POV: William Ashford
Las personas creen que el amor se acaba de golpe.
Creen que un día te despiertas, miras a la persona que tienes al lado y simplemente dejas de sentir. Que basta con cerrar una puerta, dar media vuelta y avanzar para que el pasado quede enterrado para siempre.
Es una mentira piadosa. Una historia que nos contamos para poder dormir por las noches.
La mayoría de las veces el amor no desaparece. Solo cambia de forma. Se transforma en un recuerdo punzante, en una cicatriz que vuelve a doler cuando cambia el clima, en una sombra silenciosa que camina a tus espaldas. Y las sombras tienen la desagradable costumbre de reaparecer exactamente cuando menos las necesitas.
Llevaba cinco días intentando convencerme de que estaba perfectamente.
Cinco días repitiéndome, como si fuera un mantra, que la aparición de Ginevra Bellini en Nueva York no significaba absolutamente nada. Cinco días diciéndome a mí mismo que mi vida entera estaba aquí. Con Charlotte. En Manhattan. En nuestro penthouse con vistas a la ciudad. En el futuro brillante y limpio que habíamos construido con tanto cuidado.
Mi lugar ya no estaba en Londres. No estaba en el pasado. No estaba en una historia que debió haber quedado sepultada hace cinco años.
Y sin embargo… seguía pensando en ella.
Maldita sea.
Seguía escuchando el eco de su voz. Seguía recordando con aterradora claridad la forma en que me miró en aquel jardín durante la gala del Met. Seguía viendo el dolor que intentó esconder detrás de esa sonrisa elegante y sarcástica.
Porque en el amor hay algo infinitamente peor que el odio: la indiferencia. Si Ginevra me hubiera mirado con asco o con desprecio, habría sido fácil. Habría sido un capítulo cerrado. Pero ella no era indiferente. Todavía guardaba fuego bajo el hielo.
Y eso era precisamente lo que me estaba destruyendo por dentro.
Por eso decidí hacer algo desesperado. Algo impulsivo. Algo que cualquier hombre culpable hace cuando siente que el piso debajo de sus pies se está volviendo inestable: intentar compensarlo.
Aquella misma noche reservé la mesa más exclusiva en uno de los restaurantes más caros de Manhattan.
Un lugar privado en un piso alto, rodeado de ventanales que daban directamente al río Hudson. Velas de cera perfumada encendidas en la mesa, un chef preparando platillos en privado para nosotros dos y un violinista en una esquina tocando notas suaves.
Todo perfectamente organizado. Todo ridículamente costoso. Todo absolutamente innecesario.
Charlotte llegó cerca de las ocho de la noche.
Vestía un vestido azul oscuro que se ajustaba a su figura con una elegancia impecable, resaltando la palidez de su piel y el tono claro de sus ojos. Se veía hermosa. Tan perfecta que dolía mirarla.
Cuando me vio de pie junto a la mesa, esperándola con un ramo de flores y una sonrisa ensayada, sus labios dibujaron una curva sincera.
En ese preciso segundo, sentí una punzada de culpa tan brutal en el pecho que tuve que apartar la mirada para que no notara el temblor en mis ojos.
Porque Charlotte no estaba haciendo nada malo. Ella no me estaba ocultando secretos. No estaba jugando con fuego. No estaba pensando en nadie más cuando me miraba a los ojos. Ella me entregaba su verdad de forma transparente, confiando plenamente en el hombre con el que había decidido pasar el resto de su vida.
La única persona defectuosa en esa mesa era yo.
—¿A qué se debe todo esto, William? —preguntó divertida mientras me acercaba a sujetarle la silla para que tomara asiento.
—¿Acaso necesito una razón especial para invitar a cenar a la mujer más increíble de Nueva York? —respondí, intentando que mi voz sonara ligera y enamorada.
—Normalmente sí —sonrió ella, acomodándose la servilleta en el regazo—. O estás planeando pedirme algo imposible, o cometiste un error grave.
Mi corazón dio un vuelco violento. Traté de mantener la sonrisa en el rostro, aunque sentí que los músculos de la cara se me congelaban.
—Ninguna de las dos cosas —mentí, rodeando la mesa para sentarme frente a ella—. Solo quería pasar una noche tranquila contigo. Lejos del trabajo, lejos de las presiones de la empresa. Solos tú y yo.
Charlotte me miró a los ojos. Fue una mirada larga, profunda, analítica. Como si estuviera intentando atravesar la barrera de mi sonrisa para ver qué había realmente detrás.
Durante la cena hablamos de muchas cosas. Hablamos de los avances del Proyecto Atlas, de las tensiones internas en Whitmore Holdings, de los movimientos de la junta directiva y de la salud de su padre. Hablamos del mundo entero... excepto de aquello que realmente estaba entre los dos como un fantasma.
Ginevra.
Y yo sabía que Charlotte no lo había olvidado. Lo notaba en la forma en que me observaba detenidamente cada vez que creía que yo no la estaba viendo. Lo notaba en los pequeños silencios que quedaban suspendidos después de cada brindis. Estaba esperando una explicación. Quería creerme. Estaba intentando aferrarse a la confianza que siempre nos había unido, buscando desesperadamente recuperar la solidez de una relación que comenzaba a agrietarse.