La señora Logan pasa sus dedos por la costura de la cortina y frunce el entrecejo.
—Qué hechura tan mediocre, las cortinas de la calle Victoria son de mucho mejor calidad —se queja.
Fred baja el libro a su regazo y suelta un largo suspiro.
—Las cortinas de la calle Victoria cuestan el doble, madre querida —señala con una ceja enarcada—. Estas cubren el sol igual y podemos costearlas.
Mi suegra deja caer los hombros con tanto dramatismo como si le hubiera anunciado que comeremos cartón para la cena.
Últimamente, el parecido entre Nancy y mi suegra se ha acentuado. Si bien la señora Logan es mucho más madura que su hija, ninguna de las dos ha logrado adaptarse bien a nuestra nueva realidad.
La criada, la única que podemos permitirnos, se asoma al salón.
—Señora, su esposo ha despertado y pregunta por usted —anuncia tímidamente.
—Subiré de inmediato —responde ella al tiempo que suelta la cortina y luego se gira hacia mí—. ¿Ya está lista la infusión?
—Permítame revisar —digo antes de ponerme de pie de un brinco y salir del salón.
El pasillo que lleva a la cocina es largo y estrecho, pensado principalmente para la servidumbre, pero en la actual situación nosotros debemos encargarnos de la mayoría de las tareas de la casa. Ya no hay diferencia entre las áreas para la servidumbre y los señores, todos andamos por todas partes.
Sirvientes solo tenemos una y la casa, si bien no es la enorme mansión de la finca Alegría, tampoco tiene un tamaño despreciable. Entre Nancy y yo nos encargamos del aseo y la comida, en tanto que mi suegra se ocupa de cuidar del señor Logan, quien, aunque mejor, sigue en un estado de terrible dolor e invalidez. Fred se encarga de administrar lo poco que tenemos y de traer más dinero a casa oficiando todas las bodas posibles. Si bien nuestro estilo de vida es bastante menos cómodo que antes, yo nos considero muy afortunados.
Cuando se esparció la noticia del ataque y la gente se enteró del estado del señor Logan, muchos de quienes le debían dinero de cosechas pasadas se acercaron a saldar sus deudas. Con eso pudimos alquilar esta casa en el elegante vecindario de las rosas, a solo unas calles de la que ocupé con mi familia y Alaric a mi llegada a Encenard.
El dinero también alcanzó para comprar algunos muebles, algo de ropa para todos y pagar las muchas atenciones médicas necesarias para sacar adelante a mi suegro.
Para subsistir y comer dependemos de lo que gana Fred; y yo, como un pequeño proyecto aparte, he empezado a vender mis remedios entre la gente del vecindario. No es mucho y mi suegra se rehúsa categóricamente a llamarlo trabajo, puesto que, según ella, sería deshonroso que se supiera que una dama Logan tiene un empleo, pero es un pequeño aporte al hogar y una actividad que me hace muy feliz.
Entro a la cocina y me acerco al fogón. Dentro de la olla hierve la mezcla que preparé para los dolores del señor Logan. Él está tomando el medicamento que le da el doctor Moss, lo que yo le preparo es solo una ayuda extra para estar mejor y él asegura que le sienta de maravilla; así que la sigo preparando a diario para él.
Vierto la mezcla en una taza y vuelvo al salón. Mi suegra estira la mano en cuanto me ve.
—Eres la mejor, Innessa. Qué afortunados somos de tener tus remedios —dice antes de encaminarse hacia las escaleras.
Fred deja el libro sobre la mesita que tiene junto y me hace una seña con la mano para que me acerque a él. En cuanto me tiene a su alcance, me toma de la falda y tira de ella para que me siente sobre su regazo.
Yo lo hago la mar de feliz y paso mis brazos alrededor de su cuello.
—Al menos podremos descansar un rato de sus quejas sobre las cortinas —bromea mi esposo entre dientes.
Acallo una risita contra mi mano.
—Oh, qué malo eres, tu madre solo desea que la casa se vea bonita —señalo.
La alegría se desdibuja de la expresión de Fred.
—Lo sé, pero ni las mejores cortinas, ni los mejores muebles harán la diferencia. Madre no estará satisfecha mientras vivamos aquí… Ella extraña la finca y eso no puedo dárselo. —Los acentos de dolor en su voz me atenazan la garganta.
Beso su frente, su nariz, sus ojos y sus mejillas, como si mis muchos besos pudieran remediar su pena.
—Oh, Fred, has hecho las cosas tan bien… No seas duro contigo mismo —le aconsejo entre besos.
Estoy profundamente orgullosa del modo en que logramos salir adelante estas últimas semanas. Pasamos de no tener ni siquiera ropa a tener un techo y armar una nueva vida. No obstante, por más que Fred trabaje o yo venda mis remedios, recuperar Alegría está fuera de cuestión. No tenemos modo de reunir el dinero necesario para levantar de nuevo la finca y restaurar lo que el fuego consumió. La única opción viable que queda es vender los terrenos y sacar algo de provecho de ellos; estas semanas Fred ha recibido varias ofertas de interesados, pero ha decidido esperar a que su padre se recupere por completo para que sea él quien tome la decisión de a quién venderle.
Por ahora, Alegría es un recuerdo dormido y no despertará hasta que un nuevo dueño llegue a sacudirla.
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Editado: 25.09.2026