La Dama y el Tirano

Capítulo 24.

Renata

Solo llevaba un par de días conociendo al mirat y ya no quería quitarme la marca.

—Es un efecto secundario del vínculo mágico —empecé a justificarme ante mi propio reflejo.

Estaba de pie frente al espejo, en una habitación oscura. La luna y una vela que me había traído del monasterio por si acaso eran toda la luz de la que disponía. Bujtenvil y Yanubu estaban en el patio, junto a la fuente, absortos el uno en el otro. Bujtenvil le contaba algo a su amiga, y yo agradecía no tener que escuchar las historias de la tortuga.

Durante mi ausencia, al parásito le habían salido un caparazón de tortuga y cuatro patas delgadas. Aunque todavía caminaba con inseguridad y se ladeaba de un lado a otro. Vaya pareja: una estatua que había cobrado vida y la criatura por cuya culpa casi se había extinguido todo un reino. Seguramente el rey y yo nos veríamos igual de graciosos que ellos dos. Si ganaba la selección.

El último pensamiento me asustó y me apresuré a apartarlo. Sí, Su Majestad me atraía. Pero tenía que ser sincera conmigo misma: éramos completamente incompatibles. En cuanto desapareciera el vínculo mágico, las emociones se calmarían y todo volvería a ser como antes.

«Yo tampoco quiero quitarme la marca», resonaron en mi cabeza las palabras del rey. Unas mariposas empezaron a revolotear tímidamente en mi estómago, y me apresuré a calmarlas. Pasarían unos días y llegaría el momento de volver al monasterio. ¿Y entonces qué? No, no podía ilusionarme con el mirat. Me conocía bien: después sufriría durante meses, comería de todo, engordaría y me saldrían arrugas alrededor de los ojos. ¿Necesitaba eso? No. De ninguna manera.

Durante otra media hora intenté ahuyentar los pensamientos sobre Su Majestad, pero no hubo forma. Así que decidí engañar a mi cerebro y pensar en quién podía beneficiarse de la muerte del último Mardar. Por un lado, parecía un auténtico suicidio. La muerte del gobernante equivalía a la de todos los nacidos en esas tierras. Incluso la de los humanos, que dependían físicamente de la magia en menor medida, pero también necesitaban alimentarse de ella.

Podía suponer que se trataba de espías extranjeros. Eso explicaría muchas cosas. Todas menos una: ¿a quién le convenía? Si hubiera estado en la Tierra, se me habrían ocurrido muchas posibilidades. Por ejemplo, unos vecinos decididos a ocupar las tierras vacantes. Un golpe de Estado. Una revolución. Pero, en este mundo, todo aquello carecía de sentido. Tras la muerte del rey, los mirats estarían condenados. Todo el mundo lo sabía. Si alguien había llegado a ese extremo, o estábamos tratando con unos locos de remate o existían herederos desconocidos de la dinastía Mardar. Aunque ¿era posible? Por otro lado, ¿por qué no? O quizá...

Los antiguos tomos de los nags describían con detalle el vínculo entre las fuentes mágicas y los gobernantes. Se establecía de forma automática, pero la mayor parte de la energía siempre pasaba por un descendiente directo de la familia: el emperador o la emperatriz nacido de una unión de almas destinadas. Si de esa unión nacían varios hijos, el trono se heredaba por orden de nacimiento. Entonces se celebraba un ritual de «designación» para señalarle a la fuente quién era el primer heredero. Sin embargo, cuando moría el gobernante, la fuente elegía por sí misma con quién conectarse. Si el reparto de la magia seguía el mismo principio, la fuente tendría que saber que existía alguien más, ¿no? ¿Y canalizar parte de la energía a través de esa persona? Pero entonces los mirats no habrían notado ningún cambio. Y, según Tirano, los cambios habían sido catastróficos.

Intentaba averiguar a quién le convenía la muerte de Tirano, pero no encontraba respuestas. ¿Cómo iba a encontrarlas si apenas sabía nada de la vida de los mirats? Me escondí bajo la cobija y miré por la ventana. Yanubu había apoyado la cabeza en el caparazón de piedra de su compañero. De pronto pensé que no cualquiera podría vincular la fuente de un mago con un parásito. En primer lugar, era difícil. El parásito estaba unido por hilos irrompibles. Eran los hilos de las almas destinadas. Eso significaba que alguien había cedido voluntariamente su vínculo. En segundo lugar, para establecerlo habría que tener, literalmente, acceso al cuerpo del rey. En tercer lugar...

Me incorporé de golpe y miré la vela. Qué curioso: Tirano había pasado por una primera selección. Aquella en la que todos los Mardar, sin excepción, habían encontrado pareja. Seguramente él también había encontrado a la suya.

La sospecha me asustó. Volví a recostarme y cerré los ojos. No quería apresurarme a sacar conclusiones. Por alguna razón, me costaba creer que aquella primera mirat hubiera renunciado a él por voluntad propia.

Tirano

Tirano volvió a pasar la velada en su despacho. Esta vez, sin embargo, no estaba solo: lo acompañaba un infante desgarbado. La criatura, de extremidades largas, boca enorme, orejas salientes y ojillos inquietos, parecía más un estafador de mercado que un juez supremo.

—¿Sobornos? ¿Eso es todo por lo que el rey quiere llevar a alguien a juicio? —El infante alzó la ceja izquierda.

—¿Le parece poco?

—No sé, no sé. Pero veo que alguien se está esforzando mucho por reparar su fuente. Debo decir que ha tenido mucha suerte. Y todos los mirats también.

—¿Puede verlo?

—Sí. ¿Qué le sorprende a Su Majestad? Los jueces de Iftarium debemos poder ver su magia. Ha tenido suerte. No todos reciben una segunda oportunidad. ¿Quién es ella?

—Una de las participantes en la selección.

El juez chasqueó la lengua y asintió.

—¿Esa preciosidad pelirroja a la que intentan matar justo ahora?

Lady

Me preguntaba qué les había hecho a los dioses, los de aquí o los de la Tierra, para que ni siquiera me dejaran dormir. Abrí los ojos al oír a mi espalda el sonido apenas perceptible de un portal que se abría. Al principio pensé que era Tirano. Iba a darme la vuelta y mandarlo a dormir a su habitación, pero entonces comprendí que aquellos pasos eran demasiado ligeros para un mirat, mientras que el roce característico de una falda pesada indicaba claramente que había entrado una mujer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.