POV: Charlotte Whitmore
La primera grieta nunca hace ruido.
No viene acompañada por una discusión a gritos, ni por platos rotos contra el suelo, ni por lágrimas desesperadas en mitad de la noche. Por eso es tan peligrosamente letal. Porque aparece en absoluto silencio, como una fisura invisible en una pared de cristal que todos creen indestructible. Y para cuando te das cuenta de que el cristal está a punto de colapsar, ya es demasiado tarde para evitar la caída.
Abrí los ojos muy despacio.
Durante varios minutos me quedé quieta bajo las sábanas de seda, con la mirada perdida en el techo del dormitorio principal. La luz fría y pálida de la mañana en Manhattan se filtraba limpiamente a través de los ventanales que iban del piso al techo. La ciudad ya estaba despierta, rugiendo con el tráfico habitual a lo lejos, pero dentro del penthouse el silencio era casi asfixiante.
Me sentía agotada. Tenía los párpados pesados y una presión sorda en el pecho, como si hubiera pasado toda la noche corriendo una maratón a ciegas.
Estiré la mano instintivamente hacia el otro lado de la cama.
Frío. La sábana estaba lisa, sin el calor de nadie.
William ya se había levantado. No era algo fuera de lo común; él siempre despertaba antes que yo para revisar correos de Londres, leer los informes de prensa o preparar su rutina. Lo que me oprimía en la garganta era la extraña sensación que me había acompañado durante el trayecto de regreso de la gala del Met y que se había instalado en mi estómago durante toda la madrugada.
Un mal presentimiento. Una sombra incómoda que no lograba sacudirme de la piel.
Me incorporé despacio, pasándome las manos por la cara. Y entonces, como un golpe seco en la memoria, los recuerdos de la noche anterior regresaron en tropel.
Ginevra Bellini.
El jardín privado del museo. La penumbra bajo los árboles. La postura rígida y a la defensiva de William. La risa falsa de esa mujer de labios oscuros. Y, sobre todo, la mirada de William cuando los descubrí juntos: la mirada de un hombre al que acaban de atrapar con las manos en la masa.
Luego vinieron sus explicaciones. Sus palabras suaves, su tono ensayado, su esfuerzo desesperado por minimizarlo todo diciendo que solo era "una abogada con la que coincidió en algunos casos en Londres".
Me había mentido.
No sabía exactamente la magnitud de la mentira ni qué demonios ocultaba de su pasado, pero mi intuición, esa que raramente fallaba, me estaba gritando que William Ashford me estaba escondiendo la verdad.
Y lo que más me aterraba no era el secreto en sí, sino darme cuenta de que la absoluta confianza que sentía por él se había agrietado en cuestión de segundos.
Encontré a William en la cocina de concepto abierto.
Vestía una camisa blanca impecable, con las mangas enrolladas a la altura de los antebrazos y el reloj de oro brillando bajo las luces halógenas. Estaba de espaldas a mí, sirviendo café recién filtrado en dos tazas de porcelana.
A simple vista, parecía el mismo hombre perfecto de siempre. El novio atento, el abogado brillante, el refugio seguro en el que me había apoyado durante los momentos más oscuros de mi vida. Pero cuando llevas casi un año compartiendo tu vida con alguien, aprendes a descifrar los movimientos de su cuerpo.
Sus hombros estaban demasiado rígidos. La forma en que sostenía la cafetera era excesivamente tensa. Su mente no estaba en esa cocina.
—Buenos días —murmuré desde el marco de la puerta, ajustándome la bata de seda alrededor de la cintura.
William se sobresaltó ligeramente. Fue un movimiento casi imperceptible, pero lo noté. Giró la cabeza e inmediatamente dibujó en su rostro esa sonrisa cálida que solía derretir cualquier duda.
—Buenos días, preciosa —respondió con voz suave.
Dejó la cafetera, caminó hacia mí y me rodeó la cintura con los brazos. Se inclinó para depositar un beso en mi frente, deteniéndose allí un par de segundos extra, como si necesitara aferrarse a mí para convencerse de algo.
Todo parecía perfectamente normal. Acogedor. Parecía la escena de una pareja enamorada en un domingo por la mañana.
Pero se sentía actuado. Demasiado ensayado.
—¿Dormiste bien? —me preguntó, acariciándome la espalda con lentitud.
—A medias. Me me costó conciliar el sueño.
—¿Sigues cansada por lo pesada que estuvo la gala? —inquirió, separándose un poco para mirarme a los ojos.
—Puede ser.
Le mentí con total naturalidad. Y él me miró sabiendo que no era toda la verdad. Nos quedamos en silencio, atrapados en un duelo silencioso de miradas donde ninguno de los dos se atrevía a dar el primer golpe.
William regresó a la barra y me tendió una de las tazas de café. Acepté el recipiente, dejando que el calor de la porcelana me entibiara las manos heladas. Lo observé beber un sorbo, esperando. Buscando un gesto, una arruga en su frente, cualquier pista que me devolviera la tranquilidad.
—¿La conocías desde hace mucho tiempo? —pregunté finalmente, dejando caer la pregunta con una calma fingida.