Renata
Me desperté antes del amanecer porque, a pesar de ser tan ancha, la cama se sentía estrecha y calurosa. Algo vibraba junto a mi espalda, como si durmiera al lado de una caseta de transformador, y una prensa de metal me ceñía la cintura. Intenté darme vuelta, pero la prensa se apretó aún más. Abrí los ojos con recelo. Lo primero que vi fueron dos caras de serpiente que me observaban sorprendidas. Una pertenecía a Bukhtenville y la otra, a nuestro parásito. Al parecer, la yanubu había intentado copiar el aspecto de la tortuga. Sin embargo, por ahora, de su cuerpo en forma de gota solo sobresalían un cuello largo y una cabeza en forma de cuña.
—Lady, no esperaba algo así de usted —siseó Bukhtenville.
Sin decir nada, bajé la mirada hacia el suelo, donde se suponía que debía dormir Tirano. El rey no estaba allí. Solo había una manta arrugada junto al sillón.
—¿Está detrás de mí? —pregunté en un susurro.
Bukhtenville asintió. La yanubu imitó el gesto de su amigo de piedra. Empecé a palparme la cintura. En efecto, los brazos del mirato me rodeaban con fuerza. Al parecer, era él quien ronroneaba a mi espalda como un gato de pueblo harto de crema agria robada.
Debía despertar al mirato o liberarme de su abrazo por mi cuenta; al menos intentar apartarme por una elemental cuestión de decoro. Pero justo cuando me disponía a hacerlo, una oleada cálida y reconfortante recorrió mi cuerpo y, en vez de alejarme, me acurruqué aún más contra el rey. «¿Qué me está pasando?», quise preguntar en voz alta, pero me abstuve de hacer preguntas innecesarias. No estaba segura de que fueran a gustarme las conclusiones de la tortuga de piedra.
Por suerte, la estatua estaba absorta en sus propias emociones y no reparó en mi desconcierto. La yanubu sí lo hizo. Pero, afortunadamente, el parásito no sabía hablar.
—Claro que eres hermosa —refunfuñó Bukhtenville—, ¡pero tu vínculo con Su Majestad es inadmisible! Lo entiendes, ¿verdad? Tú eres humana y él, un mirato. Él es el rey y tú... Por cierto, ¿quién eres? Ni siquiera sé de dónde viniste.
—Del monasterio de santa Iftaria.
—¡Eso! ¡Tú eres monja y él es el rey!
—No soy monja.
—En los monasterios viven monjas.
—Me dedico a educar huérfanos.
—¡Eso! ¡Eres una monja de huérfanos! ¡Y él es el rey! ¿Qué puedes ofrecerle al reino? No te ofendas, pero digo la verdad. Son de especies distintas, su fuerza no es la misma, no son compatibles. ¡Él tiene magia! ¿Y tú qué tienes? ¿Belleza? ¡La belleza no dura para siempre! ¡Son diferentes! ¡No son compatibles! ¡No tienes derecho a alentarlo! ¡Le romperás el corazón!
Sentí unas ganas tremendas de golpear a aquel charlatán con algo pesado. Como si yo hubiera arrastrado al mirato hasta mi cama. ¿Y por qué demonios toda la responsabilidad por las ocurrencias del rey recaía sobre mí?
—Tú y la yanubu tampoco son compatibles —repliqué, incorporándome un poco y apoyándome en un codo.
El rey reaccionó de inmediato a mi movimiento y apoyó su ancha frente entre mis omóplatos, mientras Bukhtenville intentaba inflar sus mejillas de mármol. No lo consiguió.
—¡Lo de Yuna es distinto!
Miré a Yuna, que parecía desconcertada. Jamás habría imaginado que esos parásitos tuvieran sexo. Aunque, por otra parte, ¿qué sabía yo de aquellas criaturas? Mientras tanto, Bukhtenville continuó:
—¡Él es el rey! ¡Y tú lo arruinarás todo! ¡La dinastía no tendrá continuidad! ¡Entonces los miratos se extinguirán! ¡Tu conducta frívola provocará una catástrofe! ¿O acaso eres una espía? ¡Una espía que quiere seducir y matar al rey!
—¿Y quién crees que querría matar a tu rey?
—¡Los nagas!
—¿Para qué?
—¡Los nagas quieren apoderarse de nuestras fuentes!
—Los nagas no pueden utilizar el poder de las fuentes de ustedes, del mismo modo que ustedes no pueden utilizar las fuentes de los nagas —le recordé a la tortuga las reglas más elementales.
Bukhtenville quiso objetar algo, pero en aquel momento el rey se movió y la tortuga y su amiga se escondieron de inmediato debajo de la cama. Solo pude maravillarme de la velocidad con la que ambos desaparecieron de la vista.
—¿Con quién habla, Lady?
—Conmigo misma, Su Majestad.
—¿Nunca le dijeron que mencionar a los nagas por la mañana trae mala suerte?
—¿Nunca le dijeron que meterse sin permiso en la cama de una desconocida también puede traer problemas?
—Yo no me meto en la cama de desconocidas —replicó mientras inhalaba ruidosamente junto a mi cuello.
En mi interior luchaban el deseo de poner los ojos en blanco de placer y el de golpear a aquel patán engreído.
—Su Majestad, deje de comportarse como un adolescente que ve a una mujer por primera vez y regrese a sus aposentos.
—Estoy en mi casa. Esta habitación, al igual que todo el palacio, me pertenece —replicó. La ancha palma del mirato se deslizó desde mi cintura y empezó a avanzar hacia mi muslo.
Me sentí como la protagonista de una telenovela brasileña. Me ardían las mejillas, me temblaban los labios y deseaba desesperadamente echar la cabeza hacia atrás y ofrecerle los labios para un beso apasionado. Sin embargo, luchaba con todas mis fuerzas contra aquel deseo inoportuno mientras intentaba pensar en cómo librarme de Tirano cuanto antes, antes de que fuera demasiado tarde. Pero no se me ocurría nada y el rey parecía ser descendiente directo de aquella serpiente bíblica. Un segundo después, yo ya estaba tendida de espaldas, con la respiración entrecortada, mientras el mirato se cernía sobre mí y me miraba directamente a los ojos.
No se me ocurrió nada mejor que intentar quitármelo de encima. Apoyé las palmas contra su pecho firme y solo entonces comprendí que ¡el mirato estaba desnudo!
—Lady, ¿alguna vez le dijeron que es una mujer increíblemente hermosa?
—A mí me dijeron que no conviene confiar en reyes que ni siquiera son capaces de recordar el nombre de una candidata de la selección. Así que haga el favor de desocupar mi cama.