POV: Charlotte Whitmore
Eran las siete y diez de la mañana, mi reflejo en el espejo del inmenso vestidor era el de una mujer que había pasado la noche negociando el rescate de una empresa en quiebra. O peor aún, sobreviviendo a una guerra contra sí misma.
Tenía ojeras marcadas y la mirada vacía.
Me lavé el rostro con agua helada y usé mis cosméticos más caros como pintura de guerra. Apliqué base, un corrector potente para borrar las sombras de mis ojos, y un labial rosa suave. Dejé mi cabello cobrizo suelto, cayendo en ondas perfectas sobre mis hombros.
Me puse un traje color marfil, una blusa de seda impecable y unos tacones de aguja que me obligaban a mantener la barbilla en alto. Si mi vida emocional se estaba desmoronando pedazo a pedazo, al menos no iba a permitir que el mundo exterior lo notara.
Me miré de frente.
Una ejecutiva elegante. Una mujer segura de sí misma. Una mujer que estaba a punto de casarse con el hombre perfecto.
Sonreí. Parecía bastante convincente.
El teléfono vibró sobre el tocador.
William: Buenos días, prometida. ¿Dormiste bien?
Contemplé el mensaje y la culpa volvió a clavarme sus garras en el pecho. William no tenía la culpa de que el fantasma de mi pasado hubiera decidido levantarse justo cuando yo creía haberlo enterrado.
Tragué saliva y tecleé una respuesta.
Yo: Buenos días, futuro esposo. Sí, bastante bien. ¿Y tú?
Mentí con una fluidez que me dio asco.
William: Mejor ahora que sé de ti. ¿Tienes tiempo para cenar conmigo esta noche? Quiero que hablemos de la boda. Sin presión, solo tú y yo.
Miré la pantalla y sentí que algo dentro de mí intentaba relajarse. William quería hablar de nuestra boda. De nuestro futuro. De todas las cosas que deberían hacerme volar de felicidad.
Yo: Claro. Me encantaría.
William: Perfecto. Reservaré un lugar tranquilo. Y, Lottie… no olvides que puedes decirme si necesitas tiempo para procesar todo. Sé que han sido días intensos.
Ahí estaba otra vez. Su paciencia infinita. Su consideración inquebrantable. Su capacidad de ofrecerme una red de seguridad sin que yo tuviera que pedirla. Era el hombre de mis sueños.
Y, sin embargo, mientras leía sus palabras, una pregunta venenosa se abrió paso en mi cabeza:
¿Lo estás eligiendo porque estás locamente enamorada de él, o porque sabes que con él jamás volverás a sentir el dolor y el rechazo que sentiste con Nathaniel?
Bloqueé el teléfono antes de que pudiera enloquecer.
No. No iba a arruinar mi mañana. Tenía una reunión para tomar café con Olivia que llevaba semanas aplazando, y le iba a dar la noticia de mi compromiso. Mi mejor amiga merecía enterarse por mí y no por un chisme de la alta sociedad.
El café estaba en una esquina elegante de Manhattan. Las mesas de mármol blanco y los inmensos ventanales dejaban ver el caos ordenado de la ciudad.
Olivia llegó siete minutos tarde, lo cual, para sus estándares, era ser increíblemente puntual. Entró como un huracán: abrigo, lentes oscuras y el cabello suelto en ondas. Se quitó las gafas en cuanto me vio y se dejó caer en la silla frente a mí.
—Quiero que quede por sentado que el tráfico de esta ciudad es un crimen contra la humanidad —dijo a modo de saludo, dejando su bolso sobre la mesa.
—Buenos días para ti también, Liv.
—Si algún día desaparezco misteriosamente, busca mi cuerpo bajo las ruedas de un taxi en la Quinta Avenida.
Solté una risa suave.
—Ahora sí —dijo ella, apoyando los codos sobre la mesa y mirándome fijamente—. ¿Qué es eso tan urgente que tenías que contarme que no podía decirse por teléfono?
Abrí la boca para hablar, pero las palabras se me atascaron. La cerré de nuevo.
Olivia entrecerró los ojos, activando su radar.
—¿Por qué tienes esa cara, Charlotte?
—¿Qué cara?
—La cara de alguien que está a punto de anunciar un fraude fiscal o confesar que quemó un edificio.
—No he quemado nada.
—Qué alivio. Tu padre ya tiene suficiente estrés —bromeó, llamando al mesero para pedir su café.
Llevaba toda la mañana imaginando el discurso perfecto. Iba a hablar de William, de lo maravilloso que había sido, de la cena, de las velas. Pero cuando llegó el momento de la verdad, me di cuenta de que no había forma sutil de hacer esto.
Así que, simplemente, levanté mi mano izquierda y la apoyé sobre la mesa de mármol.
Olivia, que estaba a punto de tomar un sobre de azúcar, se quedó petrificada.
Miró mi mano. Subió la vista hacia mi rostro. Volvió a clavar los ojos en el anillo.
—No.
No pude evitar sonreír ante su estado de shock.
—Olivia…
—No, no, no. Espera. Silencio.