Tormenta de Fuego

Capítulo 24

Connor no exageró acerca de la cercanía de la corte. Tan pronto salimos del castillo, llegamos al solemne edificio de piedra en donde se imparte la justicia de este reino.

La intranquilidad se me enrosca en las tripas. Voy andando con la respiración agitada mientras me imagino toda clase de escenarios catastróficos: El juez de Encenard determinando que lo que Fred y yo hicimos es ilegal y forzándome a volver al lado de Alaric; Fred acabando en prisión por hacer mal uso de su nombramiento, Alaric convenciendo al juez de pronunciarnos marido y mujer en el acto.

Cada escena en mi mente es peor que la anterior, para cuando cruzamos las puertas de acceso soy un escalofrío humano.

La sala de audiencia cuenta con un estrado para el juez, una mesa y varias bancas para los demás. Sin embargo, nadie está haciendo uso del mobiliario. Al centro del salón hay cuatro personas de pie discutiendo: el matrimonio Logan, un hombre alto de cabello encanecido en las sienes y Alaric.

Si bien los Logan y el juez se escuchan acalorados, su ímpetu al hablar es un juego de niños comparado con lo desquiciado que se encuentra Alaric. Él va de un lado a otro agitando un papel en la mano, su voz sale a gritos e incluso golpea la mesa con el puño cuando vamos acercándonos.

—Señor Pontecorvo, ya le dije que se tranquilice o lo sacaré de mi corte —le advierte el juez con evidente irritación.

—¿Cómo quiere que me calme? ¡Esto es un atropello! ¡Me quitaron lo que es mío! —se defiende Alaric.

El señor Logan se frota la nuca, frustrado. Entonces se percata de nuestra llegada por el rabillo del ojo y su semblante se ilumina.

—¡Ah, ya están aquí! —celebra.

El resto de la sala se gira hacia nosotros. La mirada de absoluto odio que Alaric nos lanza me afloja las rodillas. Está más desquiciado que nunca y ese es solo el comienzo, puesto que en el segundo que nota que voy de la mano de Fred, su ira estalla hasta las nubes.

—¡De mí nadie se burla! —exclama antes de abalanzarse sobre mí.

La sangre abandona mi cuerpo. Lo único que atino a hacer es a encoger el cuello y cerrar los ojos.

Va a matarme, está tan loco que lo creo capaz de matarme. Tenso el cuerpo a la espera del primer golpe o de que sus manos se cierren alrededor de mi cuello para estrangularme. Sin embargo, nada de eso sucede.

Vuelvo a abrir los ojos. Enfrente de mi hay un muro conformado por Fred, Connor y el señor Logan, quienes le plantan cara a Alaric impidiéndole llegar a mí.

—No le pondrás un dedo encima a MI esposa —dice Fred con una frialdad que jamás imaginé escucharle.

Alaric mira a Fred como algo que se le pegó a la suela de la bota.

—No es tu esposa, pedazo de inepto, ¿acaso no te informaron por qué estás aquí? —masculla de vuelta.

—Señor Pontecorvo, está es la segunda advertencia, si no puede comportarse de forma civilizada, haré que lo saquen de mi corte —advierte el juez con creciente impaciencia.

Alaric se acomoda la capa y da unos pasos hacia atrás. Mi muro protector se abre en cuanto él se aleja.

—La plaga… ahora comprendo —masculla Connor al volver junto a su esposa.

Rebecca asiente en tanto que le lanza una mirada de rechazo a Alaric.

Yo vuelvo a aferrarme a la mano de Fred y he de transmitirle mi ansiedad, puesto que él se gira para dedicarme una brevísima sonrisa reconfortante.

—Así que ella es la joven en cuestión, la señorita Casper.

La voz del juez nos obliga a girarnos hacia él.

—La señora Innessa Logan, mi esposa, juez Russo —corrige Fred en voz decididamente más amable.

—¡No es tu esposa! —señala Alaric detrás del juez.

—¡Aprende a perder! —espeta Fred.

—Me temo que Pontecorvo habla con la verdad, hijo. Tuviste una omisión importante —dice el señor Logan con expresión apologética.

Me inclino hacia el frente, entre intrigada y deshecha de angustia.

—¿Omisión? —repite Fred ladeando la cabeza.

Alaric agita el papel en su mano una vez más.

—Para que un matrimonio sea válido, debe contar con al menos un testigo, Logan —apunta el juez Russo con una ceja enarcada—. El señor Pontecorvo consultó las actas y se percató de que la tuya no cuenta con testigo… Te dedicas a oficiar casamientos, ¿no?

Alaric da un par de zancadas hacia nosotros sin dejar de agitar el papel. Es nuestra acta de matrimonio… de nuestro inválido matrimonio.

—¡Mil duendes, el testigo! —exclama Fred al tiempo que se lleva la mano a la frente.

Suelto a Fred y doy un paso hacia atrás. El pecho se me inunda de sentimientos, tristeza, decepción, miedo.

—Ay, Freddy amigo… solo a ti te pasa eso —masculla Connor a nuestras espaldas.

El juez suelta una sonora exhalación.

—Logan, estoy muy consternado por este error. Temo por la validez del resto de los matrimonios que has oficiado, ¿tendremos que revisar todas las actas para verificar que hayas hecho bien tu trabajo? —inquiere en tono displicente—. Al rey no va a hacerle gracia la noticia, sabes cuanto odia Su Majestad la incompetencia.




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