La finca La Tormenta es una propiedad austera en comparación a Alegría… a lo que era Alegría. La casa principal es más pequeña y mucho menos ostentosa; sin embargo, la disposición de sus habitantes para ayudarnos vale más que todos los lujos del reino.
Afuera, los trabajadores van y vienen auxiliando a los nuestros con mantas, comida y lo que puedan necesitar. Y esos los que se quedaron, puesto que varios partieron a Alegría a tratar de extinguir las furiosas llamas que siguen consumiendo los terrenos.
Salvar la finca de los Logan es imposible, de ella solo quedan las cenizas, no obstante, se debe hacer al menos el intento para que el fuego no se extienda a las propiedades vecinas.
Los señores de La Tormenta son bastante más jóvenes que mis suegros; de hecho, el señor Fabián Grimaldi es contemporáneo de Fred y su esposa es solo unos cuantos años mayor que yo.
El señor Grimaldi va de un lado al otro frenético, coordinando los esfuerzos para apagar el fuego y para resguardar el ganado de su finca. La señora Elena, su esposa, nos hace compañía a mí y a Nancy en la sala; sus dos hijos están con ella, uno a cada lado; se abrazan a su mamá, asustados por la amenaza del dragón.
Fred y la señora Logan se encuentran en la planta alta, junto con un médico que llegó de la ciudad para atender al señor Logan. No sabemos cómo está, el único indicio que tenemos es que hace más de una hora que ya no escuchamos sus penosos lamentos. Me consuela pensar que, si ya hubiera muerto, ellos habrían bajado a avisarnos, pero ese es un consuelo muy pobre para una situación tan terrible.
Nancy llora contra sus palmas, ahora lo hace calladamente y no con histeria como al inicio. Algodón está enroscado a sus pies, entre desconcertado por el nuevo lugar y temeroso por todo el ajetreo.
—¿En serio no gusta algo de comer? —pregunta la señora Elena con gesto amable. Es la tercera vez que me ofrece comida, creo que lo hace de forma instintiva por tener algo en que ocuparse.
—Estoy bien, muchas gracias. Ya bastantes molestias les estamos dando —digo en voz de disculpa.
—Ninguna molestia, esto es lo menos que podemos hacer después de lo que vivieron. Un ataque de dragón. ¡Qué espanto!
—¿Mami, el dragón vendrá por nosotros? —pregunta el mayor de los niños aferrado a la cintura de su madre.
—No, Danny, el dragón no sabe donde vivimos —responde ella modulando la voz para transmitirle serenidad.
—¿Y cómo supo donde vivían los Logan? —inquiere el niño.
La culpa me estruja las entrañas. Me toma todo lo que tengo no soltarme a llorar como lo hace Nancy. Los Logan lo perdieron todo por mi causa. Alaric jamás hubiera atacado la finca de no ser por mí.
Hasta ahora nadie ha hecho mención de mi papel en la tragedia, pero creo que eso es porque todos están demasiado consternados con lo ocurrido. El ataque está fresco, la vida del señor Logan pende de un hilo. Una vez que haya tiempo para considerar lo sucedido, el odio de todos se tornará en mi contra.
Estrujo mi camisón con las manos con tanta fuerza que los dedos se me entumen. La culpa es demoledora. No me permite ni pensar.
La puerta principal se abre de golpe, el señor Grimaldi entra a la sala acompañado de una ráfaga de viento nocturno. Tiene el rostro empapado en sudor y la ropa cubierta de mugre y ceniza.
—El fuego está perdiendo fuerza, si tan solo lloviera se extinguirían las llamas —explica entre jadeos.
—¿Y nuestros terrenos? —pregunta Elena.
—Al norte los alcanzó el fuego, pero logramos mover al ganado a tiempo —dice él y luego se encamina hacia ellos para colocarse de cuclillas frente al mayor de los niños—. ¿Ves, Danny? Estoy cuidando tu finca.
El niño le sonríe y se inclina para besar su mejilla.
Elena acaricia la cabeza de su hijo mayor al tiempo que su esposo se incorpora. El señor Fabián nos lanza una rápida mirada a Nancy y a mí.
—¿Qué ha dicho el doctor Moss? —inquiere cauteloso.
—Aún nada. Seguimos en las mismas. Nadie ha bajado a informarnos qué pasa —suspira Elena.
—Paciencia, dejemos que el médico haga su trabajo —concluye el señor Fabián con un aliento exhausto y se dispone a tomar asiento en el mismo sofá donde está su familia, pero antes de que logre acomodarse, vuelve a levantarse cual resorte.
Yo y Nancy hacemos lo mismo y nos precipitamos hacia el sonido de pasos bajando la escalera.
Encontramos a Fred y al médico a medio camino de bajada.
—¿Cómo está papá? —inquiere Nancy en voz aguda.
El semblante apesadumbrado de Fred es una respuesta desalentadora, el hecho de que ni siquiera se anime a hablar me cercena el corazón.
—Por ahora duerme con el remedio que le di, pero su situación es seria —dice el médico en voz profesional. Es un hombre mayor, pero de porte viril. Veo que está cuidando muy bien sus palabras para no caer en el pesimismo, pero tampoco alborotar nuestra esperanza—. He hecho todo lo que sé para tratar sus lesiones, pero me temo que carezco de experiencia en atender quemaduras de dragón. Por obvias razones, no es la clase de heridas que suelo tratar.
#286 en Novela romántica
#31 en Fantasía
hombre posesivo chica inocente, matrimonio arreglado celos, romantasy
Editado: 25.09.2026