Doy vueltas a la cama una y otra vez, no me atrevo siquiera a cerrar los ojos. Temo que la puerta de la habitación se abra en cualquier momento y Alaric entre para arrancarme del lecho y llevarme de vuelta a Dranberg.
Imagino la escena una y otra vez, Alaric arrastrándome lejos de Fred, mis gritos; todos intentando detenerlos, pero él es más fuerte, me monta sobre su dragón y me lleva lejos.
A pesar de que las imágenes en mi cabeza son falsas, la inquietud que me provocan es real. Me estremezco sobre el colchón y aferro mis manos a las mantas.
—No eres de sueño profundo, ¿eh? —masculla Fred con voz adormilada. Mi esposo pasa su brazo sobre mi cuerpo para atraerme a él—. Afuera sigue oscuro, ¿qué haces tan alerta?
—¿Te desperté? Lo siento. Me encuentro muy intranquila.
—¿Qué te tiene intranquila, mi bien? —pregunta él antes de ahogar un bostezo contra su mano.
En mi mente resuena la amenaza de mi madre. En especial lo que dijo respecto a Alaric. Me duele perderlos a ella y a Otis, pero lo que me quita el sueño es no saber qué planea hacer el iracundo señor Pontecorvo.
—Que Alaric busque venganza. Él no es de los que se conforma con solo gritar. Encontrará una salida para su ira… vendrá en nuestra contra.
—Que venga, no temo a los bravucones.
—Oh, Fred, bueno fuera que se tratara de un bravucón, pero es un loco, un hombre enfermo de poder…
Fred me acuna contra su cuerpo y besa mi sien.
—Basta, Innessa. Comprendo tu aprensión, durante mucho tiempo él tuvo dominio sobre ti, no veías salida de sus garras y perdiste de perspectiva que Pontecorvo es solo un hombre, pero, cariño, tus días de temerle quedaron atrás. Yo nos mantendré seguros. Aunque la plaga lo intente, no dejaré que nos haga daño. Por favor, deja que yo me ocupe, tú olvídate de ese sujeto.
Me aprieto más contra Fred. Su calidez me infunde calma y no solo la que proviene de su cuerpo, sino de sus palabras, de la paciencia y el cariño que emplea al hablarme.
—Lo intentaré —le prometo.
Fred lleva sus labios a mi oído.
—Quiero ser el único hombre que ocupe tus pensamientos —susurra y, aun en la oscuridad, puedo vislumbrar la sonrisa traviesa que curva su boca.
El pecho me aletea.
—Lo intentaré… —repito en voz baja—. Por ahora, puedo asegurarte que eres el único en mi corazón y que siempre será así.
—Un excelente inicio.
El abrazo de Fred me ayuda a conciliar el sueño. Cuando despierto, mi esposo ya no está en cama y los rayos del sol entran con intensidad por la ventana. Debe ser casi el mediodía.
Me alisto para bajar. El primer lugar en el que busco es el comedor. La mesa está despejada excepto por mi lugar, en donde un cubreplatos resguarda lo que asumo es mi desayuno. El resto de la familia debió consumir sus alimentos a la hora correspondiente.
Destapo el plato y descubro una generosa porción de huevos, carnes frías y pan con mantequilla. Todo se ve exquisito y es tanto que dudo que logre acabármelo.
La comparación con mi situación de hace unos días es inevitable. Sé que Fred no sirvió mi plato, que probablemente lo hizo un sirviente, pero es fantástico vivir con gente que no espera que subsista de té y zanahorias asadas.
Dejo el desayuno para más tarde y reanudo la búsqueda. Voy a la sala, luego a la biblioteca y a la oficina. No hay rastros de la familia. Sigo hacia el balcón en donde al señor Logan le gusta fumar pipa.
El olor a tabaco y el ruido de voces apagadas al acercarme me indican que he dado en el blanco. La conversación se hace inteligible conforme me aproximo.
—¿Hay algún otro prospecto? —pregunta Fred en voz inusualmente seria.
—No —contesta su padre—. Al menos no en la ciudad. Tal vez si bajamos los precios y ofrecemos la cosecha en Poria…
—Con los precios que manejamos apenas obtenemos ganancia, si los bajamos más…
Hago un alto en seco, en lugar de salir al balcón me quedo cerca de la puerta escuchando.
Donde estoy, las espaldas de Fred y su padre son visibles, pero no sus rostros.
—¿Qué opción nos queda, hijo? Contábamos con el trato con Pontecorvo, ahora… probablemente la única salida sea vender la finca —la forma en la que la voz del señor Logan se quiebra deja de manifiesto el enorme dolor que esa conclusión le provoca.
La culpa me atraviesa. Mi locura no solo hará que se pierda la casa de mi familia, sino también la de los Logan.
—No, eso no. Estas tierras son nuestras… —argumenta Fred evidentemente perdido.
—Lo sé, hijo, a mí tampoco me agrada la idea.
—Busquemos otra solución, sé que la hay. Madre y Nancy sufrirán mucho si perdemos Alegría.
—Lo último que quisiera es lastimarlas… —exhala el señor Logan.
Ignoro si es que hago algún ruido o movimiento que los alerta, pero de forma repentina ambos hombres se giran hacia la puerta y se percatan de mi presencia.
—¡Al fin despierta! —me saluda Fred retomando su tono alegre y me alcanza de un par de zancadas—. Espero que hayas descansado, no te avisé del desayuno porque pensé que te hacía falta dormir, pero dejamos tu plato en la mesa.
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Editado: 25.09.2026