La Dama y el Tirano

Capítulo 23.

Mientras tanto…

Para llegar hasta la casa que buscaba sin llamar la atención, la figura envuelta en una túnica negra tuvo que utilizar tres portales de corto alcance. Primero, el desconocido apareció cerca de una diminuta aldea en el valle de Trideri y descubrió con fastidio que la hierba verde había cubierto el árido valle y que varias siluetas de mirats se movían junto a las casas abandonadas. La magia colmaba la tierra reseca más rápido de lo que había calculado. Al percibir los cambios, los habitantes del reino se apresuraban a regresar a sus hogares.

La segunda sorpresa lo aguardaba en la pequeña ciudad de Rakitav, situada cerca de la frontera con el reino de los varhaes. Por fortuna para los Mardar, el asentamiento varhae más cercano se encontraba al otro lado de las montañas de Viratarak, lo que les permitía ocultar a sus vecinos el lamentable estado del Rey. Aquel día, la ciudad fronteriza parecía haber cobrado vida. Por primera vez en cinco años, las luces mágicas se habían encendido y los vigías habían vuelto a elevarse por los aires. Eso significaba que los faroleros ya disponían de magia suficiente para recargar los artefactos. Y cuantos más indicios del renacimiento del reino veía, más crecía la ira en su pecho.

El último portal lo condujo al patio de una pequeña mansión. La casa se alzaba lejos de la ciudad de Badiram, al borde de un acantilado. Solo era posible llegar hasta allí mediante portales, y pocos habitantes de las ciudades cercanas podían presumir de haber visto alguna vez en persona a quienes vivían en aquella casa.

Una mirat anciana salió a recibir al visitante. Era evidente que su presencia no le agradaba, pero no lo echó. Le indicó con la mano la entrada de la casa y se aseguró de que pasara a la sala, donde la dueña de la mansión ya lo esperaba.

La casa pertenecía a lady Pirator. Era mestiza, hija de un humano común y una mirat. Sin embargo, por fuera solo se diferenciaba de los humanos por su estatura y resistencia. Los genes de su padre habían resultado más fuertes, y lady Pirator no había heredado nada de su madre. Tras la muerte de su padre, vendió todo cuanto había recibido de él y se mudó a la mansión de su difunta madre. Allí había pasado los últimos quince años, procurando no relacionarse casi con nadie, a excepción de su dama de compañía y del visitante que acababa de entrar en la sala.

—¿Cómo pudo ocurrir? —preguntó Pirator con aire pensativo—. Diez años. ¡Diez años de trabajo arrojados a las llamas!

La dueña de la casa permanecía de cara a la ventana y no vio cómo el visitante se quitó la túnica y se sentó en un sillón. Ella continuó hablando de la frustrada muerte de Tirano:

—Tanta magia, tanto esfuerzo… Creí que matar a Tirano sería más fácil que matar a su padre. ¿Y cuál fue el resultado? ¿Cómo logró sobrevivir?

—No lo sé —respondió por fin el visitante—. El Rey debería haber muerto al principio de la selección.

—La magia está regresando. Mira el jardín. Las flores han vuelto a abrirse.

El visitante ignoró la invitación a contemplar el jardín. No quería ver una prueba más de que el Rey no solo había sobrevivido, sino que ahora era más fuerte que diez años atrás, cuando acababa de ascender al trono.

—¿Averiguaste qué ocurrió?

—Nadie lo sabe. Los sirvientes guardan silencio. Hablan del poder de Iftaria.

El silencio se apoderó de la sala. La mirat anciana que había recibido al visitante en la puerta entró en la habitación y se sentó en el sillón de enfrente. Cruzó una pierna sobre la otra y apretó los labios. Solo entonces el visitante pudo observar su rostro con atención y advertir, no sin sorpresa, cuánto había cambiado desde su último encuentro: tenía menos arrugas, su capucha marchita parecía haber aumentado de tamaño y sus ojos opacos se habían aclarado.

—¿Por qué aún no se han deshecho de la impostora?

La mirada de la anciana pareció atravesar al visitante, como una aguja que traspasa el cuerpo de una mariposa.

—No podemos expulsar de la selección a una candidata que lleva una marca —intentó justificarse el visitante con incomodidad.

—¿Cómo apareció la marca en ella? ¡¿En una nulidad?! —exclamó indignada la dueña de la casa, volviéndose por fin hacia los presentes.

—Entonces no es tan nula como todos creen —dijo la anciana con malicia. En aquel momento, el visitante vio desaparecer dos manchas de vejez de su rostro.

La fuente mágica de la mirat se estaba llenando, borrando las huellas de la edad y restaurando su cuerpo. Solo entonces empezó a comprender cuán rápido recuperaba su fuerza la magia de los Mardar.

—La mujer está vacía. Ni siquiera tiene reserva mágica. Es humana.

—La marca demuestra lo contrario —insistió la anciana.

—La marca que lleva no pertenece a los Mardar.

El visitante no quería revelarlo, pero acabó cediendo ante la presión de sus interlocutoras. Las mirats intercambiaron una mirada. La más joven se apartó de la ventana y ocupó el sillón que quedaba libre.

—¿De qué estás hablando?

—La mujer lleva la marca del Dios. Solo el engendro de los Mardar puede quitársela.

—¿La marca de Iftaria? —El miedo se hizo oír en la voz de la anciana.

—Intentamos eliminarla. Ningún hechizo surte efecto contra ella.

Las mirats volvieron a intercambiar una mirada.

—Entonces deshazte de la muchacha, si no puedes quitarle la marca. ¡¿Acaso no ves las consecuencias que esto puede tener para nosotros?!

Renata

Estábamos sentados en un acogedor comedor del tamaño del gimnasio de una escuela. La estancia se llamaba el «Comedor Pequeño», aunque a mí me parecía que era el doble de grande que el salón donde desayunaban las participantes de la selección.

Durante el almuerzo nos atendían tres mirats: jóvenes, ágiles y curiosas. Absorbían con avidez cada sonido, de modo que pasamos la mayor parte de la comida en silencio, sentados uno frente al otro. De vez en cuando intercambiábamos frases sin importancia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.