Cuando Dejé de Buscarte

18 - No me rendiré

POV: William Ashford

Nathaniel Sinclair.

Ese nombre llevaba días dándome vueltas en la cabeza como un eco molesto, pero solo hasta esta noche las piezas terminaron de encajar de forma devastadora.

Ahí estaba. Frente a mí, en la pantalla encendida de mi laptop, la confirmación que me negaba a encontrar. Y de pronto, la memoria me golpeó con la violencia de un impacto a ciegas.

La boda de Olivia y James.

Esa noche calurosa de gala, la música suave de fondo, las copas de cristal... y aquel hombre de pie al fondo del salón, impecable, altivo, sosteniendo su bebida con la mirada fija en un solo punto de la habitación.

En Charlotte.

No la miraba como se mira a una empresaria importante ni como a una simple conocida de la alta sociedad. La miraba como si estuviera contemplando un fantasma, un tesoro perdido o un recuerdo imposible que se negaba a morir.

Y lo peor de todo no fue la mirada de él. Fue la de ella.

Esa milésima de segundo en la que Charlotte creyó que nadie la observaba. Esa pequeña grieta en su compostura impecable, ese destello de vulnerabilidad pura al cruzar los ojos con los de Sinclair.

Sinclair Group.

Whitmore Holdings.

Y durante todo ese tiempo, el verdadero peligro no estaba al otro lado de la ciudad. Estaba sentado frente a mí, jugando al ajedrez con el destino de la mujer que amo.

Un peso pesado, frío y asfixiante se instaló justo en el centro de mi pecho.

No era solo miedo. Sería un mentiroso si dijera que el miedo no me recorría las venas, pero era algo mucho más visceral. Era el terror que siente un hombre cuando comprende que el pasado de la mujer que ama no se ha quedado enterrado... ha vuelto con sed de reclamo.

Porque Nathaniel Sinclair no era un fantasma cualquiera. No era una aventura pasajera ni un mal recuerdo de juventud. Era el hombre que Charlotte jamás había conseguido arrancar del todo de su corazón. El único capaz de desarmarla con solo pronunciar su nombre.

Y eso lo convertía en el rival más peligroso al que me enfrentaría en toda mi vida.

El sonido suave de la puerta abriéndose me sacó de mi trance.

Charlotte emergió del dormitorio.

El vapor cálido del baño aún la rodeaba en un halo tenue. Llevaba un conjunto sexy de pijama de seda que se ajustaba a sus curvas con una elegancia descarada, y su cabello, húmedo y despeinado, le caía sobre los hombros descubiertos.

Hermosa.

Irreal.

Real.

Suya. Al menos... por ahora.

—¿En qué piensas? —preguntó con esa voz suave, un poco rasposa por el cansancio dulce de la noche.

Cerré la laptop de un movimiento fluido y le dediqué una sonrisa.

No cualquier sonrisa. Utilicé la misma expresión serena, perfectamente ensayada, que ponía frente a los jueces y jurados más difíciles de Inglaterra. La máscara impecable que no dejaba traslucir ni un solo miligramo de la tormenta que me estaba destruyendo por dentro.

—En nada importante, Lottie —mentí sin parpadear.

Ella no sospechó nada. Caminó despacio hacia mí, rompiendo la distancia con esa familiaridad deliciosa que habíamos construido paso a paso. Se inclinó, pasó una pierna sobre las mías y se sentó a horcajada sobre mi regazo, rodeando mi cuello con sus brazos tibios. Apoyó la cabeza en el hueco de mi hombro, dejando escapar un largo suspiro de alivio.

Cerré los ojos con fuerza. Inhalé su aroma a jazmín, a piel limpia y a esa tibieza que me volvía loco.

Esto era. Exactamente esto. El calor de su cuerpo contra el mío, la calma de su respiración, la vida que habíamos levantado juntos sobre las ruinas de sus viejos dolores. Esto era lo que estaba dispuesto a proteger.

A cualquier precio. Contra quien fuera.

Tomé su barbilla con delicadeza, obligándola a mirarme. Sus ojos claros me observaron con una dulzura que me atravesó el alma, pero debajo de ese cariño, no pude evitar preguntarme si la sombra de Sinclair no estaba acechando en alguna esquina de su mente.

La besé. No fue un beso ligero; fue un beso profundo, lento, cargado de una posesividad desesperada que no pude ocultar.

—Te amo, Lottie —murmuré contra sus labios, sintiendo el latido de su pulso bajo mis dedos.

Ella sonrió, acariciándome la mejilla con el pulgar.

—Yo también te amo.

Las palabras debieron haberme tranquilizado. Debieron haber ahuyentado mis demonios.

Pero no lo hicieron.

Por primera vez desde que comenzó nuestra historia, una alarma implacable sonó en mi cabeza. Sentí que los cimientos de mi tranquilidad se sacudían. Tenía competencia. Una competencia real, feroz y despiadada.

Abracé a Charlotte con más fuerza, pegándola a mi pecho como si temiera que el aire de la noche se la pudiera llevar. Por encima de su hombro, fijé la vista en el enorme ventanal del apartamento. Las luces doradas y frías de Manhattan se reflejaban sobre el cristal, recortando nuestras siluetas contra la inmensidad de la ciudad.




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