POV: Nathaniel Sinclair
Hay palabras que se clavan en la mente y actúan como veneno lento. No se borran con alcohol, no se atenúan con trabajo y no desaparecen por mucho que uno intente fingir que jamás las escuchó.
Habían pasado siete días exactos desde que Richard Whitmore pisó mi oficina. Siete días de noches incompletas, repitiendo una y otra vez la misma frase en mi cabeza como una maldición.
«Fue pura y dura supervivencia».
Durante tres años me había convencido a mí mismo de que Charlotte simplemente había decidido pasar página, que su viaje a Europa era el berrinche elegante de una heredera despechada. Me resultaba mil veces más cómodo pensar eso. Me protegía del peso de la culpa.
Pero la verdad era una estocada al orgullo: Charlotte no había huido para olvidar. Había huido para no destruirse.
En mi mente, la imagen no me daba tregua. La imaginaba a los veintidós años, sola en una habitación helada, ahogándose en lágrimas por un hombre que ni siquiera tuvo la decencia de ver el desastre que estaba causando. Y lo peor de todo era saber que ese hombre era yo.
Miré el reloj de mi escritorio: seis y media de la tarde. En menos de una hora comenzaba la cena ejecutiva con los socios e inversionistas del Proyecto Atlas. La reunión donde Whitmore Holdings y Sinclair Group darían el primer paso público de su alianza.
Y por primera vez en toda mi vida corporativa, sentí un vacío helado en el estómago. No quería ir. No por el proyecto —que prometía mover miles de millones de dólares—, sino porque sabía que ella estaría allí.
Charlotte Whitmore.
El restaurante ocupaba el último piso de un exclusivo hotel en Midtown Manhattan. Un espacio impresionante rodeado de cristales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad iluminada. Mármol, luces cálidas, copas de cristal de bohemia y el sonido sutil de un piano de cola de fondo. El ambiente apestaba a poder, dinero e influencias.
Llegué impecable, con mi traje oscuro a medida, luciendo la misma máscara de frialdad y control que me había llevado a la cima.
En cuanto crucé el recibidor, varios inversionistas y socios se acercaron a saludarme. Intercambié apretones de manos automáticos, asentí a comentarios sobre la bolsa y sonreí cuando correspondía. Pero mis ojos la buscaban desesperadamente a ella.
Y entonces la vi.
Charlotte estaba de pie junto al ventanal principal, rodeada por tres ejecutivos europeos. Llevaba un vestido negro de corte recto, sobrio pero ajustado con una elegancia impecable, el cabello recogido con firmeza y joyas discretas de diamantes.
No había ni un solo destello de la chica impulsiva que yo recordaba. Era la imagen viva del poder corporativo.
En ese instante, las palabras de Richard cobraron un sentido aplastante. La mujer frente a mí era una fortaleza.
Como si hubiera sentido el peso de mi mirada, Charlotte giró levemente la cabeza. Sus ojos color verdes chocaron directamente con los míos.
El tiempo se detuvo. El murmullo del salón se apagó. Por un segundo imperceptible, sentí una tensión tan viva en el aire que me cortó la respiración.
Pero duró un pestañeo.
Inmediatamente, la cara de Charlotte se transformó. Desplegó una sonrisa suave, impecable, educada y calculada. Una sonrisa de socia comercial. Me hizo un ligero gesto con la cabeza, como si yo fuera un ejecutivo más en la habitación, y volvió a concentrarse en su conversación sin perder el hilo.
Sin temblor. Sin duda. Sin odio.
Me quede paralizado un segundo. Habría preferido ver rabia en sus ojos. Habría preferido el desprecio más absoluto. Porque la rabia significa que todavía duele, y el dolor significa que todavía le importas a alguien.
Pero la indiferencia de Charlotte era un muro impenetrable. Y eso me quemó por dentro mucho más de lo que estuve dispuesto a admitir.
La cena se sirvió en un salón privado. La mesa de caoba estaba repleta de planos, carpetas ejecutivas y copas de vino caro.
A lo largo de dos horas, la conversación giró en torno a presupuestos, permisos de construcción, proyecciones internacionales y plazos de entrega. Me dediqué a observar cada uno de sus movimientos.
Charlotte no solo participó; dominó la mesa.
Respondía a las preguntas más complejas con una precisión matemática. Argumentaba los porcentajes de riesgo sin pestañear y manejaba a los inversionistas más difíciles con una soltura escalofriante. Aquellos directivos viejos que en la junta previa dudaban de su capacidad, ahora la escuchaban en absoluto silencio, incapaces de rebatirle un solo punto.
En un momento de la noche, un inversionista alemán de postura agresiva intentó acorralarla con una objeción sobre el margen de ganancias de la primera fase.
—Señorita Whitmore —dijo el hombre con tono condescendiente—, esa cifra suena muy optimista para alguien que apenas está tomando las riendas. ¿Está segura de que no está calculando con el corazón en lugar de la calculadora?
La mesa se tensó. Yo apreté la copa de vino, listo para intervenir y destrozar al alemán.