Nancy y mi suegra no dejan de cuchichear camino escaleras abajo. Quisiera escuchar lo que dicen, saber qué piensan acerca del motivo por el que el rey está aquí. Lamentablemente, yo voy andando al lado de la señora Elena, quien no pronuncia ni media palabra o muestra la menor afectación por la inesperada llegada. Fred va hasta delante de todas y nos guía hacia el salón.
Fabián está acompañado por dos altas figuras. Dos hombres de porte elegante. Uno, un hombre de espalda ancha y cabello encanecido, con arrugas en las comisuras de sus labios y ojos. El otro solo se puede describir como un monumento. Alto, gallardo, de ojos azules como el cielo y una ferocidad lobuna. Ese es el rey Esteldor, adivino aun antes de reparar en la corona de oro sobre su cabeza.
Hago una reverencia en perfecta sincronía con las demás mujeres. Al alzar los ojos, veo que el rey me está mirando directamente.
—Así que tú eres la belleza que desató una tormenta de fuego —dice analizándome con la mirada.
Su inspección no se siente invasiva, no me mira con desprecio, deseo o reproche. Solo tiene curiosidad por conocerme y, como el rey, se siente con el derecho a escrutarme; pero nada en su conducta despierta mis alarmas.
—Ella es Innessa, mi esposa, Majestad —me presenta Fred modulando la voz para escucharse especialmente respetuoso.
El rey da un seco asentimiento, luego se gira hacia las Logan.
—¿Cómo está Paolo? ¿Qué dijo Moss?
—Malherido y con mucho dolor, pero confiamos en que salga adelante, Su Majestad —contesta la señora Logan con reverencia—. Las quemaduras de dragón son especialmente atroces.
El hombre que acompaña al rey sacude la cabeza con pena.
—¿Qué hay de su propiedad? —inquiere Su Majestad.
La señora Logan y Freddy niegan a un tiempo, el pesar en su mirada da la respuesta antes que sus labios.
—Me temo que ya no existe, Su Majestad —se lamenta Fred—. No debió molestarse en venir. Yo solo le informé a Connor para ponerlo al tanto, no esperaba que usted se tomara el tiempo de visitarnos —dice Fred.
—Encenard es mi reino y yo puedo ir a donde me venga en gana —replica Esteldor con dureza, a lo que Fred encoge el cuello amedrentado. Luego, el rey pasa su intensa mirada sobre el resto de los presentes—. Lo que pasó anoche no solo afecta a los Logan y a las fincas vecinas, sino que pone en peligro nuestra alianza con Dranberg.
Abro los ojos tanto como me es posible, incrédula ante lo que escucho. Los demás quedan tan sorprendidos como yo.
—Su Majestad ha permitido la entrada de dragones durante años en el entendido de que somos reinos aliados y que Dranberg jamás usaría su fuerza letal en nuestra contra. El ataque de anoche lo cambia todo, no podemos tener una alianza sin la garantía de seguridad —explica el acompañante de Su Majestad en voz consternada—. En todos mis años como mano del rey, jamás pensé ver una guerra entre Encenard y Dranberg. Lamentablemente, lo ocurrido amerita una respuesta firme de parte de Su Majestad.
—¿Guerra? —suelto en un suspiro ahogado.
—Oh, creo que necesito sentarme —dice la señora Logan antes de mirar a uno y otro lado.
Rápidamente, Nancy le acerca una silla y la ayuda a tomar asiento.
Yo no me encuentro mucho mejor que mi suegra. Este matrimonio no deja de traer desgracias. Mi familia lo perdió todo, los Logan también y ahora se cierne la amenaza de una guerra sobre nosotros. ¿Cuántas personas perderán la vida porque no quise resignarme a mi destino?
—Les suplico que no vayan a la guerra —irrumpo frenética y desesperada—. Lo que Alaric quiere es a mí, si me entregan a él todo acabará…
—¡Innessa! —exclama Fred dándole un suave tirón a mi mano—. Nadie va a entregarte a ese hombre, ¿qué dices, cariño?
—Es la única salida, no puedo permitir que sigan sucediendo tragedias por mi causa —explico tan nerviosa que rompo en hipo.
—Muy noble de su parte, señora, pero me temo que de nada servirá —dice el acompañante del rey—. Para empezar, el ataque a nuestro territorio ya sucedió y, segundo, el responsable abandonó el reino.
—¿Alaric se fue? —pregunto incrédula.
—Anoche partieron los dos dragones. Probablemente creyó que había acabado con todos en Alegría y que su trabajo estaba terminado —me explica el caballero.
—De tenerlo aún en mi reino, ya me habría encargado de hacerlo pagar —dice el rey—, pero el muy cobarde escapó incluso antes de que me enterara de lo sucedido.
—Al menos debemos agradecer que empleó solo uno de sus dragones en el ataque, de haber sido los dos, el daño habría sido aún más considerable —comenta el señor Fabián.
Reflexiono unos instantes en lo dicho por él. Ni siquiera he tenido tiempo para pensar en ello, pero es verdad que Alaric actuó solo. Lo que significa que, ya sea que Otis se rehusó a ayudarlo o que no le informó a mi familia que pensaba acabar conmigo. Saber que mi hermano no participó en mi muerte es un pobre consuelo tras todo lo vivido, pero un consuelo al fin.
—Pero si hay una guerra, no solo serán uno o dos dragones, vendrán miles —señala Nancy en voz trémula.
La señora Logan suelta un chillido horrorizado al tiempo que se hunde más en su silla.
—Miles no tienen, pero sí serán bastantes más que dos —replica el señor Fabián.
El miedo se asienta en todos los presentes, lo veo en sus expresiones y no los culpo. La fuerza de Dranberg es imparable, lo de anoche será un juego de niños si se desata una guerra entre ambos reinos.
—Quiten las caras largas, esa no es forma de enfrentar una amenaza —se exaspera el rey, sus ojos azules recorren el salón llenos de censura—. Además, la guerra no es un hecho. Mi deber es proteger a mis súbditos y primero buscaré el modo de evitar el conflicto. Caramba, mi Odette vive en Dranberg y mi hijo Alexor está casado con una Mondragón, lo último que quiero es terminar con años de alianza y amistad. Por lo pronto, he puesto un alto al comercio entre ambos reinos, no entrará ni un solo dragón a Encenard hasta que el rey Draco responda de manera satisfactoria a mis demandas.
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Editado: 25.09.2026