POV: Nathaniel Sinclair
Hay derrotas que no hacen ruido al caer.
No dejan cicatrices visibles en la piel, no ocupan los titulares de los periódicos de la mañana ni hunden el valor de las acciones de una empresa en la bolsa. No provocan reuniones de emergencia en salas de juntas.
Pero te destruyen por dentro de todos modos. Y lo hacen con una precisión aterradora.
Esa noche, bajo las luces frías de Manhattan, entendí que Charlotte Whitmore se había convertido en mi derrota más devastadora.
Llevaba tres días sin responder a uno solo de mis mensajes que no estuviera estrictamente relacionado con el Proyecto Atlas. Tres días de respuestas cortas, de correos redactados con un profesionalismo impecable, de una distancia tan calculada que cortaba como el hielo.
Tres días que sirvieron para recordarme que, por más honesta que hubiera sido mi confesión aquella noche frente a la maqueta, ella seguía perteneciendo a otro hombre.
Y yo había llegado tres años tarde.
Solté el nudo de mi corbata con un tirón brusco mientras atravesaba el inmenso vestíbulo de mármol del hotel Langford. Acababa de salir de una reunión con un grupo de inversionistas europeos; una de esas cenas interminables llenas de sonrisas falsas, promesas vacías y negociaciones hostiles. Mi cerebro estaba agotado, mi paciencia inexistente. Lo único que deseaba en ese momento era un vaso doble de whisky y una hora de absoluto y completo silencio.
Nada más. Solo un rincón oscuro donde pudiera dejar de ser Nathaniel Sinclair por un momento.
El restaurante privado del último piso estaba casi vacío. La iluminación cálida y tenue se reflejaba sobre los enormes ventanales panorámicos, mostrando una ciudad que nunca dormía, pero que desde las alturas parecía pacífica.
Le pedí al mesero una mesa discreta cerca del cristal, en la zona más alejada del salón. Y entonces la vi.
Ginevra Bellini.
Estaba sentada completamente sola en uno de los extremos de la barra de caoba. Llevaba un elegante conjunto negro que gritaba poder, la postura perfecta, y sostenía una copa de vino tinto entre sus dedos con una delicadeza. A simple vista, parecía tranquila. La imagen misma del control italiano.
Pero yo había aprendido a leer entre líneas, y sabía que la tranquilidad de Ginevra era un espejismo. Porque detrás de toda esa armadura de elegancia y frialdad, existía exactamente el mismo caos emocional que yo llevaba arrastrando toda la semana.
Ella también había perdido una batalla. Simplemente fingía mucho mejor que el resto del mundo.
Levantó la vista de su copa y me observó acercarme a través del espejo de la barra. No pareció sorprendida de verme.
—Sinclair —saludó, con la voz suave pero firme.
—Bellini.
Ginevra me examinó de arriba abajo durante un segundo, su mirada afilada escaneando mi postura tensa y el nudo deshecho de mi corbata.
—Tienes cara de que quieres asesinar a alguien y enterrarlo en los cimientos de uno de tus edificios.
Solté un suspiro pesado, recargándome en la barra a su lado.
—Solo a mí mismo, para ser honesto.
Ella soltó una risa seca, un sonido desprovisto de humor.
—Perfecto. Entonces siéntate. Creo que ambos necesitamos el mismo nivel de alcohol esta noche.
Y por alguna razón que no me molesté en analizar, me senté a su lado.
Media hora y un par de tragos después, habíamos agotado cualquier tema de conversación que pudiera considerarse seguro.
El Proyecto Atlas había sido declarado territorio prohibido desde el minuto uno. Las quejas sobre los inversionistas estaban prohibidas. Las fluctuaciones financieras, prohibidas. Las estrategias de las empresas, prohibidas.
Era un pacto tácito. Uno que ambos necesitábamos desesperadamente para sobrevivir a la noche sin perder la cordura.
—¿Sabes qué es lo más divertido de todo este asunto? —preguntó Ginevra, girando lentamente el vino, observando cómo el líquido oscuro manchaba los bordes.
—Ilumíname.
—Que todo el mundo allá afuera cree que somos personas extremadamente frías. Nos ven como máquinas sin corazón.
Le di un sorbo a mi whisky, sintiendo el ardor familiar bajar por mi garganta.
—¿Y no lo somos?
—Claro que sí —respondió de inmediato, sin una pizca de duda.
Eso me arrancó la primera sonrisa genuina de los últimos tres días.
—Touché.
—Pero solo en el trabajo, Nathaniel —añadió, y esta vez su tono cambió. Perdió el borde sarcástico y se volvió peligrosamente real—. Solo en las oficinas somos de acero.
Asentí despacio, mirando las luces de los rascacielos a través de la ventana. Entendía exactamente a qué se refería.
El mundo corporativo estaba lleno de personas como nosotros. Personas capaces de despedir a quinientos empleados sin que les temblara el pulso, y luego pasar una noche entera en vela, aterrorizados porque su hija pequeña tenía fiebre. Personas capaces de cerrar contratos multimillonarios bajo una presión aplastante, y luego derrumbarse por completo en la soledad de su apartamento por alguien que ni siquiera las miraba de la forma correcta.