POV: Charlotte Whitmore
La primera semana, pensé que era una coincidencia.
La segunda, comprendí que era una decisión.
Y para la tercera, empecé a considerar seriamente la posibilidad de que Nathaniel Sinclair estuviera intentando demostrarme algo de la forma más dolorosa posible. El problema era que no sabía el qué. Y, por primera vez en años, no tenía el menor derecho a preguntárselo sin revelar que me importaba.
Todo había comenzado de una manera tan discreta que resultaba casi imposible señalar el día o la hora exacta en que todo se fue al demonio.
No hubo una discusión a gritos. No hubo una llamada tensa a medianoche. No hubo un correo que pudiera interpretar como una despedida definitiva, ni una conversación incómoda en la que me recordara el anillo que llevaba en el dedo.
Simplemente... dejó de estar.
No desapareció del proyecto. Nathaniel seguía siendo el CEO de Sinclair Group y seguía participando en las decisiones estratégicas de Proyecto Atlas. Su nombre seguía apareciendo en los reportes que llegaban a mi escritorio cada mañana.
Pero el Nathaniel que yo conocía se había esfumado. Y lo había hecho sin decir adiós.
El lunes de la primera semana, encontré un correo de su asistente confirmando que él no asistiría a nuestra junta directiva en Whitmore Holdings. En su lugar, enviaría al director financiero para presentar los resultados. No le di importancia; era normal delegar.
El martes, durante una videollamada, escuché su voz. Habló durante treinta segundos. Respondió una pregunta técnica, confirmó que su equipo enviaría los documentos por la tarde y se despidió con una cortesía tan profesional que me heló la sangre. No preguntó cómo estaba mi semana. No hizo ningún comentario al margen. Nada.
Y luego llegó la segunda semana.
La próxima junta de avances estaba programada para el jueves a las diez de la mañana en mi edificio. Abrí el correo de confirmación para ver la lista de asistentes. Nathaniel no aparecía. Volví a leer la lista. Su director de operaciones asistiría en su lugar.
Cerré el correo de golpe.
—¿Qué demonios estoy haciendo? —murmuré, pasándome una mano por el rostro.
Mi asistente, Julie, asomó la cabeza por la puerta de mi despacho.
—¿Perdón, señorita Whitmore? ¿Necesita algo?
—Nada, Julie. Estoy hablando sola.
Me levanté, tomé mi maletín y salí hacia la sala de juntas. Tenía demasiado dinero en juego como para perder mi tiempo pensando en él.
Mi teléfono vibró en mi bolsillo. Era William.
William: Buenos días, prometida. ¿Cómo va tu mañana?
Sonreí de verdad al leer el mensaje.
Yo: Muy bien. Llena de juntas, pero todo bajo control. ¿Tú cómo vas?
William: Sobreviviendo a los tribunales. Esta noche te invito a cenar para que me cuentes tu día. Te quiero, Lottie.
Miré esas palabras brillando en la pantalla. William me daba paz. Con él, el mundo era fácil. Y yo quería que las cosas fueran fáciles. Guardé el teléfono y entré a la sala de juntas. Si Nathaniel había decidido convertirse en un fantasma, era su decisión. Yo llevaba un anillo que me recordaba que yo también había tomado la mía.
El jueves, Nathaniel tampoco apareció. Su equipo presentó los resultados con total normalidad.
—Perfecto —dije, cerrando mi carpeta—. Les pido la versión final para el martes a primera hora.
El director financiero asintió.
—Cuenta con ello, Charlotte. El señor Sinclair ya revisó estos puntos ayer en nuestras oficinas y nos pidió asegurarnos de que todo quedara perfecto.
Levanté la mirada, sorprendida.
—¿Nathaniel revisó el documento completo?
—Sí. Estuvo trabajando en esto hasta tarde.
Asentí, forzando una expresión de indiferencia total.
—Bien. Gracias por el esfuerzo.
Me quedé sola recogiendo mis papeles en piloto automático. Nathaniel seguía metido de lleno en el proyecto. No había nada que pudiera reclamarle a nivel profesional. Entonces, ¿por qué me hervía la sangre al saber que había encontrado tiempo para leer cien páginas de un documento financiero, pero no para cruzar la calle y sentarse en la misma sala que yo?
Las semanas siguientes fueron una tortura de ausencias y eficiencia. Y yo empezaba a detestarlo. No a él, sino a la versión robótica e impecable que me estaba entregando. Me trataba como a cualquier otra socia de negocios. Había pasado años rogando por recuperar el control de mi vida; había conseguido exactamente lo que quería. Entonces, ¿por qué sentía que me faltaba el oxígeno?
El estallido ocurrió un martes, a última hora de la tarde, dentro de Whitmore Holdings.
Había sido un día brutal, negociando con inversores. A las siete de la noche, gran parte del edificio ya estaba vacío. Solo quedaban algunos analistas y guardias de seguridad. Apagué las luces de mi oficina, tomé mi bolso y salí al pasillo. Necesitaba llegar a casa.