Durante varios segundos fui incapaz de moverme.
Mis ojos recorrían la sala una y otra vez, negándose a aceptar lo que tenía delante.
Los dos habían caído sobre el suelo, separados apenas por unos cuantos metros. La sangre comenzaba a extenderse lentamente bajo sus cuerpos, pintando el piso de rojo, mientras el humo de los disparos todavía flotaba en el aire.
Esto no podía ser verdad.
Di un paso, luego otro
Cada movimiento se sentía más pesado que el anterior.
Los disparos del exterior seguían escuchándose a lo lejos, las voces de los hombres se perdían entre gritos y órdenes.
Aún así, mi mirada nunca se apartó de Saijin.
Quería convencerme de que se levantaría.
Lo había visto sobrevivir a cosas mucho peores. Disparos, emboscadas, heridas que habrían acabado con cualquiera. Siempre encontraba la manera de volver a ponerse de pie.
—Saijin...
El silencio fue peor que cualquier grito.
Solo quería que abriera los ojos. Que se levantara y volviera a darme una orden, cualquier orden.
Cualquier cosa... menos quedarse ahí.
Mis pasos terminaron convirtiéndose en una carrera torpe.
Tropecé con una silla rota, casi perdí el equilibrio y apoyé una mano en la pared para no caer, pero no me detuve.
Llegué hasta él y me dejé caer de rodillas con tanta fuerza que el impacto me hizo sentir un dolor agudo.
Mis lágrimas seguían cayendo sobre su rostro.
—Vamos... —susurré—. Abre los ojos.
Mi voz se rompió por completo.
Le tomé el rostro entre las manos, buscando alguna reacción. Cualquier cosa. Un movimiento, incluso una queja.
Apreté los ojos con fuerza, pero las lágrimas siguieron escapando.
Me quedé mirándolo durante unos segundos que parecieron eternos. Su rostro estaba demasiado tranquilo para alguienque había estado peleando apenas unos instantes antes. Era extraño verlo así. Saijin siempre parecía estar a punto de regañarme por alguna estupidez o de decirme que me apartara porque podía hacerlo solo.
Y ahora no decía nada.
—Me dijiste que todavía podías mantenerte de pie...
Solté una pequeña risa entre lágrimas, una de esas que salen cuando ya no sabes qué hacer con el dolor.
—Mentiroso.
Mi mano descendió hasta la suya.
—Siempre haces lo mismo.
Respiré entrecortadamente.
—Siempre dices que puedes con todo... que no necesitas ayuda... que no importa cuánto duela.
Negué lentamente.
—Y yo siempre te creó.
Apreté sus dedos entre los míos.
—Te creía como siempre, que estupido fui. Así que vamos Saijin, levántate.
Mi pecho comenzó a dolerme más que nunca.
—Puedes regañarme después. Puedes decirme que hice todo mal. Puedes volver a darme órdenes...
No hubo respuesta.
Tragué saliva.
—Pero levántate.
A mi alrededor todavía se escuchaban voces y pasos apresurados. Los hombres de Saijin comenzaban a entrar, algunos llamándolo,otros intentando entender qué había sucedido.
Pero yo, solo podía verlo a él.
La persona que había seguido durante tantos años.
El hombre que había conseguido hacerme sentir que, por más horrible que fuera el mundo al que pertenecíamos, mientras él estuviera ahí siempre habría una razón para seguir adelante.
Me incliné nuevamente hasta apoyar mi frente contra la suya.
—Te dije que lo volvería a hacer una y mil veces...
Las palabras apenas lograron salir.
—Pero nunca pensé que tendría que hacerlo sin ti.
Solo lo abracé con todas mis fuerzas y dejé que el llanto terminara de romperme.
—...Tae...
Levanté la cabeza de inmediato.
—¡Señor!
Sus ojos estaban apenas entreabiertos. Seguía respirando, aunque cada respiración parecía costarle más que la anterior. Lo miré durante unos segundos sin poder reaccionar. Después tomé su mano entre las mías y la apreté con cuidado, como si tuviera miedo de que, si lo soltaba, fuera a desaparecer frente a mí.
—Tae...
—Estoy aquí... aquí estoy.
No pude contener las lágrimas.
—Tu...
—Sí.
Me acerqué todavía más.
—Soy yo.
Quise sonreírle para que no me viera así, pero no pude. Tenía la cara llena de lágrimas y la voz completamente destrozada.