiendo el mismo guión de aprobación que sus padres le habían dictado en el almuerzo.

¡Felicidades, Nathaniel! Es una novia preciosa —gritó alguien desde la tercera fila.

Gracias. Muchas gracias a todos —respondió él con voz firme, inclinando ligeramente la cabeza.

Giró el rostro para mirar a Evelyn. Ella brillaba, radiante y triunfante, con una felicidad tan genuina que por un segundo hizo que Nathaniel se cuestionara si acaso él no sentía lo mismo. Tenía que sentirlo. Había cumplido con su deber. Había ganado.

Y entonces, en medio del bullicio, el mundo pareció desacelerarse.

Un movimiento sutil al borde de la multitud, justo al pie de los escalones más alejados, capturó su atención periférica.

Sus ojos se desviaron por puro instinto.

Ahí estaba. A lo lejos, casi tragada por la penumbra que proyectaban las columnas de mármol, Lottie permanecía de pie. Llevaba un abrigo oscuro, desentonando por completo con la algarabía pastel de la boda.

Estaba inmóvil, rígida, con el rostro pálido y los ojos clavados en él con una fijeza insoportable.

Un vuelco violento y traicionero le sacudió las entrañas, destrozando en mil pedazos el frío análisis con el que había justificado su vida esa misma tarde. La respiración se le quedó atascada en la garganta, transformándose en una sensación fría y cortante de incomodidad y lástima.

Por un instante, el ruido de los invitados y las felicitaciones de sus padres resonando en su memoria se desvanecieron, reemplazados por un eco sordo. Nathaniel vio en esos ojos verdes el reflejo exacto de un pasado que intentaba sepultar: la imagen de Lottie llorando bajo la nevada, quebrada, atrapada en un bucle de dolor del que él era el único culpable.

Sintió náuseas, una culpa amarga mezclada con el terror sordo de saber que, aunque su familia celebrara al heredero que por fin había sentado cabeza, su alma seguía fracturada en otro sitio.

¿Te pasa algo, mi amor? Estás pálido —la voz dulce de Evelyn lo sacó de golpe del abismo, rozando su mejilla con su mano.

Nathaniel parpadeó, con el corazón galopándole en las costillas. Volvió la vista hacia donde había estado Lottie, pero el espacio ya estaba vacío. Solo quedaba la multitud difusa.

Apretó la mandíbula y forzó una sonrisa hacia su esposa, estrechándola contra su costado con una firmeza casi desesperada. Se prometió a sí mismo, con la fuerza de un juramento mudo, que Evelyn sería su único enfoque, su presente y su absoluto destino, silenciando de tajo cualquier duda.

Pero mientras el calor de la fiesta lo envolvía de nuevo, supo que la imagen de Lottie se le había clavado en la memoria como una espina invisible, imposible de arrancar jamás.

Mientras los fotógrafos pedían otra sonrisa y los invitados brindaban por el futuro matrimonio Sinclair, Nathaniel descubrió algo aterrador.

Había pasado toda la tarde intentando convencerse de que estaba ganando.

Y por primera vez no estaba seguro de cuál había sido exactamente el premio.




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