POV: Nathaniel Sinclair
El ascensor tardaba demasiado, o quizá era yo quien estaba a punto de perder la poca cordura que me quedaba.
Pulsé el botón de la planta baja por segunda vez, apretando la mandíbula con tanta fuerza que me dolieron los dientes. Las puertas metálicas continuaban cerradas frente a mí, devolviéndome el reflejo impecable de un hombre con un traje de miles de dólares que, por dentro, acababa de ser reducido a cenizas.
Había salido de la sala de juntas de Whitmore Holdings sin mirar atrás. Había felicitado a Charlotte. Y había conseguido marcharme antes de que mi expresión me delatara por completo. Tres pequeñas victorias corporativas que no servían para una maldita cosa.
Cuando el ascensor finalmente llegó y las puertas se cerraron, apoyé la cabeza contra el acero frío y solté el aire que llevaba demasiado tiempo reteniendo en los pulmones.
Charlotte iba a casarse.
La frase seguía repitiéndose en mi cabeza, absurda y letal. Mi mente se negaba a procesar una realidad que mis propios ojos habían confirmado. Un anillo. Un diamante gigante. Una promesa que no llevaba mi nombre. No sabía cuándo William Ashford se lo había propuesto, ni si ella había llorado de felicidad, ni si él había utilizado las mismas palabras que yo había ensayado en silencio tantas veces.
Me obligué a abrir los ojos y a detenerme.
No tenía derecho a torturarme reconstruyendo una escena íntima de la que yo no formaba parte.
Las puertas se abrieron en el vestíbulo. Salí del edificio y crucé hacia la acera con el teléfono en la mano. El aire helado de Manhattan me golpeó el rostro, mezclado con el ruido del tráfico y el caos habitual de la ciudad. Me detuve a unos metros de la entrada, aflojándome ligeramente el nudo de la corbata. Necesitaba respirar. Acababa de descubrir que existía una diferencia abismal entre aceptar lógicamente que podía perder a Charlotte, y verla elegir físicamente un futuro donde yo no existía.
El zumbido de mi teléfono cortó mi línea de pensamiento. El nombre de Ginevra Bellini brillaba en la pantalla.
Deslicé el dedo para contestar.
—Dime.
—Qué recibimiento tan encantador. Estoy a punto de emocionarme —respondió su voz al otro lado de la línea, cargada de ese sarcasmo elegante que la caracterizaba.
Cerré los ojos, frotándome el puente de la nariz.
—Hola, Ginevra.
—Mucho mejor. ¿Estás ocupado?
—Acabo de terminar una reunión.
—Perfecto. Entonces puedes almorzar conmigo.
—¿Eso es una invitación o una orden?
—Depende de cuánto tardes en responder.
A pesar del agujero que tenía en el pecho, una leve sonrisa tiró de la comisura de mis labios. Ginevra no pedía permiso para entrar en la vida de los demás, pero jamás confundía su curiosidad con el derecho a exigir explicaciones. Era la única amiga que podía soportar en este preciso momento.
—¿Dónde? —pregunté.
—Madison Avenue. Te enviaré la ubicación. A la una y media. Y no llegues con veinte minutos de retraso alegando que una adquisición multimillonaria dependía de ti.
—Nunca he utilizado esa excusa.
—Todavía —Se escuchó el sonido de unos papeles hojeándose de fondo. El ruido se detuvo de golpe—. ¿Todo bien, Nathaniel?
La pregunta me tomó con la guardia baja. Miré hacia la avenida, viendo cómo los taxis amarillos avanzaban en un borrón de colores.
—Ha sido una mañana complicada.
—¿Quieres hablar de ello?
Si lo decía en voz alta, se volvería real. Mientras guardara silencio, todavía podía fingir que el destello de ese anillo no me había cegado.
—Prefiero hablarlo en persona.
—De acuerdo —Ginevra no presionó—. Nos vemos a la una y media. Y, Nathaniel... no tienes que fingir que todo está bajo control conmigo.
La llamada terminó. Guardé el dispositivo en el bolsillo interior de mi saco, preparándome para caminar hacia el estacionamiento, cuando una voz a mis espaldas me heló la sangre.
—¿Nathaniel?
Me giré lentamente.
Charlotte acababa de salir del edificio. Llevaba una carpeta delgada bajo el brazo y el viento movía ligeramente su cabello cobrizo. Su expresión era la de una profesional que aún tenía toda una jornada por delante, pero sus ojos verdes me escrutaban con una atención que me quemaba la piel.
Por un instante, el silencio entre nosotros fue absoluto. Éramos dos desconocidos con un pasado demasiado ruidoso, coincidiendo en una acera de Nueva York, caminando sobre hielo delgado.
—¿Ya te marchas? —preguntó, rompiendo la tensión.
—Tengo cosas pendientes en la oficina.
Ella asintió, apretando la carpeta contra su costado. Su mirada descendió un milímetro, justo hacia el bolsillo donde acababa de guardar mi teléfono.
—¿Irás a almorzar con Ginevra?
La pregunta llegó demasiado rápido, casi como un impulso.
Charlotte pareció advertirlo. Desvió la vista hacia el tráfico, intentando recuperar su postura neutral.
Sentí una punzada de algo oscuro y amargo. Durante años, habría interpretado esa leve muestra de celos o curiosidad como una oportunidad. Habría sonreído, me habría acercado y habría jugado con esa tensión. Pero ella llevaba el anillo de otro hombre en su mano izquierda. Y yo no iba a ser el entretenimiento de la mujer que acababa de romperme el corazón.
—Sí —respondí, con la voz plana.
Charlotte volvió a mirarme, sus ojos buscando algún rastro de emoción en los míos.
—¿Por negocios? —La pregunta fue más discreta, pero letalmente reveladora.
La miré fijamente. Quería saber si yo estaba saliendo con Ginevra. Quería comprobar si todavía podía provocar una reacción en mí.
—No —dije, destrozando su duda con una sola palabra—. Voy a comer con ella.
Charlotte se quedó en silencio. Sus labios se separaron ligeramente, pero no dijo nada más. Yo tampoco. Podría haberle explicado que solo éramos amigos, pero no tenía por qué justificarme ante ella, del mismo modo que ella no me había justificado su compromiso.