Cuando Dejé de Buscarte

19 - Terreno peligroso

POV: Charlotte Whitmore

El ascensor de cristal y acero ascendía en silencio hacia el piso cuarenta y dos del edificio principal de Whitmore Holdings. Cada segundo que pasaba, los números digitales cambiaban en la pantalla metálica con la frialdad de un reloj de cuenta regresiva.

Y por primera vez en muchos años, deseé con todas mis fuerzas que el mecanismo fallara. Deseé que los cables se trabaran, que la luz parpadeara y que el elevador se quedara suspendido entre dos pisos para siempre. Cualquier cosa con tal de retrasar el inevitable choque contra la realidad.

Aproveché el aislamiento del trayecto para observar mi reflejo en el espejo del fondo.

Saco negro de corte impecable, pantalón de vestir a medida, el cabello peinado hacia atrás en un recogido firme y sin un solo pelo fuera de lugar. Un maquillaje discreto, elegante, diseñado minuciosamente para ocultar la sombra de insomnio que me había dejado la noche anterior. Miré a la mujer del reflejo y traté de convencerme de que era invencible. No quedaba ni el más mínimo rastro de la chica impulsiva, frágil y deshecha que había abordado un vuelo a Londres tres años atrás con el corazón convertido en cenizas.

Sin embargo, a pesar de la armadura cara y la postura rígida, el nudo helado en la boca de mi estómago seguía intacto, retorciéndose a cada metro que subíamos.

Porque el problema real no era la junta directiva. Ni los balances financieros. Ni siquiera la sombra gigantesca de la responsabilidad corporativa.

El problema era un hombre.

Nathaniel Sinclair.

Apreté los ojos y apoyé por un segundo contra la pared helada del ascensor. Me permití cinco segundos de debilidad para maldecirme en silencio.

Habían pasado tres años. Tres años enteros asistiendo a terapia todas las semanas. Tres años dedicados a juntar mis pedazos, a reconstruir mi autoestima, a aprender a respirar sin sentir un vacío en el pecho y a convencerme de que los amores imposibles no merecen una segunda oportunidad.

Y bastó una sola noche. Una sola boda. Una mirada a través de un salón lleno de gente para que el nombre de Nathaniel volviera a instalarse en mi cabeza como un incendio fuera de control.

—Patético, Charlotte. Eres completamente patética —murmuré para mí misma, enderezando la espalda de golpe justo cuando el pitido suave anunció nuestra llegada.

Las puertas se abrieron de par en par.

El piso ejecutivo se desplegó ante mí en toda su magnitud. Mármol blanco, ventanales de piso a techo con vista a los rascacielos de Manhattan y ese aroma inconfundible a dinero, poder y ambición. Un ambiente elegante, imponente y peligrosamente familiar, pero que al mismo tiempo me resultaba extrañamente ajeno.

—Señorita Whitmore.

—Buenos días, señorita Charlotte.

—Bienvenida de nuevo a Nueva York.

—Qué placer volver a tenerla por aquí.

Las voces y las sonrisas del personal comenzaron a aparecer a medida que avanzaba por el pasillo principal. Algunas personas sonreían con una calidez genuina; otras, en cambio, ejecutaban una mueca ensayada, cargada de una amabilidad plástica y distante.

Yo sabía distinguir la diferencia. Siempre había sabido hacerlo.

La mayoría de los empleados viejos me recordaban. Pero no me recordaban como la mujer capacitada que había pasado los últimos años gestionando alianzas estratégicas en la filial europea. No. En sus mentes, yo seguía siendo la heredera irresponsable que salía en las portadas de las revistas de chismes. La chica privilegiada que parecía estar más interesada en galas benéficas, vestidos de diseñador y fiestas de la alta sociedad que en comprender un estado de pérdidas y ganancias.

Nadie en este edificio conocía a la Charlotte que había regresado de Londres.

Nadie sabía cuántas noches me había quedado llorando en el suelo de mi departamento hasta sofocarme. Nadie sabía el esfuerzo titánico que me había costado volver a ponerme de pie, aprender a respetarme a mí misma y sobrevivir al dolor más devastador de mi vida.

Pero hoy no estaba aquí para pedir compasión. Hoy tendría que demostrarles de qué estaba hecha, aunque tuviera que tragarme el pánico.

Llegué al final del pasillo. Dos guardias abrieron las imponentes puertas de caoba de la sala de juntas principal.

Al entrar, el rumor de las conversaciones se cortó en seco. El silencio cayó sobre el lugar como una guillotina.

Treinta pares de ojos se giraron exactamente al mismo tiempo hacia la puerta, clavándose en mí con la fuerza de un interrogatorio. Sentí cómo la sangre se me congelaba por un instante, pero mantuve la barbilla en alto, la mirada firme y la espalda recta como una tabla.

Al fondo de la enorme mesa ovalada se encontraba Richard Whitmore. Mi padre.

Impecable, vistiendo un traje a medida, emitiendo ese aura de poder absoluto y seguridad aplastante que lo había caracterizado toda su vida. Y por primera vez en muchos años, no sentí miedo de su figura; sentí un profundo agradecimiento de tenerlo como respaldo en esa habitación llena de tiburones.

—Perfecto —dijo la voz grave de mi padre, rompiendo la tensión del ambiente—. Ya estamos completos. Toma asiento, Charlotte.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.