Cuando Dejé de Buscarte

27 - Fuera de control

POV: Charlotte Whitmore

Hay momentos en los que sientes que tu vida entera se sostiene por un hilo diminuto, tan tenso que cualquier brisa suave puede romperlo en pedazos.

La sala de conferencias del piso superior de Whitmore Holdings estaba en un silencio mortal.

Sobre la gran mesa de cristal templado descansaban los planos detallados del Proyecto Atlas, junto a carpetas financieras abiertas y tazas de café olvidadas que ya se habían enfriado. La reunión de seguimiento con el comité directivo y los socios europeos llevaba más de dos horas en marcha, pero la atmósfera se había vuelto irrespirable en cuestión de minutos.

Frente a mí, en el extremo opuesto de la mesa, Arthur Pendelton —uno de los inversionistas británicos más influyentes del consorcio— mantenía los brazos cruzados sobre el pecho, con la mandíbula apretada y una expresión de absoluta negatividad.

—No es un capricho, señorita Whitmore —dijo Pendelton con un tono seco, frío y tajante que no admitía réplicas—. Los nuevos informes de movilidad y rentabilidad de la zona comercial son claros. La ubicación propuesta para los accesos viales principales no solo va a generar un cuello de botella logístico, sino que compromete seriamente los permisos municipales de la fase dos.

—Señor Pendelton, ese diseño fue aprobado por los ingenieros hace un mes —intervine, manteniendo la voz firme, aunque por dentro sentía la presión aplastándome el pecho—. Modificar los accesos en este punto implicaría retrasar el calendario de construcción al menos ocho semanas y elevar el presupuesto inicial en un doce por ciento.

—Entonces ajusten el presupuesto —respondió el británico sin pestañear—. Porque se los diré de la forma más clara posible: no voy a autorizar la liberación de los fondos para la siguiente fase hasta que este problema esté completamente revisado y resuelto.

Un murmullo de preocupación recorrió a los demás ejecutivos presentes en la sala.

Sentí que la sangre se me congelaba. El Proyecto Atlas era la apuesta más grande de mi carrera. Si la fase dos se congelaba ahora, la prensa económica nos destrozaría y las acciones de la empresa sufrirían un golpe devastador.

Traté de reorganizar mis argumentos, buscando frenéticamente una salida legal o una propuesta de contingencia, cuando desvié la mirada hacia la derecha.

Nathaniel estaba sentado a unos metros de mí.

A diferencia del resto de los directivos, que se acomodaban incómodos en sus sillones o garabateaban notas presurosas, Nathaniel permanecía en absoluto silencio. Reclinado ligeramente hacia atrás, sostenía una pluma entre los dedos con una calma casi exasperante. No había pánico en su rostro. Tampoco enojo. Tenía los ojos fijos en los planos, analizando cada cifra con una serenidad calculadora que contrastaba con el caos de la sala.

—Revisaremos el diseño, señor Pendelton —anuncié finalmente, cerrando mi carpeta para mantener el control de la mesa—. Tendrá una propuesta modificada sobre su escritorio antes de que termine la semana.

El británico asintió con frialdad. La junta se dio por terminada y los ejecutivos comenzaron a abandonar la sala a prisa, hablando en voz baja entre ellos.

Necesitaba solucionar esto hoy mismo. Y para hacerlo, no me quedaba más remedio que trabajar directamente con mi socio.

Tres horas después, de regreso en mi oficina, la cabeza me retumbaba de dolor.

Había pasado la tarde revisando los contratos de la zona comercial sin encontrar una sola alternativa viable que no arruinara las finanzas. Suspiré profundamente, tomé el teléfono de mi escritorio y marqué el número directo de Nathaniel.

Él contestó al tercer tono.

—Sinclair —dijo su voz grave al otro lado de la línea.

—Soy yo —respondí, aclarándome la garganta y adoptando una postura puramente ejecutiva—. Necesitamos hablar sobre la objeción de Pendelton. Estuve revisando los planos de los accesos viales y creo que si reestructuramos la entrada norte...

—La entrada norte está limitada por la normativa del distrito —interrumpió él de inmediato, concentrado en el problema—. Si tocamos ese lado, los permisos de construcción tardarán cuatro meses en salir. La única opción real es rediseñar el nivel subterráneo y mover la zona de carga hacia el este.

—Eso alteraría el presupuesto de cimentación —argumenté, hojeando rápidamente el informe que tenía en las manos—. Tendríamos que recortar costos en el área comercial o renegociar con los contratistas.

—Es posible —respondió Nathaniel. Escuché el sonido de hojas de papel moviéndose al otro lado—. Si reducimos el espacio de las plazas secundarias y optimizamos el estacionamiento, podemos absorber la diferencia sin tocar la rentabilidad final.

Durante varios minutos, la conversación fluyó de manera impecable. Éramos dos profesionales discutiendo planos, fechas, presupuestos y opciones técnicas. No había espacio para las sombras del pasado, ni para la gala del Met, ni para las dudas que me carcomían la mente.

Hasta que, de pronto, una vocecita suave resonó al fondo de la llamada.

—Papi...

Me quedé congelada a mitad de una frase.

Al otro lado de la línea, el sonido de los papeles se detuvo por completo. Escuché el murmullo de una silla al arrastrarse contra el suelo y el suspiro suave de Nathaniel.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.