POV: Charlotte Whitmore
Hay personas que tienen el poder de destruirte con una sola mentira. Te rompen, te traicionan, y con el tiempo, el dolor se transforma en rabia. Y la rabia, al final, te ayuda a seguir adelante.
Pero existen otras personas mucho más peligrosas.
Las que te destruyen diciendo la absoluta verdad.
La lluvia golpeaba los inmensos ventanales de Whitmore Holdings con una persistencia casi hipnótica. Era viernes por la noche y la oficina estaba desierta. La mayoría de los empleados se había marchado hacía más de una hora, huyendo del clima y buscando refugio en sus rutinas de fin de semana.
Yo, en cambio, seguía sentada en el sillón de piel de mi oficina, con las luces apagadas.
Las luces de Manhattan brillaban al otro lado del cristal, distorsionadas por las gotas de agua que resbalaban sin descanso. Frente a mí, en la pantalla de la computadora, brillaban los informes actualizados del Proyecto Atlas. Llevaba revisándolos por quinta vez, pero no estaba trabajando realmente. Las letras no formaban palabras; los números no tenían sentido.
Solo intentaba, con una desesperación patética, mantener mi mente ocupada.
Porque sabía perfectamente lo que pasaría si me quedaba quieta. Si el silencio ganaba la batalla, mi mente volvería al mismo lugar de siempre.
Pensaría en Nathaniel.
Pensaría en su confesión frente a la maqueta. Pensaría en la forma en que me había mirado, en la forma en que el mundo entero parecía desaparecer cuando estaba cerca. Y eso se estaba convirtiendo en un problema enorme. Un problema que ya no podía controlar.
De pronto, mi teléfono vibró sobre el escritorio de cristal. El sonido fue como un disparo en medio del silencio.
Levanté la vista. La pantalla iluminó la oscuridad de la habitación.
Un mensaje.
Nathaniel Sinclair.
Mi corazón reaccionó fracciones de segundo antes que mi cerebro, latiendo con una fuerza que me dejó sin aire. Con la mano temblando ligeramente, tomé el aparato y abrí la notificación.
"Estoy abajo".
Nada más.
Ni saludos formales. Ni excusas de trabajo. Ni explicaciones sobre por qué estaba en mi edificio a las siete y media de la noche bajo una tormenta. Ni siquiera una pregunta para saber si yo seguía ahí.
Solo eso. Dos palabras. Estoy abajo.
Cerré los ojos con fuerza, dejando caer la cabeza contra el respaldo del sillón.
Maldita sea.
Diez minutos después, tras un viaje en ascensor que se sintió eterno, las puertas se abrieron en el nivel principal del estacionamiento privado del edificio, que conectaba con la entrada de la calle.
La lluvia caía con una furia implacable, creando un ruido sordo que lo envolvía todo.
Caminé hacia las puertas de cristal, y entonces lo vi.
Nathaniel estaba de pie, junto a la puerta de su automóvil. No estaba dentro resguardándose. Estaba afuera, a merced del viento frío y el agua.
No llevaba paraguas. No había rastro de sus escoltas habituales. Su chofer no estaba por ningún lado. Su abrigo estaba oscuro por la humedad y su cabello, siempre perfecto, caía desordenado sobre su frente. Estaba completamente despojado de esa armadura invisible, fría y calculadora que parecía acompañarlo siempre.
Era solo él. A ras de suelo.
Y algo en esa imagen me inquietó profundamente, enviando un escalofrío por mi columna. Porque no lucía imponente. Lucía cansado. Terriblemente cansado y vulnerable.
Empujé la puerta y caminé hasta quedar bajo la pequeña estructura de cristal que protegía la entrada del edificio, a solo unos metros de él.
—¿Qué haces aquí, Nathaniel? —pregunté. Mi voz sonó más frágil de lo que hubiera querido, casi ahogada por el ruido de la tormenta.
Él levantó el rostro lentamente. Tardó unos segundos en responder, como si estuviera midiendo el peso de sus propias palabras.
—Necesitaba verte.
Sentí una presión incómoda en el centro del pecho, como si una mano invisible me estuviera apretando los pulmones.
—No es una buena idea —respondí de inmediato, abrazándome a mí misma para combatir el frío.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué viniste?
Sus ojos grises, oscurecidos por la falta de luz y cargados de una intensidad que quemaba, se encontraron con los míos.
Y por primera vez en mucho tiempo, al mirarlo, no vi al CEO despiadado. No vi al hombre que dominaba salas de juntas con solo levantar una ceja. No vi al heredero multimillonario ni al socio estratégico.
Solo vi a Nathaniel. Simplemente al hombre del que me había enamorado años atrás.
—Porque estoy cansado de perder tiempo fingiendo que puedo estar lejos de ti —dijo.
Dio unos pasos hacia adelante, buscando refugio bajo la misma estructura de cristal que yo. El sonido de la lluvia golpeando el techo transparente sobre nuestras cabezas se volvió ensordecedor. Por un instante larguísimo, ninguno de los dos habló. El aire entre nosotros estaba tan cargado de tensión que sentía que podía cortarlo con las manos.