Estamos acabando el desayuno cuando llega un mensaje urgente del castillo Autumnbow, Connor nos ruega que nos presentemos cuanto antes.
Salimos apresurados y echamos a andar calle abajo, a unos cuantos metros encontramos un carruaje de alquiler.
El vecindario de las rosas está a poca distancia del castillo, por lo que en menos de media hora ya estamos cruzando las imponentes rejas de acceso.
Mylo nos espera en la entrada.
—Vengan, vengan… no hay tiempo que perder —dice manoteando al aire.
—¿Pero qué está sucediendo? ¿Dónde está el incendio? —pregunta Fred.
Le lanzo una mirada de censura, solo a él se le ocurre bromear con incendios tras lo que nos ocurrió.
—Oh, nada de eso, es un día feliz, pero Su Alteza está al borde. Su señora está por dar a luz y el príncipe se trepa por las paredes de la ansiedad. La reina sugirió mandarlos llamar para que le hicieran compañía mientras el bebé nace —nos explica Mylo en tanto que nos lleva por los corredores del castillo.
—Ah, ya veo, día feliz sin duda alguna —dice Fred con la respiración agitada de mantener el paso—. Oh, pero ese Connor, ha tenido meses para prepararse y ahora resulta que le ganan los nervios.
—Lo que está sucediendo no es poca cosa, mi señor Fred —defiende Mylo a su príncipe—. Ya le llegará su día y verá si no se pone nervioso usted.
Fred y yo intercambiamos una breve mirada llena de significado y emoción. Sí, el duende tiene razón, ya pronto le llegará su día.
Mylo nos lleva a una sección en los niveles superiores del castillo. La diferencia en movimiento es significativa, por aquí casi no se ve nadie, incluso la presencia de servidumbre es reducida.
Finalmente llegamos a un salón alargado lleno de sillones y sillas.
Lo primero que noto al entrar es a Connor andando de un lado al otro a paso ansioso. La reina se encuentra en una silla y mira a su hijo ir y venir de un lado al otro. A su lado se encuentra la princesa Triana, esposa de Alexor e hija de los reyes Mondragón. Ella es la primera que se percata de nuestra llegada.
—Oh, Freddy Logan, qué bueno que estás aquí —dice al tiempo que se levanta.
—Es un honor responder al llamado de la familia real —contesta Freddy con la correspondiente reverencia.
Yo imito el movimiento de mi esposo en sincronía.
—Bienvenidos, por favor, tomen asiento —nos invita la reina, su voz es suave y llena de gentileza.
—Está pasando, Freddy… voy a ser papá… No estoy listo… No sé ni cuidarme a mí, ¿cómo cuidaré de alguien más? —suelta Connor a disparos agitados que no dejan lugar a dudas de lo nervioso que se encuentra.
—Y apenas te vas dando cuenta, muchacho…
Fred y yo nos giramos al mismo tiempo hacia la voz profunda y cargada de hartazgo a nuestras espaldas.
El rey Esteldor se encuentra sentado a sus anchas sobre una silla amplia y mullida en compañía del doctor Moss y el juez Russo.
—Majestad, lo lamento, no lo vimos —se disculpa Fred en nombre de ambos y de inmediato hacemos una reverencia.
El rey agita la mano como para restarle importancia.
—¿Sucedió algo malo? —inquiero con la vista clavada hacia el doctor.
—Nada. La partera y su abuela están con la señora Rebecca, pero Su Majestad mandó llamarme en caso de que algo se llegara a complicar. Confío en que no será el caso —explica el médico con esa tranquilidad que lo caracteriza.
—Todos estamos más tranquilos contigo aquí, Moss —dice el juez Russo.
—Connor evidentemente no —ríe Fred, sus ojos siguen el paso del príncipe de un lado al otro.
—A ver si logras que se distraiga… —dice la reina—. Normalmente se lo pediría a sus hermanos, pero Alexor no ha vuelto de Dranberg y a Gregor no le fue posible dejar a su mujer y a su nueva bebita a tan poco de su nacimiento.
—No se preocupe, Majestad, yo veré cómo lo calmo —asegura mi esposo.
Me acerco a la reina y saco el pequeño costalito lleno de hierbas.
—Traje esto para usted, pero creo que Connor lo necesita más —le indico.
—Oh, excelente, Innessa, qué atinado detalle —celebra Su Majestad.
—Veré que lo preparen en una infusión para darle algunos galones de ello a Connor —dice la princesa Triana con la mano estirada hacia mí.
Le entrego el costal sin atreverme a mirarla a los ojos. De entre toda la realeza que me rodea, ella es quien más me intimida.
—La reina ha hablado maravillas de su remedio para los nervios, señora Logan. Algún día me encantaría conocer su receta —pide el doctor Moss—. Verá, yo también soy un aficionado a crear mezclas que ayuden a la salud de otros.
—Es verdad, además de médico, Moss se las da de apotecario —comenta el rey.
—Dudo que yo pueda enseñarle algo que usted no sepa, pero con gusto se la comparto —digo con las mejillas sonrojadas.
—Oh, no seas modesta, cariño. Tus remedios son excelentes —dice Fred.
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Editado: 25.09.2026