Renata
La estatua no cobró vida de inmediato. Era más grande que todo lo que había animado hasta ese momento. Por eso, lo primero que despertó en la escultura fue la conciencia, pero solo pudo moverse medio minuto después, cuando la energía vital se distribuyó por el cuerpo de piedra y creó algo parecido a un sistema nervioso mágico y nuevas conexiones neuronales. Al menos, así era como yo imaginaba el proceso.
La tortuga serpiente parpadeó. Después giró con cautela la cabeza cuneiforme hacia la derecha, poniendo a prueba las posibilidades de su cuerpo de piedra, y me miró.
—¿Mamá? —preguntó el monstruo.
—Y según tú, ¿a qué me parezco más: a una serpiente o a una tortuga?
El sarcasmo estaba completamente fuera de lugar. Simplemente no pude contener el comentario mordaz. Por suerte, era mi creación y no tenía intención de ofenderse.
—A una tonta —replicó la estatua—. Tu creación ha cobrado vida y ni siquiera te alegras. ¡Qué gente la de ahora! Hasta los dioses eran más amables en mis tiempos.
La estatua levantó torpemente sus cuatro patas, una tras otra. Luego se acercó al borde de la plataforma de mármol sobre la que había permanecido durante varios siglos y saltó al fondo de la fuente.
—Aquí solo tienen una diosa, por lo visto.
—Qué vas a saber tú de dioses —resopló el monstruo y comenzó a trepar por la pila circular.
La escena era divertida. Varias veces, cuando la escultura perdía el apoyo y se deslizaba de espaldas sobre el caparazón, estuve a punto de ofrecerle ayuda, pero enseguida comprendía que sería inútil. En primer lugar, el proceso le resultaba interesante. En segundo, difícilmente podría ayudarlo. Incluso según los cálculos más modestos, aquel pedazo de mármol y carisma pesaba al menos cien kilos.
—Entonces, ¿para qué me diste vida, lady? —preguntó el monstruo cuando por fin alcanzó el borde de la fuente y cayó sobre el césped—. Esta cosa verde es agradable.
—Es césped.
—Ya lo sé. ¿Qué necesitas de mí? No animas estatuas porque sí, ¿verdad?
La cabeza de serpiente se dio la vuelta hasta dejar la capucha de piedra abajo, mientras sus ojitos se reducían al tamaño de dos cuentas.
—Háblame de las selecciones.
—Esto no son selecciones, sino una vergüenza absoluta. Antes sí que se hacían bien las cosas: un rey, una selección. ¡Y punto! Pero ahora organizan una cada año. Esto no es un palacio, sino una casa de placer. Y las muchachas son débiles. O codiciosas.
—¿Qué quieres decir con codiciosas?
—Codiciosas de magia. Toman del rey más de lo debido y caen como moscas.
—¿Los miratas no tienen parejas predestinadas?
—No son nagas descerebrados, a los que hay que marcar en la frente y atar por la cola a su pareja para que no se pierdan. Los miratas son criaturas superiores. Los amados de los dioses. ¡Y el rey de la Casa Mardar es el más elevado entre los elevados! ¡El más amado entre los amados!
—Entonces, ¿por qué sus concubinas caen como moscas con la primera helada?
—¿Y yo qué voy a saber? ¿Cómo llegaste tú a la selección? ¡Si no tienes magia!
—¿Y cómo te di vida? ¿Con té verde?
La criatura se quedó pensativa. Se sentó sobre el trasero e intentó alcanzar la cabeza con una corta pata de tortuga. Después de varios intentos fallidos, el cuello se dobló y la cabeza de serpiente se apoyó por sí sola sobre la pata.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
—Vine para participar en la selección.
—Te alojaron en la habitación destinada a las candidatas descartadas para el matrimonio.
—¿Qué matrimonio? No pienso casarme.
—No se trata de casarse, sino de concubinas defectuosas. Cuando las candidatas llegan a la selección, comprueban la profundidad de su reserva mágica. A las que no tienen ningún don las envían a las habitaciones más alejadas y se deshacen de ellas durante las primeras pruebas.
—No recuerdo que me hayan examinado nada.
—Claro que no puedes recordarlo. ¿A quién le gusta que le revuelvan la reserva? Te borraron la memoria. Llevan haciéndolo unos cinco años.
—¿Antes no lo hacían?
—No. Los reyes anteriores no actuaban así. Es Tirán quien anda haciendo de las suyas. Aunque puedo entenderlo. Es joven, apuesto y ya ha enviudado varias veces. Toma precauciones.
—Así que Tirano...
—¡No es Tirano, sino Tirán! Ni siquiera sabes pronunciar correctamente el nombre del rey. ¡Y aun así te presentaste a la selección! Esos magos han perdido la cabeza por completo. ¡Enséñame la marca! ¿Y si eres una impostora?
—¿Una impostora? —Por primera vez aquella mañana, me reí con sinceridad—. ¿Crees que falsifiqué la marca para entrar en la selección de un tirano cuyas concubinas van una tras otra a reunirse con sus antepasados?
—¡No es tirano! ¡Es Tirán! ¡Enséñame la marca!
La estatua intentó inflar las mejillas de manera amenazante, pero el mármol del que estaba tallada se lo impidió. La cabeza de serpiente se esforzaba, siseaba y resoplaba. Me eché a reír y aparté el cuello del vestido para mostrarle la marca. El monstruo de piedra se quedó inmóvil. Parpadeó varias veces. La mirata había reaccionado casi del mismo modo al ver la cobra dormida sobre mi clavícula.