Cuando Dejé de Buscarte

25 - El peso de lo que perdiste

POV: Nathaniel Sinclair

El problema de los hombres como yo era que estábamos condenados a ganar.

Ganábamos contratos de nueve cifras antes del almuerzo. Ganábamos negociaciones imposibles en salas de juntas a puerta cerrada. Ganábamos mercados enteros y aplastábamos competidores sin despeinarnos.

Desde que era muy joven aprendí la regla básica de este juego: todo en la vida tiene un precio, una estrategia o una puerta trasera. Si querías algo con suficiente fuerza, trabajabas hasta obtenerlo. Si alguien se interponía en tu camino, lo rodeabas o lo destruías. Y si una oportunidad parecía completamente inalcanzable… te encargabas de volverla posible.

Durante más de una década, esa fórmula funcionó sin fallas.

La imagen de ella en la sala de juntas no se me había borrado de la cabeza en todo el día.

La forma en que apretaba la pluma con los nudillos blancos, intentando ocultar que se estaba cayendo a pedazos. Sus ojos cansados, rodeados por una sombra sutil de agotamiento. La rigidez defensiva de sus hombros. Y, sobre todo, esa forma tan dolorosa en la que bajó la mirada cuando me acerqué y le dije que no me estaba convenciendo con su máscara de mujer invulnerable.

Dios santo. Aquello había sido mil veces peor que cualquiera de sus rechazos.

Porque en la sala de juntas vi la grieta. Vi el dolor brillante en sus ojos. Y por primera vez en mucho tiempo, comprendí algo aterrador sobre nosotros dos.

La mujer que tenía delante ya no era la chica que recordaba. Ya no era la joven dulce que me miraba con una devoción.

Charlotte había cambiado. Había reconstruido sus pedazos. Había sanado. Se había convertido en una reina implacable.

Y la maldita ironía de la vida era que ahora era yo el que no podía apartar los ojos de ella.

Yo. Nathaniel Sinclair. El estúpido arrogante que tres años atrás prefirió quedarse con Evelyn. El imbécil que no supo ver lo que tenía enfrente hasta que la vio llorar por mi culpa. El hombre que cometió el peor error de dañarla y llegó demasiado tarde a corregirlo.

Solté una risa amarga contra el cristal del ventanal de mi oficina antes de salir.

Qué bofetada del destino. Tres años atrás, Charlotte me amaba con el alma y yo no fui capaz de valorarla. Ahora, soy completamente incapaz de respirar sin desearla.

A las ocho de la noche tenía programada una cena de negocios en un club privado del Upper East Side. Un espacio exclusivo de luces tenues, paneles de madera oscura, sillones de terciopelo y un ambiente pesado de discreción absoluta.

Se suponía que iba a reunirme con una representante de un prestigioso bufete legal de Londres interesado en cerrar un acuerdo estratégico para su expansión en Nueva York. Un asunto puramente corporativo. Rutinario. Nada que requiriera demasiado esfuerzo mental de mi parte.

O al menos eso creí hasta que crucé el vestíbulo y la vi sentada en una mesa al fondo, junto al gran ventanal con vista al jardín interior.

Cabello oscuro impecablemente peinado. Un vestido negro de corte fino que gritaba elegancia y poder. Una postura rígida, pulida, perfectamente ensayada. Y una mirada fría y afilada.

Reconocí de inmediato a la mujer que había visto el sábado en el museo.

Ginevra Bellini.

Y por la forma en que sus ojos se clavaron en los míos en cuanto di el primer paso hacia su mesa, supe que ella también me reconoció al instante.

Interesante.

La mujer se puso de pie con una gracia lenta, calculada. Nos estrechamos la mano. El agarre de sus dedos fue firme, frío, directo. Bastaron solo tres segundos para comprender que no estaba frente a una abogada común que se dejara intimidar por mi apellido.

— Sinclair —dijo ella. Su voz tenía un acento suave pero marcado, grave y sumamente sofisticado.

— Bellini —respondí, manteniendo el rostro impenetrable—. Es un placer.

—El placer es mío.

La sonrisa que dibujó en los labios fue de una elegancia peligrosamente calculadora. Tomé asiento frente a ella. Un mesero apareció de inmediato para llenar nuestras copas con un vino tinto de cosecha exclusiva.

Durante los primeros veinte minutos, la conversación no se salió del guion corporativo.

Hablamos de la reestructuración de mercados en Europa, de las regulaciones bancarias en Nueva York, de fusiones internacionales y de inversores británicos. Ginevra Bellini era brillante. Conocía cada ley, cada vacío legal y cada estrategia de negociación a la perfección. Una profesional feroz.

Pero mientras ella exponía las ventajas de su bufete, yo me dediqué a hacer lo que mejor sabía hacer: observar.

Y fue entonces cuando noté el pequeño detalle. Un gesto, casi invisible, pero imposible de pasar por alto para alguien acostumbrado a leer a las personas bajo presión.

Cuando dejé caer casualmente el nombre de Whitmore Holdings para tantear el terreno corporativo… la espalda de Ginevra se tensó una fracción de segundo.

Y cuando añadí, con total frialdad, el nombre de Charlotte Whitmore… sus dedos apretaron el talle de la copa de vino con tanta fuerza que pensé que rompería el cristal.




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