POV: William Ashford
Hay una diferencia enorme entre tener la ligera sospecha de que estás perdiendo a la persona que amas... y saberlo con absoluta certeza.
Yo había cruzado esa línea hacía semanas. Y lo peor de todo, lo que me mantenía despierto a las tres de la madrugada mirando el techo, era que no tenía la menor idea de cómo detenerlo.
La primera señal había sido casi imperceptible. Una fisura diminuta en un muro de contención.
Charlotte seguía sonriendo cuando llegaba a casa. Seguía compartiendo el café y los desayunos conmigo. Seguía preguntándome cómo había ido mi día en el juzgado, y seguía acostándose en el lado izquierdo de nuestra cama cada noche.
Pero algo fundamental había cambiado. Algo pequeño y completamente devastador.
Ya no me buscaba.
Ya no recargaba la cabeza sobre mi hombro de forma instintiva mientras veíamos una película en el sofá. Ya no entrelazaba sus dedos con los míos cuando caminábamos por las ruidosas calles de Manhattan. Ya no me miraba de esa forma que solía hacerme sentir que yo era el centro de su universo.
Y yo lo sabía. Maldición, claro que lo sabía.
La cena en el nuevo apartamento de Olivia y James solo había terminado de confirmarlo. Porque Olivia, con esa mirada que siempre lo veía todo, había notado la grieta entre nosotros. Yo también la vi. Y Charlotte sabía que ambos lo habíamos visto.
Desde aquella noche, la distancia se volvió imposible de ignorar. No era una distancia física; de hecho, dormíamos bajo las mismas sábanas. Era una distancia emocional. Era la sensación constante de que ella estaba sentada justo frente a mí, compartiendo la misma mesa, pero una gran parte de su mente y de su alma estaba a kilómetros de distancia. En otro lugar.
Con otra persona.
Nathaniel Sinclair.
El nombre apareció en mi cabeza como una maldición, como veneno filtrándose en mis venas. Apreté los dientes hasta que la mandíbula me dolió. Porque, como abogado, estaba acostumbrado a fingir. Podía fingir seguridad frente a un juez, podía fingir empatía frente a un jurado, pero no podía fingir que era un completo estúpido en mi propia casa.
Había visto cómo él la miraba. Había notado cómo el cuerpo de Charlotte reaccionaba y se tensaba apenas él entraba en una habitación. Había presenciado los silencios pesados entre ellos, las miradas que duraban un segundo de más, las conversaciones interrumpidas que escondían emociones contenidas.
Y cada día que pasaba, me resultaba mucho más difícil convencerme a mí mismo de que no significaban nada.
Pero Nathaniel Sinclair no era mi único problema. Porque había otro nombre, uno que quemaba con una culpa diferente, que tampoco me dejaba dormir.
Ginevra.
La inolvidable Ginevra Bellini.
Dos días después de la cena con Olivia, me la encontré en los tribunales del distrito. Por pura casualidad. O quizá porque el universo tiene un sentido del humor retorcido y disfrutaba torturándome.
La vi desde el otro extremo del pasillo de mármol. Llevaba el cabello oscuro recogido a la perfección, caminaba con ese paso elegante y depredador que la caracterizaba, sosteniendo una carpeta de cuero bajo el brazo. Impecable, intimidante y hermosa como siempre.
Mi corazón reaccionó segundo antes que mi cerebro. Dio un vuelco doloroso contra mis costillas, y odié cada segundo de ello. Porque yo ya no tenía derecho a sentir eso. No después de haber elegido otro camino. No después de haberle dado la espalda. No después de haber elegido a Charlotte.
Cuando estuvo a unos metros, Ginevra también me vio. Nuestros ojos se cruzaron durante apenas un segundo. Lo suficiente para que yo sintiera que me quedaba sin aire.
Pero ella no se inmutó.
Siguió caminando. Sin detenerse. Sin esbozar ni media sonrisa irónica. Sin buscar un cruce de palabras. Pasó por mi lado dejando una estela de su perfume en el aire, mirándome exactamente de la misma forma en la que miraría a un completo desconocido en el metro.
Y, por alguna razón que me destrozó el ego y el alma, esa indiferencia me dolió mil veces más de lo que debería.
Esa noche regresé al penthouse con un nudo frío instalado en el estómago. Charlotte estaba sentada en la sala, iluminada solo por la luz azul de su computadora portátil.
Trabajando. Otra vez.
Últimamente, parecía vivir atrapada en un ciclo infinito de reuniones, reportes de la constructora y llamadas interminables. O quizá, simplemente, estaba encontrando excusas perfectas para evitar pasar tiempo a solas conmigo.
—Hola —dije, dejando las llaves en la entrada.
—Hola.
Ni siquiera levantó la vista de la pantalla. Sus dedos siguieron tecleando con rapidez.
Y algo dentro de mí se tensó a punto de romperse. Caminé hacia el bar, me serví una copa doble de whisky y me la bebí casi de un trago. Después me serví otra, y terminé apoyado contra la pared, observándola desde el otro extremo de la inmensa sala.
Incluso bajo esa luz pálida, con el rostro cansado y el cabello desordenado, Charlotte seguía siendo la mujer más extraordinaria que había conocido en toda mi vida. Inteligente. Brillante. Hermosa. Fuerte. Era la mujer con la que yo había imaginado construir mi vida entera desde el momento en que la vi sonreír por primera vez.