Al atardecer, un carruaje de alquiler se presenta a la finca. Son Otis y mamá.
Los recibo en el vestíbulo junto a los Logan. Las palmas me sudan, mi corazón late al máximo.
Mamá entra a la mansión con expresión desdeñosa, más parece que llegó a un basurero. Su ojo mira soberbio los muros, el techo y los muebles, todo con cara de que es poca cosa.
Otis, a su lado, mantiene la expresión vacía. Actúa como un guardia apostado a las puertas de un castillo, no muestra alegría, ni disgusto; solo está ahí, carente de emociones, haciendo acto de presencia.
—Buenas tardes, bienvenidos a Alegría —saluda el señor Logan—. A mí y a mi hijo ya nos conocen, permítanme presentarles a mi esposa Joana y a mi hija Nancy.
—Es un placer tenerlas aquí —dice la señora Logan y acompaña sus palabras con una inclinación que ni mamá ni Otis devuelven.
Mamá sigue en su análisis, ni siquiera se ha dignado a mirarme una sola vez.
—Me gustaría poder decir lo mismo, pero la circunstancia me lo impide —responde fríamente.
Qué diferente es el tono que emplea para hablar con los Logan, muy lejano al indigno servilismo que muestra ante Alaric.
Los Logan intercambian una rápida mirada.
—Sí, la entendemos, este casamiento nos tomó a todos desprevenidos, pero creo que como padres podemos acordar que lo más importante es que nuestros hijos sean felices —dice el señor Logan.
—Se equivoca categóricamente, caballero. La felicidad es secundaria, lo importante es el honor, cumplir la palabra que uno da y el deber que se tiene a la familia. —Esta vez sí que mamá me mira, aunque solo fugazmente—. Mi disgusto es enorme y vengo a poner remedio a este error.
No tan discretamente como debería, Nancy suelta una exhalación de descontento. A mi cuñada no se le da bien contener sus impulsos.
La señora Logan da un paso al frente en actitud conciliatoria.
—Está usted en su derecho de sentir enfado, señora Casper. ¿Por qué no pasamos a la sala? La cena pronto estará lista y podremos hablar de…
—Ni yo ni mi hijo nos quedaremos para la cena. Esta no es una visita cordial para enmendar el atropello que su hijo cometió contra mi familia. Si estoy aquí es meramente para hablar con mi hija —la corta en voz fría y golpeada—. Apreciaría si me concedieran un momento a solas con Innessa, por favor.
—Si Innessa acepta, será un placer —contesta Fred e inclina el rostro hacia mí para aguardar mi respuesta.
Mamá vuelve a mirarme, Otis también.
Asiento ligeramente. La perspectiva de estar a solas con mamá es poco alentadora, pero si Fred pudo enfrentarse a Alaric, yo debo hacer lo mismo con mi familia. No puedo ocultarme para siempre dentro de Alegría.
—Pasen al salón de dibujo, ahí tendrán privacidad —dice la señora Logan señalando una puerta al fondo.
Llevo a mamá al salón que dispuso mi suegra y cierro la puerta tras nosotras.
En cuanto me giro, mamá me cruza el rostro de un bofetón.
—¡Tonta! ¿Cómo pudiste? —sisea entre dientes—. ¡Lo arruinaste todo!
Me llevo la mano a la mejilla, esta palpita de dolor.
—Dijiste que a veces una tiene que hacer lo que sea necesario para sobrevivir —digo con la boca apretada.
—¿Y no se te ocurrió algo mejor que casarte con un pobretón? —Se tira del cabello con tal fuerza que mechones negros salen de su peinado—. ¿Olvidaste lo que dijo Pontecorvo de esta gente? Esto que ves es humo. —Le da un manotazo a la pared más cercana—. ¡Esta familia no tiene un centavo!
Miro hacia la puerta, aunque dudo que alguien pueda escucharnos. De algún modo, mamá se las está arreglando para susurrar y gritar simultáneamente.
—Yo no estoy con Fred por interés.
—Ah, entonces, ¿planeas ser una muerta de hambre por amor? ¡Qué romántica saliste!
—Muerta de hambre estaba junto a Alaric. ¡No me dejaba comer y tú lo consentías! —La acuso con mi mano temblorosa apuntando hacia ella—. Cada día era una nueva humillación y tú y Otis se hacían de la vista gorda.
—¡Deja el dramatismo, Innessa! Te dije que debías esperar unos meses y haríamos algo al respecto…
—¿Qué? ¿Tener un hijo de Alaric para después envenenarlo? ¿Ese era tu plan? —pregunto horrorizada.
Mamá chasquea la lengua, nada en ella apunta a que sienta la menor vergüenza ni por venderme a Alaric, ni por pensar en matarlo. Todos somos piezas en su siniestro tablero, servimos un propósito y no tiene tiempo para los reparos.
—Mi plan era no acabar en la calle. Conservar nuestro hogar y el legado de tu padre, ¿es eso tan terrible? Lo único que quiero es salvar a esta familia de la ruina, pero vaya que te empeñas en ponérmelo difícil, niña ingrata. Pontecorvo era la solución a todas nuestras dificultades y aun puede serlo. Si vuelves conmigo y le pides perdón, seguro que él te toma de vuelta. No estará contento, pero con el tiempo y si te esmeras, sabrá perdonarte…
—No volveré. No puedes obligarme. —Doy un paso hacia atrás.
Mamá me acribilla con la mirada.
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Editado: 25.09.2026