POV: Charlotte Whitmore
Desperté con el sonido distante del tráfico de la ciudad y el calor de un brazo rodeándome la cintura con firmeza.
Durante unos segundos permanecí inmóvil, con los ojos cerrados, suspendida en esa división entre el sueño y la realidad. No tenía prisa. No había reuniones que atender en ese preciso instante, ni documentos urgentes, ni decisiones empresariales esperando al otro lado de la puerta.
Solo existía una tranquilidad poco habitual. Y un peso nuevo, frío y extraño en el dedo anular de mi mano izquierda.
Entonces sentí que algo rozaba mi mejilla.
—Buenos días, prometida.
Sonreí antes de abrir los ojos.
William estaba recostado sobre un codo, observándome con una expresión que pocas veces le había visto. Su cabello rubio estaba despeinado, tenía una ligera sombra de cansancio bajo los ojos, pero llevaba una sonrisa tan genuina que, por un instante, me pregunté cómo había conseguido pasar tanto tiempo de mi vida sin darme cuenta de lo afortunada que era al tenerlo.
—¿Prometida? —repetí, fingiendo desconcierto—. ¿Quién te ha dicho semejante mentira?
Él soltó una carcajada baja, ronca por el sueño.
—Una mujer preciosa que anoche aceptó casarse conmigo.
—Qué imprudente de su parte.
—Terriblemente imprudente. Creo que debería pedirle que lo reconsidere antes de que sea tarde.
—Ni se te ocurra.
Lo atraje hacia mí por el cuello de la camiseta y lo besé.
William sonrió contra mis labios antes de rodearme con los brazos, estrechándome con una ternura que me obligó a cerrar los ojos. Había algo profundamente reconfortante en su manera de quererme. Nunca tenía que preguntarme si estaba dispuesto a escucharme, si recordaría algún detalle insignificante que yo hubiera mencionado semanas atrás, o si aparecería cuando el mundo se pusiera difícil.
William estaba presente. Siempre.
Y después de tantos años persiguiendo a un fantasma, después de haberme desgastado en una historia que parecía condenada a lastimarme, aquella presencia constante se sentía como llegar a casa después de haber caminado descalza bajo una tormenta.
Cuando nos separamos, él me acarició la mejilla con el pulgar. Su sonrisa se desvaneció un poco.
—¿Te arrepientes?
La pregunta me tomó completamente desprevenida. Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿De qué?
—De haber dicho que sí.
Lo observé en silencio. Por primera vez desde que había despertado, percibí algo oscuro debajo de su expresión tranquila. Una inquietud, un miedo que intentaba esconder detrás de su tono casual, como si preguntar aquello en voz baja pudiera protegerlo de una respuesta que le aterraba escuchar.
Le tomé la mano con firmeza.
—No, William.
Quise que mi respuesta sonara absoluta. Que no dejara ni una sola grieta por donde pudiera colarse la duda.
—No me arrepiento de nada.
Él me sostuvo la mirada durante unos segundos larguísimos, buscando la verdad en mis pupilas, antes de soltar el aire y besarme la frente.
—Bien. Porque ya estaba pensando en secuestrarte, meterte en un avión a Las Vegas y casarnos hoy mismo antes de que cambiaras de opinión.
Solté una carcajada, sintiendo que la tensión abandonaba la cama.
—¿Eso es una propuesta romántica o una amenaza?
—Conmigo nunca se sabe. Soy abogado, Lottie, siempre tengo un plan de respaldo.
Volvió a besarme y después se levantó para buscar su teléfono, que había empezado a vibrar de forma insistente sobre la mesita de noche. Lo observé mientras leía la pantalla. Su expresión cambió ligeramente, poniéndose en "modo trabajo", aunque enseguida recuperó la sonrisa al mirarme.
—Tengo que salir en una hora —me dijo, pasándose una mano por el cabello—. Una llamada de emergencia con los socios de Londres. No puedo posponerla.
—¿Problemas graves?
—Nada que no pueda resolver antes del almuerzo.
Se acercó al borde de la cama, me dio un último beso rápido y recogió su reloj de la mesa.
—Nos vemos esta noche, ¿de acuerdo? Quiero que cenemos juntos para celebrar. Sin teléfonos, sin reuniones de la constructora, y sin que tu padre intente convertir nuestra boda en un evento de relaciones públicas.
—No prometo nada. Sabes que mi padre sería capaz de discutir el presupuesto de las flores con tal de sacar un buen trato.
—Entonces tendremos que esconderle las facturas.
Lo acompañé con la mirada mientras abandonaba el dormitorio para ir a la ducha. La puerta se cerró suavemente detrás de él.
Y el silencio regresó.
Fue entonces cuando levanté mi mano izquierda.
El diamante capturó la luz pálida de la mañana, lanzando destellos blancos contra el techo de la habitación. Durante unos segundos me limité a observarlo, girando lentamente la muñeca. Era hermoso. Elegante, imponente y lo suficientemente llamativo como para que cualquier persona en la ciudad que lo viera comprendiera inmediatamente lo que significaba.