La Dama y el Tirano

Capítulo 20.

Tirano

Aquella mañana, el rey estaba preparado para cualquier cosa, excepto para lo que vio. Si el día anterior le había sorprendido hasta qué punto su enfermedad había afectado la vida de los miratos, aquel día quedó conmocionado por lo que ocurría dentro de su propia casa.

Tal como había supuesto, las condiciones de vida no eran iguales para todas las candidatas. Tampoco lo era el trato que recibían de los organizadores de la selección. Una lvaya y tres miratas de familias adineradas habían sido alojadas en residencias independientes. Hasta aquel día, Tirano ni siquiera sabía que esas construcciones existían. Escuchó con asombro el informe del tesorero, quien le mostró los presupuestos de la obra. Los fondos para construir y amueblar las residencias, así como para varios artefactos mágicos cargados con el poder de Su Majestad, habían sido asignados después de la selección anterior.

Tirano no lograba decidir qué lo enfurecía más: el dinero que, en plena crisis, se había destinado a unas residencias innecesarias o aquel despilfarro absurdo de magia invaluable, cuando cada gota de poder que atravesaba el cuerpo del rey debía emplearse para preservar los cuerpos de agua, los pastizales y, sencillamente, a su pueblo.

El rey también se enteró de que las participantes habían sido instaladas en aquellas residencias desde la primera noche. La honorable Emaru y los tres primeros consejeros se interesaban con regularidad por la vida de sus protegidas. Nadie mencionó que los cortesanos hubieran recibido una recompensa por sus servicios, pero Tirano sospechaba que algunos obtenían muy buenos beneficios gracias a las selecciones. Además, por orden personal de la organizadora, se había permitido la entrada de dos doncellas privadas por residencia para atender a las candidatas. Sin embargo, las sirvientas tenían prohibido abandonar aquellos terrenos y acompañar a las participantes durante las pruebas.

Las demás participantes habían sido alojadas en el Palacio de la Inocencia. Aquella residencia era un poco más modesta, pero aun así se ajustaba al elevado estatus de las candidatas al trono menor de la casa de los Mardar. Además, alojar allí a las participantes de la selección era una especie de tradición. Sin embargo, no todas habían recibido semejante honor.

Seis participantes, incluida aquella mujer, habían sido consideradas indignas de vivir en el Palacio de la Inocencia. Las alojaron en la Casa Fría. Aquel pabellón de doce habitaciones se utilizaba sobre todo para hospedar a las doncellas y damas de compañía de los invitados importantes cuando no había suficientes aposentos principales. Pero aquel día Tirano descubrió que, además del servicio, allí también instalaban a las candidatas que planeaban eliminar en primer lugar. Pocas permanecían allí más de una etapa.

En aquel momento, el rey comprendió lo poco que sabía sobre el desarrollo de la selección y las condiciones en las que vivían las candidatas. Comparado con los asuntos de Estado, todo aquello le había parecido insignificante y el mirato nunca se había molestado en profundizar en ello.

—Ahora solo queda allí Lady Emilia Radon —informó al rey el secretario de la selección—. Es la joven maleducada que se atrevió a darle aquel «consejo».

El secretario arrugó el rostro con repugnancia. El rey no compartía sus emociones. De hecho, la respuesta de Lady le había gustado. Su nombre, en cambio, no. Tirano consideraba sinceramente que un nombre tan delicado no encajaba con una mujer tan vivaz y, hasta en sus pensamientos, continuaba llamándola «Lady».

—Qué imprudencia tan asombrosa —continuó el sirviente—. Aunque no sé qué más podía esperarse de una joven que primero llegó corriendo al palacio y después exigió que le retiraran la marca. Una hipocresía inconcebible.

—¿Pidió que le retiraran la marca? —Tirano apartó la mirada del cuadro que había estado contemplando y se volvió hacia el secretario.

—Eso cuentan.

—¿Después de superar la primera eliminación?

—Dicen que corría hacia el palacio sin preocuparse siquiera por su aspecto. De no haber sido por su enfermedad —gracias a Iftaria por aquella milagrosa salvación—, usted habría tenido que contemplar ese lamentable espectáculo. Y después, cuando oyó que podían retirarle la marca si así lo deseaba, exigió de inmediato que la organizadora lo hiciera.

El secretario no sospechaba lo que el rey pensaba de todo aquello. Ni siquiera observaba su expresión: mantenía la vista fija en el suelo o en el pesado cuaderno que sostenía entre las manos. Temía alzar los ojos y demostrar una humildad insuficiente. Desde su milagrosa curación, el heredero de la casa de los Mardar se comportaba de un modo extraño y sus súbditos aún no habían tenido tiempo de elegir la manera adecuada de actuar ante él.

—¿Por qué Emaru no le retiró la marca?

—No puedo responderle, no lo sé. Pero dicen que estaba muy enfadada.

El silencio se apoderó de la habitación. Tirano agradecía a la organizadora que no hubiera dejado marchar a la joven, pero la situación despertó su interés. La voz del secretario volvió a interrumpir sus reflexiones.

—¿Puedo darle un consejo, mi rey?

—Habla —respondió Tirano con un asentimiento.

El consejo de aquel mirato le interesaba muy poco. En aquel momento no estaba dispuesto a aceptar consejos de nadie, pero sentía curiosidad por escucharlo.

—Lady Radon debería ser eliminada de la selección.

—¿Eso crees? —Solo entonces Tirano comprendió que todos cuantos lo rodeaban eran una herencia de su padre. Nunca había colocado a su lado a nadie a quien hubiera elegido él mismo.

Diez años atrás había considerado poco sensato deshacerse de políticos y consejeros experimentados que habían demostrado su lealtad durante años de servicio. Ahora, por primera vez, el rey dudaba de sus decisiones.

—Lady posee un buen linaje, pero una reputación absolutamente desastrosa —dijo el secretario con cautela.




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