La Dama y el Tirano

Capítulo 6.

Renata

La distribución de las concubinas en sus habitaciones tardó más de una hora. Pero eso apenas me molestaba. En primer lugar, treinta y siete chicas no eran pocas. En segundo lugar, la demora era lo último que me preocupaba en ese momento. Porque, apenas entré en la habitación, tanto el camino que habíamos recorrido como los rostros de mis rivales parecieron evaporarse de mi memoria. Ni siquiera estaba segura de recordar el rostro de la mirata que nos había recibido.

—¿Qué demonios? —pregunté en voz alta, aunque, por supuesto, no obtuve respuesta.

Me quedé junto a la puerta, mirando los dos baúles que había visto en la sala del portal del monasterio. Probablemente los habían enviado por separado, sin las damas de compañía. Mi primer impulso fue abrir uno para ver con qué había decidido el emperador comprar esta vez a la huerfanita Emily, pero de pronto mi mirada se detuvo en un bolso de viaje marrón. El mismo que no había soltado en todo ese tiempo y que se suponía debía tener entre las manos. Sin embargo, mis manos estaban vacías. El bolso se encontraba junto a los baúles.

Di un paso para comprobar si era el mío, pero me detuve de inmediato. Miré hacia la ventana. Estaba cubierta por gruesas cortinas. Me acerqué, aparté una y cerré los ojos ante la intensa luz. El sol ya se alzaba muy por encima del horizonte.

Mis pensamientos comenzaron a correr más deprisa. Yo había llegado a la selección de noche. La distribución empezó cuando la luna aún no alcanzaba la mitad del cielo. ¡Y ahora afuera era de día! ¡Como mínimo, era mediodía! Contemplé el cielo azul, atónita, sin comprender adónde habían ido a parar varias horas de mi vida.

Me froté el rostro con las palmas e intenté recordar en qué momento había perdido el control. Recordaba bien la sala del portal, la ciudad vacía, las antorchas y que yo era la concubina número treinta y siete.

Recordaba que habíamos entrado una tras otra en los terrenos del palacio.

Yo cerraba la procesión por haber sido la última en llegar. Detrás de mí caminaban dos guardias. Incluso pensé que difícilmente podrían controlar a una multitud de mujeres enfurecidas. Solo que las mujeres no estaban enfurecidas, sino bastante dóciles.

Recordaba haber creído que entrábamos en el palacio. Acabábamos de cruzar una explanada de piedra y parecía que nos dirigíamos hacia la entrada. Pero, en cierto momento, la procesión giró en otra dirección. Recordaba con absoluta claridad que el palacio había quedado a mi espalda y que frente a nosotras no había ningún edificio. Y eso era todo. Ahí se interrumpían mis recuerdos. Por más que intentaba recordar alguna otra cosa, no lo conseguía.

Mi cabeza no volvió a funcionar hasta que estuve en esa habitación. Una voz desconocida dijo que viviría allí, que debía dormir antes de la reunión general, y después desapareció. No supe quién había hablado. Era como si me hubieran limpiado la memoria. Como si hubieran borrado una pizarra con una esponja, sin dejar ni rastro de los recuerdos.

Me mordí el labio. Intenté contener el pánico que crecía en mi pecho. Era difícil. Muy difícil. Temblaba. Temblaba tanto que no logré concentrarme de inmediato. Y solo cuando el temblor disminuyó percibí un dolor extraño cerca de las muñecas.

Me miré las manos. No vi nada fuera de lo común. Pero el dolor punzante seguía allí. Eché un vistazo alrededor. Tras asegurarme de que no había nadie en la habitación, acerqué una muñeca a los labios y recité un breve hechizo que había aprendido en la biblioteca del monasterio. Revelaba aquello que alguien quería ocultar. Era un hechizo meramente cosmético. Lo habían inventado los nagas cuando se puso de moda esconder los defectos físicos mediante ilusiones. Sobre mi piel blanca apareció un moretón reciente.

—Qué maravilla —murmuré con ironía.

Alguien se había empeñado mucho en ocultar sus asuntos sucios. Solo faltaba descubrir cuáles.

El sueño y el cansancio desaparecieron como por arte de magia. Aunque no. No desaparecieron. Seguía teniendo sueño, pero temía quedar inconsciente y perder el control. Después de permanecer un rato más junto a la ventana, decidí inspeccionar el lugar. La habitación era pequeña, pero lo bastante espaciosa para no ofender la sensibilidad de una dama noble. Los muebles parecían decentes, aunque era evidente que los habían fabricado sin magia. Lo demostraban tanto su diseño como la ausencia de un sello mágico. Para asegurarme, examiné la mesa y los sillones en busca de rastros mágicos, pero no encontré ninguno. Y eso era extraño, porque en este mundo todo aquello que no había sido tocado por la magia costaba varias veces menos. Y no podía creer que hubieran decidido ahorrar precisamente en el palacio.

Después de inspeccionar la habitación, llegó el turno del equipaje que había pasado por las manos de los miratas.

Comencé por los baúles. En su reducido espacio, los nagas habían conseguido guardar un guardarropa completo: vestidos, pijamas, ropa interior, medias y esos pequeños artículos femeninos tan necesarios. En el segundo baúl había joyas, zapatos y accesorios. Nada fuera de lo común. El problema era que yo desconocía el contenido original de los baúles y no podía saber si alguien había añadido objetos extraños. No sabía escanear semejante cantidad de cosas en busca de hechizos ajenos. Por eso, para mayor seguridad, decidí no tocar nada. Sin embargo, en el bolso que había preparado yo misma encontré dos pares de medias de más. Eran exactamente iguales a las mías. Incluso llevaban bordado el emblema del monasterio en el elástico.

—Bien —suspiré—. Esto no es un problema. No es ningún problema. Las medias nunca sobran. Y siempre se pueden usar para estrangular a alguien.

No llevaba ni un día entero entre los miratas y ya tenía ganas de matar. Incluso con los nagas todo había sido más sencillo. Ellos se limitaban a asustarme hasta provocarme hipo. Metí las medias en el bolso y volví a sumirme en mis pensamientos.




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