Renata
Regresé a mi habitación cuando ya había oscurecido. La noticia de la milagrosa curación de Su Majestad recorrió el palacio en cuestión de minutos, y frente a la puerta de los aposentos reales no tardó en formarse una fila de quienes deseaban arrodillarse y asegurarle su lealtad. Para no verme en el epicentro de los acontecimientos y conservar el anonimato, tuve que esconderme en el vestidor. Menos mal que, al menos, no fue debajo de la cama.
—Puedo presentarla ante la corte como una gran sanadora —propuso el Tirano mientras yo arrastraba cobardemente hacia el armario el capullo que contenía al parásito.
—Gracias, no hace falta. No llevo bien la popularidad.
—Creí que estaba acostumbrada a ser popular.
—Se equivocó.
Por cierto, esconderme en el armario no había sido la mejor idea. Ni siquiera había dónde sentarse. Pasé más de una hora de pie, hasta que me rendí y me senté en el suelo. Allí, en el suelo, permanecí varias horas más, contemplando los dibujos de las paredes y escuchando informes aburridos. Por suerte, el parásito no se movía ni emitía sonido alguno. Tenía que pensar dónde esconderlo para que no volviera a hacer de las suyas. Mientras meditaba sobre el destino de la criatura, el rey retomaba su vida social.
Había que reconocerle al Tirano una cosa: las alabanzas no duraron mucho. Al cabo de una hora, aproximadamente, la conversación tomó un rumbo práctico: las cosechas, la economía de las regiones, los perjuicios ocasionados por la enfermedad del rey y las posibles soluciones a todos aquellos problemas. Tampoco se olvidaron de mencionar la selección. Al parecer, le mostraron a Su Majestad a las participantes.
Hablaban de las muchachas como si fueran mercancía en un mercado: la reserva mágica, como principal criterio de selección; el linaje; la apariencia.
—¿Cuántas participantes hay en total? —preguntó el rey.
La voz del mirat sonaba indiferente, sin demasiado interés, y yo ya no percibía sus emociones.
—Treinta y siete —respondió alguien.
—¿Y dónde está la participante número treinta y siete?
—Es una vacía. Su reserva es nula.
—¿Cómo llegó a la selección?
—La magia era inestable —balbuceó el interlocutor de Su Majestad. Hablaba despacio, haciendo pausas, como una persona con obesidad extrema—. Fue un error.
—La eliminaremos después de la primera prueba, Later —ordenó el rey—. Piensa en una compensación. Fue un error nuestro. La participante no debe sentirse humillada.
—Sí, Su Majestad.
Ajá. Una compensación. La verdad era que la posibilidad de quedar eliminada de la selección me habría alegrado. Y además recibiría una compensación. Pasaría aquí un par de semanas como invitada y volvería a casa. El único problema era que, según las reglas, quien perdiera la marca debía abandonar el castillo de inmediato. Así que tendría que participar en aquel circo.
A la tercera hora, justo cuando empezaron a hablar del aspecto de las participantes, seguir allí sentada se volvió insoportable. En primer lugar, estaba cansada. En segundo, escuchar a unos hombres hablar con semejante cinismo de los muslos y los pechos de otras mujeres era sencillamente repugnante. El Tirano guardaba silencio, mientras sus consejeros ensalzaban sin parar los encantos de las participantes, como si tuvieran un interés personal en que ganaran. Tal como había supuesto, las favoritas eran la lvaya y varias mirat.
—Las lvayas solo parecen frías, Su Majestad. ¡Pero en la cama saben encender un incendio! —ceceó uno de los mirat.
Me entraron unas ganas tremendas de preguntarle si había comprobado aquella información en persona o si se había limitado a creer en la palabra de alguien.
—La lvaya es un partido magnífico —intervino otra voz—. Pertenece a un linaje noble. Su potencial mágico es extraordinario, pero desconoce nuestras tradiciones. Otra cultura, otras costumbres. Y, además, ¿acaso puede compararse la pasión de una lvaya con el amor de una mirat?
Yo no sabía nada del amor de las mirat, pero ya estaba dispuesta a salir de mi escondite y decirle al Tirano todo lo que pensaba de él. Por un lado, yo misma me había ocultado. Por otro, ¡él sabía que había una mujer escondida en su armario! ¡Podría haberse marchado a otra estancia para tratar los asuntos de Estado!
Para no acabar hecha una fiera, animé una pequeña serpiente que adornaba uno de los maniquíes. La figurilla de madera levantó la cabeza y me miró. Yo le devolví la mirada.
—¿No habrá por aquí una puerta secreta? —le pregunté a la figurilla sin demasiadas esperanzas.
Sí había una puerta secreta. Justo en la pared trasera del armario. Era una puerta para el servicio.
—¡¿Cómo no se me ocurrió antes?! —volví a susurrar, recogí el capullo mágico y me escabullí en silencio hacia el oscuro pasadizo.
Por suerte, no había giros ni bifurcaciones, y el pasadizo era bastante ancho y estaba iluminado por lámparas tenues. No resultaba muy cómodo, pero la luz bastaba para avanzar. Unos quince minutos después salí como un ratoncito cerca de las cocinas, donde varios cocineros trajinaban sin descanso, y unos minutos más tarde, de puro milagro, conseguí llegar al exterior. Por fortuna, todos estaban tan ocupados con la noticia sobre el rey que nadie prestó atención a una muchacha ajena al servicio. Bueno, o quizá mi hechizo de distracción funcionaba mucho mejor de lo que creía.
Regresé a mi habitación con sentimientos encontrados. Por un lado, debería haber estado rebosante de orgullo. Después de todo, había salvado al rey. Y no a un rey cualquiera. En aquel mundo, salvar al rey equivalía a salvar de la extinción a toda una raza. Tras la muerte del Tirano, difícilmente alguien habría podido controlar las fuentes. Los reyes y los emperadores eran una especie de estaciones distribuidoras dentro de aquel sistema. Si había comprendido bien la teoría mágica, la energía pura de la fuente entraba en el cuerpo de los gobernantes, se transformaba y solo entonces alimentaba a los demás. Sin la cabeza de la casa gobernante, toda la raza estaba condenada. La fuente seguía generando energía, pero nadie podía asimilarla en estado puro.