POV: William Ashford
Hay mentiras que le decimos al mundo, y mentiras que nos decimos a nosotros mismos.
Esa noche, yo estaba desesperado por creerme la mía.
Llegué a la casa de Richard Whitmore a las siete en punto. No a las siete y cinco. No diez para las siete. A las siete exactas. Llevaba el traje azul a la medida que Charlotte adoraba y el reloj que me había regalado por mi cumpleaños. Había reservado la mejor mesa en uno de los restaurantes más exclusivos de Manhattan.
Todo estaba perfectamente calculado. Todo estaba bajo control.
El plan era sencillo: cenar con mi prometida, hablar de la boda y convencer a mi propio cerebro de que yo era el hombre más afortunado de Nueva York. Quería dejar de sentir esa inquietud asfixiante que se había instalado en mi pecho desde que le puse el anillo en el dedo.
Cuando Charlotte bajó las escaleras, casi me olvido de cómo respirar. Llevaba un vestido de seda color champán que se ajustaba a su figura como una segunda piel. Estaba hermosa. Radiante.
—Hola, futuro esposo —me saludó, besándome la mejilla.
La escuché decirlo y me obligué a sonreír. Me obligué a sentir que eso era suficiente.
La llevé al restaurante. Nos acomodaron junto a los inmensos ventanales con vista a la ciudad iluminada. Pedí su vino favorito y apagué mi teléfono, dejándolo boca abajo sobre el mantel blanco. Quería darle toda mi atención. Quería ser el hombre que ella merecía.
Durante la primera media hora, funcionó.
Hablamos de fechas. Charlotte sugirió que nos casáramos en octubre, en un jardín elegante pero íntimo. Habló de la lista de invitados, de las flores blancas que siempre había soñado. La vi sonreír, emocionada, trazando nuestro futuro con las yemas de los dedos sobre la mesa.
Y yo me esforcé. Dios sabe que me esforcé por estar ahí.
—¿Qué opinas, Will? —preguntó ella, tomando su copa de vino—. ¿Te parece bien octubre?
—Me parece perfecto —respondí, acariciando su mano.
Levanté mi copa de vino para acompañarla en un brindis.
Y entonces, por encima de su hombro, la vi.
El movimiento al otro lado del lujoso salón llamó mi atención. Fue solo un destello, una silueta, pero mi cuerpo la reconoció fracciones de segundo antes que mi cerebro.
Ginevra Bellini.
La copa de cristal se quedó congelado a medio camino de mis labios.
Llevaba un vestido negro ceñido que no dejaba nada a la imaginación, el cabello oscuro cayéndole como una cascada sobre un hombro, y esos pendientes largos que yo mismo le había ayudado a quitarse tantas veces en Londres.
Estaba deslumbrante. Pero lo que me cortó la respiración no fue verla. Fue ver con quién estaba.
Sentado frente a ella, sirviéndole vino con una sonrisa seductora y una seguridad que rayaba en la arrogancia, estaba Alessandro Moretti. El CEO de Moretti Holdings. Un multimillonario italiano conocido tanto por sus negocios como por su interminable lista de conquistas.
No sabía que se conocían. No sabía que estaban en la misma ciudad.
—William.
La voz de Charlotte me llegó como desde el fondo del mar.
—¿Sí? —respondí, obligándome a mirarla.
—Te preguntaba si crees que a tu familia le gustará la idea de una ceremonia de tarde.
—Sí... claro. Seguro les encantará.
Mentí. Ni siquiera había escuchado la pregunta. Mis ojos volvieron a traicionarme, desviándose hacia la mesa del fondo.
Ginevra echó la cabeza hacia atrás, soltando una carcajada. Una carcajada genuina, vibrante. Alessandro se inclinó sobre la mesa, acortando la distancia entre ellos, y rozó con sus dedos el dorso de la mano de Ginevra.
Ella no se apartó. No quitó la mano. Al contrario, le sostuvo la mirada con una sonrisa cómplice. Esa sonrisa que, durante tanto maldito tiempo, yo creí que me pertenecía en exclusiva.
Sentí un latigazo de fuego directo en el estómago.
Celos. Puros, irracionales, primitivos y venenosos celos.
La rabia me subió por la garganta, no tenía ningún derecho a sentirlo. Yo acababa de comprometerme. Estaba sentado frente a mi futura esposa. Pero ver a otro hombre tocando a Ginevra, ver a otro hombre haciéndola reír y ocupando mi lugar, me destrozó los nervios.
—William, ¿estás escuchándome? —El tono de Charlotte era un poco más firme.
—Perdóname, Lottie —Dije, frotándome el rostro con frustración—. Ha sido un día largo.
Charlotte me miró con una mezcla de paciencia y decepción.
—Si estás cansado, podemos dejar lo de la boda para otro día.
—No. Quiero hablar de la boda. De verdad.
Lo intenté. Traté de concentrarme en las flores, en la música, en los anillos. Pero entonces Ginevra se puso de pie, tomó su pequeño bolso de diseñador y le susurró algo a Alessandro antes de caminar hacia el pasillo que llevaba a los tocadores. Alessandro la siguió con la mirada, descaradamente, recorriendo cada centímetro de su figura.