POV: William Ashford
El silencio que siguió a mi pregunta fue tan breve que cualquier otra persona en el mundo lo habría considerado insignificante.
Un segundo. Quizá dos.
Pero, mientras sostenía aquella pequeña caja de terciopelo entre mis manos y observaba a Charlotte Whitmore arrodillado frente a ella, tuve la certeza absoluta de que el mundo entero había dejado de girar.
Ella no respondió de inmediato.
Sus ojos descendieron hacia el anillo brillante y después regresaron a los míos. Vi cómo sus labios se entreabrían, cómo sus dedos se cerraban ligeramente sobre la tela de su vestido negro y cómo una sombra, apenas perceptible, cruzaba su expresión.
Duda.
Fue solo una fracción de segundo. Una vacilación tan pequeña que cualquiera habría podido confundirla con sorpresa, con los nervios del momento o con el peso natural de una decisión que cambiaría nuestras vidas para siempre.
Pero yo no.
Yo la vi. Y, aunque no supe exactamente qué significaba, sentí que algo pesado y frío se me hundía en el fondo del pecho.
—Charlotte… —murmuré.
No pretendía presionarla. Al menos, eso quise creer. Pero mi voz salió más baja de lo habitual, completamente desprovista de aquella seguridad implacable que me acompañaba en los tribunales, la misma que me había acompañado cuando elegí el anillo y cuando imaginé esta noche.
Había ensayado un discurso. Había imaginado sus lágrimas de alegría, su sonrisa, incluso la posibilidad de que se burlara de mí por ponerme demasiado romántico.
Lo que nunca, bajo ninguna circunstancia, había imaginado era aquel silencio.
Porque yo podía enfrentarme a una sala llena de jurados dispuestos a cuestionar mis argumentos. Podía negociar durante horas con criminales, aceptar un fracaso profesional y empezar de nuevo al día siguiente.
Pero no sabía qué hacer con la posibilidad de que la mujer que amaba necesitara pensarlo dos veces antes de decidir si quería compartir su vida conmigo.
Charlotte volvió a mirar el anillo. Y entonces, por fin, sonrió.
Una sonrisa pequeña, hermosa, que me devolvió el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Sí, William.
No me moví. Durante un instante, el pánico me hizo creer que la había escuchado mal.
—¿Sí? —pregunté, incapaz de ocultar la incredulidad que se había apoderado de mí.
Ella soltó una risa temblorosa. Sus ojos empezaron a brillar, llenándose de lágrimas.
—Sí. Quiero casarme contigo.
Algo dentro de mí cedió por completo. No fue un pensamiento racional ni una emoción que pudiera explicar con palabras lógicas. Fue una descarga de alivio tan inmensa, tan violenta, que tuve que cerrar los ojos durante un segundo para asimilarla y no desmoronarme ahí mismo.
Me levanté de un salto y la atraje hacia mí.
Charlotte me rodeó el cuello con los brazos y escondió el rostro contra mi hombro. La abracé con una fuerza que probablemente habría resultado excesiva, si no hubiera estado tan ocupado intentando convencerme de que aquello estaba sucediendo de verdad.
Había dicho que sí.
Charlotte Whitmore acababa de aceptar casarse conmigo. La mujer que había conseguido abrirse paso entre mis defensas más altas, la que había logrado que yo volviera a ilusionarme con cosas que creía imposibles, me acababa de elegir.
O eso necesitaba creer con desesperación.
—Dios mío… —susurré contra su cabello, soltando una risa incrédula—. No tienes idea de cuánto necesitaba escuchar eso.
Ella se apartó lo suficiente para mirarme.
—Creo que tu cara acaba de delatarte, Will.
—¿Mi cara?
—Pareces un hombre que acaba de ganar la lotería.
—Mucho mejor que eso —Le acaricié la mejilla con el pulgar, sintiendo su piel cálida—. La lotería no podría darme algo que quisiera más que esto.
Charlotte sonrió con ternura y me besó.
Fue un beso dulce, breve al principio, pero cargado de una emoción que hizo que todas las palabras que había preparado desaparecieran de mi cabeza. Cuando nos separamos, apoyé la frente contra la suya.
—Te amo, Charlotte.
Lo dije sin reservas. Sin miedo. Sin la menor intención de esconderme detrás de mi fachada de abogado.
Ella me miró fijamente durante unos segundos. Después, volvió a besarme.
Y yo decidí que aquella respuesta era suficiente. No le pedí que me repitiera las palabras. No le pregunté si estaba completamente segura. No quise detenerme a analizar el silencio que había precedido a su aceptación.
Me aferré a su sonrisa, a sus manos alrededor de mi cuello, al calor de su cuerpo contra el mío. Me aferré a todo lo que podía ver y tocar. Porque, por primera vez en mucho tiempo, tenía algo que me aterraba perder.
—Déjame ponértelo —le pedí.