La familia Logan no se encuentra en la finca cuando llegamos, el mayordomo le explica a Freddy que salieron a visitar amigos y que no volverán hasta la noche.
Aquello me da la calma necesaria para acomodar mis emociones. Las últimas horas han sido una avalancha de eventos. Primero escapar del mesón y luego Fred oficiando nuestro enlace en el carruaje.
No creo que jamás haya habido una boda tan improvisada como la nuestra, pero tampoco habrá una más perfecta. Extraños o no, lo que sentimos es real, intenso y puro. ¿Quién puede equivocarse cuando se tiene al corazón de guía?
Esta mañana abrí los ojos como una mujer condenada a un destino miserable, encadenada a un hombre perverso que pretendía someterme bajo su voluntad. Al caer la tarde soy otra. Casada con un compañero que me hace sentir valorada y que me trata con respeto, una mujer que acaba de descubrir lo que es el amor de una forma que pensé que jamás llegaría experimentar.
Encojo mis pies descalzos sobre el colchón y abrazo mis piernas. Freddy está redactando algo sobre el escritorio junto a su ropero. El bailoteo de la vela crea sombras que acarician su perfil mientras escribe. Se ve más apuesto que nunca con el cabello alborotado y la camisa desajustada y llena de arrugas.
—¿Qué escribes? —pregunto en voz suave en tanto que paso una mano por mi propio cabello, el cual Fred tuvo a bien soltar cuando entramos a su alcoba. <Quiero verte tal cual eres> dijo entre beso y beso antes de remover las horquillas que sostenían mi peinado. A mí me hizo feliz darle gusto, dejar que me despeinara, que me conociera tal cual era su deseo.
Fred alza el papel y me lo muestra, pero la luz es insuficiente para que alcance a ver.
Me encojo de hombros para que sepa que sigo en las mismas.
—Nuestra acta de matrimonio —me aclara con una sonrisa.
—Oh, pero pensé que no te quedaban más actas —señalo con la risa punzando en mis labios.
—Aparecieron mágicamente en mi cajón —exclama con fingida inocencia antes de soltarse a reír. Luego se levanta de la silla y camina hacia mí. Reconozco el objeto en sus manos aún de lejos. Cuando llega a los pies de la cama, me tiende el libro de poemas.
—Por cierto, esto es tuyo. Lo encontré a la orilla del camino saliendo de la finca.
Tomo el libro, una de las cubiertas presenta raspaduras, pero, por lo demás, está en buen estado.
—Lo siento, no fui yo…
—No tienes ni qué decirlo, cariño. Ya imagino lo que pasó: la plaga.
Suelto una risilla suave.
—La plaga —confirmo.
—Todo eso quedó en el pasado. Ese hombre no volverá a atormentarte.
Fred se sienta a mi lado en el colchón e introduce su mano entre mis cabellos negros; luego me acerca a él para besarme.
—Oh, Fred… —suspiro cuando nuestros labios vuelven a separarse—. ¿Enloquecimos? Me parece que sí, esto se siente irreal…
Fred toma mis dos manos y se las lleva al corazón.
—Innessa, estoy aquí, soy tuyo. No hay nada más real que eso —susurra.
Mi pecho palpita de emoción.
Me pego un poco más a él, Fred suelta mis manos para rodearme con ambos brazos y yo recargo mi cabeza sobre su hombro.
—Si enloquecí al escapar del mesón, me alegra estar loca de remate —expreso aferrándome a mi esposo.
Un par de golpes a la puerta y luego la voz del mayordomo al otro lado.
—Disculpe que lo moleste, pero creí que le gustaría saber que sus padres han llegado —anuncia.
Un escalofrío me recorre la espalda mientras me incorporo. Esta pequeña burbuja de alegría va a reventar; hasta ahora, nuestro matrimonio de improvisto y mi escape han sido cuestiones privadas que solo existen entre Fred y yo, pero es hora de afrontar al mundo externo, que todos sepan lo que hicimos.
Unos dedos me toman de la barbilla suavemente. Fred levanta mi rostro para que encuentre su mirada.
—Quita esa cara de espanto, cariño. Todo estará bien —me asegura en tono tan convincente que casi le creo.
Fred y yo nos alistamos rápidamente y bajamos tomados de las manos.
Los Logan se encuentran descansando en la sala junto a la chimenea. Los tres miran hacia el fuego, por lo que no nos ven entrar.
—Buenas noches —saluda Fred.
—Ay, hijo, no vas a adivinar el rumor del que nos enteramos en casa de los Norris —empieza a contar la señora Logan en tanto que se quita los pendientes de oro—. ¿Recuerdas al señor Pontecorvo y a su prometida? Cenaron aquí hace unos días. Pues resulta que la novia, la señorita Casper, está desaparecida. Estaban en el restaurante de tu amigo y la joven salió sin decir adiós. Nadie sabe a dónde fue. Pontecorvo la está buscando como loco, armó un escándalo en plena calle.
—¿No estabas tú con Liam, Fre…? —A Nancy se le corta el aliento tan pronto como gira la cabeza y me ve de pie en la estancia tomada de la mano de su hermano—. ¡Mamá, papá! —los llama en tono de urgencia, como si no se encontraran sentados a su lado.
Los Logan se giran finalmente, alertados por la voz chillona de su hija menor.
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Editado: 25.09.2026